Laberinto sin paredes

No era muy distinto de un laberinto cualquiera, en el que los giros y desviaciones te devolvían al mismo punto, o puntos que parecen idénticos a aquellos que pensabas habías dejado atrás. En este laberinto no importaba la dirección en la que se caminase, las veces que uno pudiese llegar a girar o el tiempo que estuviese caminando en la misma dirección.

laberinto sin paredes

Pero este laberinto, además de sin paredes, se diseñó sin la esperanza de una salida. Sin una puerta con letrero fluorescente que indicase que tras ella habría un mundo al que pasar. Quizá, el único motivo por el que un peón se movería a través del mismo. En busca de un modo de huir de la planicie eterna en la que yo estuve media eternidad.

En este desierto de sal apenas sí había horizonte, aun a estar casi seguro de que lo crucé un centenar de veces. Quizá miles. Las líneas que el salitre formaba sobre el suelo bailaban ante mis ojos, haciendo imposible la orientación con ellas en ninguna dirección.

Tampoco ayudaba la falta de sol, y el desierto infinito parecía iluminado únicamente a través de la claridad atmosférica, que obligaba a cerrar los ojos. No había sombras ni reflejos, tan solo luz proveniente de arriba, y sal desde abajo.

De tanto en tanto, uno alcanzaba a visualizar dunas más altas, montañas o depresiones, solo para darse cuenta una vez había llegado de que se trataba del mismo suelo liso y seco sobre el que había caminado durante los años anteriores. Los espejismos se sucedían de manera constante. Unas veces en forma de paisaje. Ríos, montañas frescas llenas de agua, vegetación y el canto de los animales. Otras, en forma de personas. Mi hija y mi padre trataban de llamarme desde la distancia, solo para haber desaparecido una vez allí.

Del mismo modo que el paisaje, el hambre tampoco estaba representado de un modo coherente en este universo, ya que siempre se tenía la suficiente como para andar en busca de algo que echarse a la boca. Un dolor constante de estómago, insaciable e inamovible, que nunca iba a más o menos. Al igual que Tántalo, los presos éramos incapaces de saciar nuestra sed o dar por finalizado nuestra hambre.

Quedarse parado resultaba una hazaña imposible, pero moverse no ayudaba en absoluto. Ni conducía a ningún lugar diferente al desierto salado que ya en mi mente se veía como mi origen y único destino en la vida. Bajo los pies cansados, la cubierta de sal crujía con cada paso aunque caminases cien veces sobre el mismo punto, dando la impresión de que era la primera vez que habías pasado por allí.

Tampoco había huellas o signos de otras personas. En este laberinto resultaba imposible perderse, al no poder ir realmente a ningún lado. Y era inevitable encontrarse. El estar localizado siempre en el mismo centro del laberinto, localizar la salida no podía ser el objetivo. Así como orientarse, disfrutar de periodos de sueño o almuerzos.

Tan solo la tortura de la impotencia, segundo tras segundo. Siempre en la misma intensidad, durante años…

***

Abro los ojos y noto húmeda mi boca. Estoy tumbado en una camilla. Hay poca luz, bastante menos de la que estoy acostumbrado. Sin embargo, no puedo abrir bien los ojos. Se encuentran cansados, agotados tras los años en el desierto.

Alguien sujeta un vaso con una pajita junto a mí. Logro cogerlo con la mano derecha temblorosa y absorber todo su contenido de una vez. Luego, suspiro y dejo el vaso caer, agotado. Alguien lo detiene en su caída hacia el suelo. Me llevo las manos a la cara, esperando encontrar la piel abrasada del sol. Sin embargo, solo detecto la barba de unos días, y la piel tan lisa como cuando…

«Experimento» dice una voz en mi cabeza. La misma a la que dejé de creer varios decenios después de entrar en el laberinto. «Es un experimento».

Abro poco a poco los ojos, esperando haber perdido gran parte de la visión debido a las quemaduras en la retina. Sin embargo, logro focalizar dos caras frente a mí. Ambas sonríen y asienten. Un hombre y una mujer que me resultan vagamente familiares.

—Enhorabuena. Acabas de batir un récord—dice el varón.

Una luz fuerte ilumina mi ojo derecho, y pasa al izquierdo antes de que tenga tiempo de protegerme. «Nicolás» me dice la voz.

—Nicolás—repito.

—¡Vaya! ¡Se acuerda de mi nombre!—grita—Muy bien, profesor. Ahora, dime el tuyo. ¿Cómo te llamas?

Junto a la palabra «profesor», cientos de recuerdos vuelven a mi mente, como si tras una presa ahora resquebrajándose hubiesen estado ocultos. Mis años en investigación, la muerte de mi mujer, el aplomo de mi padre para cuidar de mí y de mi hija. La misoginia desapareciendo de mi vida cuando conocí a…

—Carol—dije en voz alta.

—No, me temo que Carol soy yo, profesor. Usted es una persona distinta.—La mujer se abalanza sobre mí y besa mis labios, lo que hace que me quede embobado más tiempo todavía.

Me ayudan a sentarme sobre la camilla y ambos me sujetan. Siguen mirándome como si hubiese sobrevivido a un ataque nuclear o algo así, aunque no estoy muy seguro de lo que quieren de mí. Los recuerdos siguen volviendo.

El laboratorio, la inversión, la lucha contra la universidad. Los horarios para ocultar…

—La prisión del laberinto—digo.

—Bastante lúcido, ¿no crees, Carol? Podría dar una charla ahora mismo sobre el experimento—dice Nicolás en una burla.

—Para ser un anciano, sí.— Carol hace una mueca y luego se ríe.

Oh, no. Siento cómo me rodea el vértigo de la caída, y me hubiese desplomado sobre el suelo de no ser porque ambos me sujetaban. ¿Había perdido mi vida entera en un experimento estúpido?

—¿Cuántos años llevo dentro de la prisión?—pregunto, y tiemblo tan solo de pensarlo. No estoy seguro de querer descubrir la respuesta.

Ambos sonríen, y Nicolás contesta.

—Unos diez minutos, profe. Bienvenido al software que manejará las prisiones en el futuro. Enhorabuena, vas a cambiar el modo en que entendemos la rehabilitación mental.


Relato basado en la idea original de «Simulados: cuando los programas tengan derechos». Si te ha gustado, aquí hay más parecidos.

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