Las otras hormigas

Todos van hacia algún lado. ¿Ves? Como las hormigas. Si observas bien, en cualquier calle del planeta verás gente yendo de un sitio hacia el siguiente. Todos parecen ocupados en sus respectivas tareas de hormiga, cada uno con el objetivo de llevar el grano a casa. Y todos tienen prisa.

las otras hormigas

Observa. Pero observa pacientemente. Verás esos patrones que se forman en las esquinas atestadas por las que una gran muchedumbre trata de avanzar en todas direcciones a la vez. Parece caótico, ¿verdad? Cuando, en realidad, cada una de esas pequeñas hormigas tiene una función específica. Una misión que cumplir.

Y, en el momento en que miras, esa misión es la más importante de sus vidas, y atropellarán a quien se inmiscuya en su trayectoria sin miramientos. Porque, en ese preciso instante, su misión es lo único que importa. Ese objetivo, que para la hormiga de al lado parece absurdo, tiene la relevancia de una vida entera.

Por eso nadie presta atención a los mendigos. No se trata de que sientan lástima por ellos o que les desprecien. Basta simplemente con que no los vean. No son importantes para la misión actual, no van a contribuir a ayudarles, y por eso ellos no les ayudan con una moneda. ¿Para qué?

Eso es lo que hace tan fácil este trabajo, que a nadie le importa una mierda la hormiga de al lado.

Coloco el trípode sobre el parapeto y busco el objetivo. Ahí está mi hormiga, concentrada en lo que estoy convencido es un discurso magnífico. Está convencida de que con él va a cambiar el mundo. Levanta las manos para dar expresividad y énfasis al tema que trata, el cuál he de admitir que desconozco por completo, y que tampoco me importa demasiado.

Desde mi posición, tan solo es una hormiga más con sus asuntos de hormiga, moviéndose de un modo esquizofrénico mientras un montón de aquellos insectos la miran y asienten. Diga lo que diga, les convence. Pero, claro, esas hormigas han venido aquí a escucharle a ella, de modo que es normal que aplaudan y sonrían. Y que lloren cuando la mate.

Me concentro en la respiración y en el viento, desvío el rifle unos milímetros sobre el eje y dejo el puntero justo en el contorno derecho de su cabeza. Aprieto el gatillo con suavidad y mantengo el ojo en el visor mientras compruebo que he desparramado los sesos de la oradora por todo el escenario.

«Bien» pienso. Luego, guardo con calma el arma, lo desmonto de modo que cabe en una mochila pequeña acolchada y bajo las escaleras del edificio con tranquilidad. Salgo a la calle en mitad de la confusión y nadie repara en el ejecutivo con mochila elegante con auriculares que se mete en la cafetería. Saludo con una sonrisa a la pareja tras la barra y mis ojos imitan mi boca.

—Un capuchino, Susana, por favor.—Pongo el billete sobre el mostrador mientras ella sacude el anterior filtro de café. Después de un mes, conoce cómo me gusta que haga las cosas, y siempre dejo una propina aceptable como para que se tenga en cuentas mis prioridades. Soy una de esas hormigas que comparte su azúcar con otras hormigas, de las que caen bien.

—¿Qué ha pasado?—pregunta ella. Yo pongo cara de estar aún más desconcertado que ella. Es fácil si lo llevas haciendo mucho tiempo, y yo llevo más de treinta días haciéndome el tonto en este establecimiento. Quizá pase otro mes acudiendo al mismo café a la misma hora para no llamar la atención. Otro parado más tras dos meses de prueba, nadie notaría nada.

Me encojo de hombros y finjo percatarme por primera vez del tumulto que poco a poco entra en la cafetería. Por lo visto, han matado a alguien dos calles más allá. Yo cojo mi café recién hecho y ocupo mi silla de siempre. Cojo el periódico y voy directo a la tira cómica. El mundo necesita más humor con toda esta gente preocupada a mi alrededor.

Tras cuarenta minutos, un dedo de café frío espera los labios que no pretendo proporcionarle. Me levanto, dejo el vaso sobre el mostrador en el mismo punto exacto en el que dejé el billete y me voy por la puerta. Salgo a la calle sin correr, sin llamar la atención, y me uno al resto de hormigas que ya han olvidado lo que acaba de ocurrir un par de calles más allá, no es importante para su misión. Paseo en dirección al otro maletín lleno de billetes. Voy a por mi azúcar, y atropellaré a todo aquél que se interponga en mi camino.

4 pensamientos en “Las otras hormigas

    1. Hola, Alma. Perdona que no haya contestado pero la verdad es que no he visto el comentario. Sí que lo vi en Ferrovial, que me avisó el equipo editorial. Intento que los finales den en el clavo.

      Gracias por leerme y un abrazo.

    1. Buenas noches, Gladys. Muchísimas gracias por leer =)
      Lo cierto es que trabada de darle realismo al relato. Me alegra saber que lo he conseguido. Un abrazo

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