La vivienda de un millón de lunas

Olía a humedad, aunque no supo saber de qué parte del texto provenía aquél frescor. Escribía sobre una máquina capaz de procesar millones de veces la información. Lo cierto es que no necesitaba en absoluto aquella potencia pero no vendían dispositivos con menos capacidad, y le era útil para escribir. Se preguntó cómo era posible que un ordenador nuevo con una potencia desproporcionada en el que solo había cargado un editor de texto se bloquease con aquella frecuencia.

la vivienda con un millón de lunas

Suspiró y se echó las manos a la cabeza, estirándose sobre la silla hasta que la bóveda de piedra se encontró frente a su cara, varios metros más arriba. Ésta estaba pintada de cal blanca y tenía forma de semiesfera, como todos los techos de Nuevo Karnak. Varios siglos de aislamiento de la Red los había convertido en excelentes constructores de fábrica en forma de cúpulas. Y si algo tenía de sobra Nuevo Karnak eran rocas.

Las había tenido desde que las primeras arcas llegasen a su atmósfera y se quedasen aquí varadas, hasta mucho después de que los primeros emisores de brana y teleyectores se instalasen en el planeta. Incluso ahora, Nuevo Karnak exportaba rocas para construcción a través de la pasarela de Orión.

Dim sonrió. Podría escribir sobre eso, sobre las Grandes Cúpulas de la ciudad de Krem, que comenzaba a tan solo doscientos kilómetros de la puerta situada al otro lado de la habitación. La puerta daba a un pequeño sendero ahora iluminado por una enorme luna llena y un pequeño punto de luz al que también de se llamaba luna. Lo cierto es que aquella pequeña roca flotante no contenía ni una sola colonia, pero orbitaba el planeta de Nuevo Karnak. Por algún motivo, se habían bautizado como Fobos II y Deimos IV.

No, pensó, el Nexo estaba lleno de metaartículos de Nuevo Karnak y su modo de construir, así como las visitas turísticas obligadas que mantenían a los viajeros alejados de la vida real del planeta. Éstos acudían desde todos los puntos de la Red a través de las branas públicas y eran manejados como marionetas sobre la geografía rocosa y estática de Nuevo Karnak.

«Gaste su dinero aquí. Deposite el ID de su Nexo allá»

Retiró la mano derecha de su cabeza y alargó el brazo, estirándose en la otra dirección. Su cabeza miró ahora hacia el pasillo norte de la vivienda. Norte solo en Nuevo Karnak. La habitación del fondo del pasillo, a siete metros de distancia, tenía el ventanal que daba a la terraza abierto.

«De modo que el olor venía de ahí» pensó.

Dim se levantó, notando los músculos entumecidos por la noche de vigilia, y se dirigió a la terraza. A mitad del pasillo, cruzó una brana imperceptible. Tan solo un ligero cambio en el campo magnético entre los planetas le indicaba que ya no estaba en Nuevo Karnak. La gravedad era estándar, por lo que no era posible establecer una diferencia gravitatoria a nivel consciente, pero la pulsera de su brazo vibró de un modo leve, indicándole el desplazamiento.

Ni siquiera la brana era perceptible en el plano en que cosía aquellos dos puntos del universo y los transformaba en el mismo volumen. Tan solo un imperceptible salto en la madera y la leve vibración le indicaba que acababa de llegar a otro mundo.

Salió a la terraza orientada al sur y aspiró el olor tropical de la jungla bajo su balcón. A doce metros del suelo, situado sobre una de las secuoyas más grandes de aquél planeta, el edificio de tan solo dos habitaciones se asomaba al suelo de Venn. El cielo reflejaba el púrpura del atardecer. Debido a su casi nula rotación, aún pasarían varios meses hasta la próxima noche.

Dim percibió por primera vez el sonido de las aves. Un pinzón de cuatro alas gigante rondaba una arboleda cercana. Por supuesto, Venn era terreno absolutamente prohibido para pasear sin un escuadrón HAMMER que te cubra las espaldas. La terraza daba a un enrejado que cubría como una esfera las habitaciones situadas en aquél planeta.

El cuatro alas se lanzó en picado hacia una bandada de pequeños pájaros, del tamaño de un hipopótamo adulto. La bandada alzó el vuelo. Cientos de pájaros salieron disparados hacia el púrpura del cielo para ver cómo varias decenas de cuatro alas se lanzaban desde las nubes violetas contra ellos. Los cuatro alas de movían rápido a pesar de las toneladas de peso

Aquello le dio hambre. Se alejó de la terraza, volvió a recorrer el pasillo y llegó a la sala del ordenador, en Nuevo Karnak. Subió las escaleras de caracol sobre la cúpula y accedió mediante una pequeña puerta a una gran sala iluminada por un sol de mediodía.

A Dim siempre le había gustado el país de Christdalia, en el ecuador del planeta-océano de Aquaria. Reflexionó sobre la originalidad del nombre mientras avanzaba por la habitación que oscilaba sobre el horizonte.

Navegaba sobre las aguas de aquél océano sin fin una enorme piedra cristalográfica de vacío. Todo el planeta se hallaba cubierto en mayor o menor medida, desde una profundidad mínima de setecientos metros hasta los veinte kilómetros en las fallas del polo norte. Hacía millones de años, varios volcanes subacuáticos habían explotado demasiado cerca del agua helada del fondo del océano, formando lo que ahora eran veinte grandes islas de cristal semitransparente en las que los realmente ricos podían disponer de habitaciones.

Flotaban gracias a un alto contenido en vacío en su interior poroso, pero eran duras y sólidas. Al menos, lo suficiente como para construir. Una de ellas, hacía menos de ochenta años, había girado sobre sí misma al construir una vivienda y cambiar el equilibrio de flotabilidad. Pero exceptuando ocasionales errores de arquitectos negligentes, las islas de cristal eran seguras, y flotaban en algo parecido a una manada vista desde el espacio. Desde que Aquaria se constituyó como democracia, se instalaron pequeños motores bajo las islas que las mantenían siempre cercanas.

La isla de las largas cascadas se encontraba siempre frente a la cocina de Dim. La isla era, en realidad, una enorme vertical de un kilómetro de alto cuyo interior formaba una fuente natural. El líquido de aquel mar, formado en su mayor parte por agua y un mínimo de sal, ascendía por ósmosis cientos de metros y era expulsado por la cima. Las viviendas sobre aquella isla convivían con internos ríos verticales.

Dim pensó en el desayuno y los LEDs de su Nexo emitieron la orden. La cocina se puso en marcha incluso antes de que él consiguiese llegar a la puerta corredera que daba salida a aquél mundo océano.

La abrió y paseó por las lamas de madera. Una de ellas, la segunda, siempre estaba suelta. Había comprado la propiedad y el teleyector que la unía a su metavivienda con aquella tabla suelta, y no quería cambiarla o repararla. No había hecho ni una sola reforma a toda la casa, en ninguno de los cuarenta planetas, doce lunas y el puerto espacial a través de las que la vivienda se extendía a través de las branas.

Avanzó tres pasos por el pequeño muelle y sintió el movimiento de las olas bajo él. Eran mucho más perceptibles aquí, en el muelle, que dentro de la vivienda. La casa apenas tenía movimiento, pero el muelle descansaba sobre boyas sumergidas al azar de las corrientes.

Un pequeño cilindro vertical salió de la cocina y avanzó hasta la segunda balda del muelle con una taza de craffter, un aroma parecido al antiguo café, ahora extinto. Miró al ayudante y sonrió mientras caminaba hacia él y recogió el vaso. El ayudante emitió en una voz suave y tranquila:

—El desayuno está servido.

—Gracias.Dim paseó rápido al interior de la vivienda y cerró la puerta, sonriendo.

El cilindro no era un androide. Dim no estilaba en androides, sino en controlables sleepmode a distancia. En algún planeta de la Red, una mujer de voz suave y tranquila había susurrado las palabras a un micrófono y desplazado al ayudante hasta el muelle.

Ahora, esa misma muchacha controlaba un dispositivo sin manos que pudiesen abrir la puerta. Ella de vería obligada a gritar a través del micrófono, ya que su personal estaba obligado a devolver al punto de carga a los ayudantes de sus socios. A Dim le encantaba divertirse de ese modo.

Avanzó hacia la cama para dormir unas cuantas horas mientras se divertía pensando en cómo saldría de esa situación la piloto del pequeño controlable. Cerró la puerta.

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