Las estatuas de tiempo de Aghmed Vinen

Alza sus manos al cielo en lo que parece una clara muestra de respeto a los elementos, a los dioses o quizá a ambos. Aghmed se encuentra en una de las esquinas de la plaza, rodeado de un millar de personas que le observa. Hay cientos de paraguas, pero gran parte de ellos han venido con chubasqueros para poder observar bien el espectáculo. El «mago del pueblo» ha acudido ataviado como acostumbra: un gabán oscuro que marca su enjuta figura, botas del mismo tono y bufanda a juego. Calza el resto de su cuerpo con un sombrero de ala ancha sobre el que se derrama el agua de la lluvia hacia el suelo, y libera sus manos de guantes y complementos. Sigue de esa pose durante unos segundos, luego cierra los ojos, y empieza el espectáculo ayudado por la lluvia.

Agmed

El sonido del agua sobre el asfalto se ve amortiguado de pronto, y los congregados respiran tranquilos durante el intervalo en que dejará de lloverles. A doce metros de sus cabezas, unos silenciosos milímetros de agua empiezan a aumentar de grosor, sin caer. Aghmed es el mejor es escultor de tiempo del mundo, y hace algo que ningún otro mago se permite. Todas sus funciones son gratuitas.

Sigue en su sitio, aparentemente inmóvil, mientras la capa de agua sigue en aumento. Pronto, la masa alcanza el palmo, y los primeros flashes se lanzan a devorar los reflejos de los edificios tras el manto sobre el que sigue lloviendo. Desde la calle, la sensación es la de que una piscina ha sido suspendida sobre nuestras cabezas, y podemos observar cómo la lluvia impacta contra la superficie. La cronopausa superior detiene las gotas de la caída, y una delgada película de tiempo inmóvil nos separa del chaparrón congelado en el tiempo. Bajo la segunda cronopausa resulta imposible escuchar cómo las gotas van llenando gradualmente la piscina flotante. Estamos bajo un manto de agua protegido con una película de tiempo en calma.

Pronto, las voces de sorpresa se alzan entorno a la plaza. Los primeros observadores han conseguido visualizar los primeros trazos de las figuras que emergen sobre las cabezas, en el interior de la masa de agua. Algunos contornos son visibles, otros meras líneas curvas en mitad del aire. La mayoría de ellos aún permanece solo en la mente del artista, y muchos van y vienen, entrando y saliendo de la realidad, caprichosos, como las gotas de agua que forman las esculturas nacientes. El artista esculpe con ayuda de campos de tiempo formas dentro del agua.

De más de doscientos metros a la redonda, la barrera temporal que Agmed ha levantado sobre la plaza y sus inmediaciones canaliza el agua hacia el  vaso, actuando como un embudo. En unos minutos, más de dos personas podrían ponerse en pie dentro de la piscina flotante, donde todos vemos contornos de figuras imprecisos, imposibles de matizar hasta el segundo acto.

Instantes después, el mago mira al público, sonríe, y empieza a llover sobre sus cabezas. La masa de agua retenida sobre todos nosotros no cae a plomo, sino que se deposita en el suelo como una lluvia fina, que vaciando poco a poco la piscina.

El mago está concentrado, creando barreras de tiempo tras las barreras de tiempo, limando sus esculturas capa tras capa. Va tirando de cada una de ellas cuando, de nuevo, varias voces señalan hacia arriba. La bajada del nivel del agua que nos llueve empieza a mostrar las primeras figuras estáticas sobre la superficie del agua. Primero una mano levantada hacia el cielo, luego una cabeza o dos. Flechas y rocas de agua, volando aquí y allá.

Comienzan a aparecer los primeros hombros y torsos, y los flashes impactan sobre las gotas, dibujando sus figuras y recortando sombras sobre los edificios.

El vaso termina de vaciarse al cabo de diez minutos, y el mago desvía el resto de la lluvia fuera de la plaza. Hacia los tejados colindantes. Ahora, nadie se protege con un paraguas para admirar las formas sobre nuestras cabezas.

El conjunto de agua restante esculpe una escultura de Cibeles con su carro en lo que parece pleno combate. La diosa es la figura más alta de la obra. Mide cerca de tres metros, y levanta su mano sobre el resto de las cabezas. Se encuentra en pie sobre una cuadriga pequeña, donde un humano dirige las riendas de unos caballitos de mar gigantes.

Estos nadan sobre los cuerpos de no menos de cuarenta personas más, desfigurados por la fuerza del impacto de los animales, y se dirigen a una figura invisible fuera del rango de la obra. Todo el carro está rodeado de cuerpos aplastadas en el suelo, perfectamente dibujadas en el tiempo y repletos de agua.

Aquí y allá, sobre las cabezas, una flecha o lanza suspendida muestra un combate menor entre humanos, que pelean con sus espadas a lo largo de todo el espacio. Aunque el centro de la escultura es el carro y la diosa, cientos de figuras luchan sobre nuestras cabezas de un lado a otro de la plaza en un combate contra el propio tiempo.

A los mortales solo nos queda abrir la boca y poner cara de asombro. Los fotógrafos van de un lado a otro de la plaza, corriendo con sus bártulos para tomar la mejor de las imágenes. La multitud estalla en aplausos mientras dejan de parpadear, tratando de abarcarlo todo.

Luego, Aghmed se retira el sombrero, realiza una reverencia y libera las bolsas de tiempo sobre nuestras cabezas, empapando  todos. Estatuas caducas atrapadas en tiempo lento que vuelve a fluir, haciendo caer a la diosa y a los combatientes. Sonríe. La obra ha terminado. Nunca nadie volverá a esculpir exactamente la misma.

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