Las tres brumas norayanas

A través del ancho lago de nula corriente, el agua se encontraba calmada. Ni siquiera se observaban los tentáculos de los reflectantes, lo que se correspondía con exactitud matemática al ciclo de apareamiento de estos animales. Todos se encontrarían ahora en el lago del norte, solo accesible desde aquí a través de la garganta de Bordal, un estrecho paso de no más de quinientos metros de ancho.

Las tres brumas norayanas

El lago de Nalnsjøen, sobre el cual mi pequeño pueblo flota sobre las aguas, es casi redondo, y tiene un diámetro máximo de diez kilómetros. Las noches de bruma, todas ellas, ni siquiera puede verse la hilera de faroles que rodean el lago y que nos sirven para orientar la villa. La luna baja está llena, mientras que las lunas altas se encuentran ambas en cuarto creciente, señal inequívoca de que los reflectantes deben reproducirse.

La luz del sol azul, que permanecerá tras el planeta durante al menos un mes estándar más, se refleja en las aguas frías y tranquilas a través de la cortina de nubes a ras del lago, y convierten la pequeña ciudad de Nueva Andoya en un fantasma.

Desanimado, echo una última mirada a la bruma, miro mi reloj y me dispongo a volver al centro cuando oigo el tañido de una campana media. El sonido no se corresponde ni a un barco de pesca menor, cuyo ruido hubiese sido más ligero, ni a las grandes piezas metálicas del centro del pueblo que resonaban en todo el valle. Avanzo hacia el farol más cercano y abro la llave del gas, con lo que el rojo de fuego se eleva casi dos metros en el aire, mientras hago tañir la campana de puerto.

A los pocos minutos, veo que el barco de carga avanza despacio hacia el muelle donde llevo horas sentado. Se trata de un barco viejo, de madera demasiado oscura como para haber crecido en Noray. La línea es dura, y los ornamentos han sido minimizados para darle velocidad. El motor eléctrico apenas sí se oye, incluso cuando atraca. Alguien desde crujía me lanza un cabo, que ato fuerte al noray del muelle mientras la figura lo hace a la bita de la línea del barco. Ambos tensamos la cuerda poco a poco mientras la embarcación se acerca en paralelo al muelle. Corro al extremo, donde me han lanzado otro cabo, y repito la operación que conozco desde que era niño.

No nací en ningún punto del lago Nalnsjøen, ni en el pueblo de Nueva Andoya. Mi piel es demasiado oscura como para haber nacido siquiera en este planeta húmedo y con el sol justo. Además, mi cuerpo alto y fibroso no se parece nada al de los norayanos, rechonchos, bajitos, pálidos y protegidos del frio con una alegría que cala los corazones de cualquiera que se decida a visitarles. Y por la grasa. El tono de mi cuerpo me marca como buristano, del valle de Nenfis en Buristes, un horrible planeta casi seco del cual me rescató mi padre adoptivo al poco de nacer yo.

—¿¡Está Biorn con vosotros!?—pregunto a voces aun a pesar de la calma del lugar. El cartucho de fuego ha hecho bajar ya la llama, y el badajo de la campana hace minutos que no roza con las paredes metálicas de esta.

—¿Quién lo pregunta? Mshra, ¿eres tú?—la voz de mi tío, una de las pocas personas que puede pronunciar bien mi nombre extranjero, hermano de mi padre adoptivo, se escucha a través de la bruma que no permite ver más de dos metros en línea recta, y se materializa de un salto al muelle para darme un abrazo asfixiante. De esos que otorgan los norayanos a todos con quienes se cruzan, extranjeros incluidos—¿No te ha escrito? Vendrá mañana, en la septigentésima octogésima tercera hora del día, si todo va bien. Traerá la Trip, como capitán, nada menos. ¿Qué te parece?

—¿La Trip?—pregunto mientras ambos recibimos la pasarela metálica que se clava en el espacio libre entre dos tablones del puerto—. Pero, ¡si es un barco enorme!

—Diez contenedores, ni más ni menos—interrumpe Birget, mi tía política, una mujer terrícola pero gruesamente puesta a la moda de los norayanos. Algo que siempre he achacado a la grasa del pescado, la misma incapaz de anclar en mi fino cuerpo.

—Hola, tía. ¿Qué tal el viaje?

—Como siempre, claro. Traemos un contenedor para el Virrey. ¿Te importa avisarle? Seguro que le alegras el día y te da algún crédito libre de impuestos—Birget me guiña un ojo y se acerca a mí, pisando fuerte sobre la plancha metálica que hace de pasarela, y me susurra—. Además, si te quedas, sabes que tu tío te hará trabajar descargando el contenedor entero.

Sonrío y echo a correr por el puerto en dirección al pueblo. En los muelles, aún se percibe algún tipo de cabeceo por las débiles corrientes, pero cien metros más allá, en la dureza de la ciudad, nada se mece salvo algún edificio extraordinariamente grande, de más de cinco plantas. Dejo atrás la bruma del agua dulce solo para entrar en otra más espesa, con olor a fritanga, grasa y especias.

La entrada a esta parte de la ciudad se realiza a través del mercado, calles estrechas de no más de tres metros de ancho con puestos hacia los lados, de los cuales surge el otro vapor de la ciudad: el de las cocinas.

Nueva Andoya, como casi todos los pueblos flotantes de Noray, tiene tres tipos de brumas. La primera, la del agua, apenas se despega del fondo del valle durante las noches, y alcanza una altura de más de diez metros. Cubre todos los lagos conocidos del planeta y solo se levanta tras más de cuarenta horas de sol, momento en el cual los lagos, a ras de agua, parecen tener un techo plomizo y brillante sobre sus cabezas que solo se descarga con fuertes trombas cada mil quinientas horas –o dos meses estándar-, cuando la noche enfría las nueves altas. La segunda bruma la producen las cocinas situadas en el anillo perimetral del pueblo. Miles de cocinas funcionando durante meses seguidos dan de comer a un pueblo que ha olvidado los días de veinticuatro horas. La falta de luz constante –o su abuso- han convertido a Noray en un planeta siempre abierto a la visita y al ruido. La tercera bruma, la más molesta de las tres para un buristano, es una mezcla de vapor de agua con gases producto de la combustión en los generadores y los estabilizadores que mantienen el pueblo siempre en el mismo punto del lago. Encendidos casi siempre, suelen ser bastante molestos para alguien nacido en un planeta en el que la pureza del aire es casi absoluta.

Corro atravesando los tres tipos de brumas norayanas, orientándome más por la nariz y el oído que por la vista. A mi alrededor, todo son contornos de personas, postes de luz, paredes, cocinas abiertas, y espacios de nubes blancas con plazas en su interior. Esquivo a más de veinte personas con las que casi choco y llego a mi destino. A menos de un kilómetro del muelle, cerca del centro, la casa del Virrey se alza dos plantas sobre el nivel del suelo, a su vez una planta sobre el agua.

Es una vivienda modesta, con las habitaciones justas para la escasa familia. Fue solicitada expresamente por su persona, dejando el palacio para las dos familias que ahora lo ocupaban. De esto hacía cuarenta años, veinte más de los que yo tenía, y por ese tipo de razones el virrey había sido elegido año tras año desde hacía tanto tiempo. Se trataba de un hombre orondo, preocupado por las necesidades de las gentes de la ciudad flotante del lago Nalnsjøen, tanto del pueblo de Nueva Andoya como de la decena de pequeñas islas flotantes que sembraban el lago. Y reinaba para todos por igual.

Llamo a su puerta y Bori, el hijo menor del virrey –y a quien considero un amigo- me abre la puerta con una sonrisa norayana estampada de manera perpetua en el rostro. Subo al estudio, un pequeño cuarto donde se llevan los «asuntos de estado» y al que nadie tiene veto, y recibo un tercer abrazo por parte del amigo de mi padre.

—¿Cómo va todo, Mishra?—me pregunta el virrey, incluyendo una vocal más a mi nombre para poder pronunciarlo—¿Qué tal tu padre?

—Aún de viaje, ¡va a traer él la Trip! ¿Lo sabías?—contesto emocionado.

—Sí, me temo que sí. El capitán anterior está en un hospital terrícola, y pidió a tu padre ocupar su puesto durante los meses que estuviese ingresado. Se perderá la próxima lluvia, me temo.

Los norayanos adoraban su preciada lluvia, una tromba de cinco días cada dos meses estándar, que inundaba las calles y obligaba a las gentes a resguardarse en los segundos pisos de toda la ciudad, algo que les encantaba porque tenían la excusa perfecta para pasar mucho tiempo encerrados en un cuarto con sus amigos y familiares. Un factor con el que mis piernas buristanas se resentían al no poder correr de un punto a otro de la ciudad.

—No lo sabía—El virrey hace un gesto que resta importancia a los motivos por los que mi padre es capitán de un barco, y me hace continuar—. Me manda mi tío, ha llegado un contenedor para usted. Está en el muelle tres del puerto quince.

—¡Ah, sí, sí! Esperaba que nos llegase hace cien horas, pero el camino ha sido lo suficientemente largo como para justificar unos pocos días estándar de retraso. La verdad es que se trata de un cargamento de suma importancia, tu tío lo ha traído solo desde el valle de Nodedalen, junto a la Brana Septentrional. Me ha costado casi dos años conseguirlo. Salió de del puerto de Kakinada, en la India terrestre, hace nada menos que seis meses, y de allí pasó a las vías de Yemen que lo llevaron hasta Tokre, la antigua Turquía, donde conseguí otras vías a la Brana noralemana, que como sabes enlaza directamente con nuestra Brana Septentrional, a más de seis mil kilómetros de aquí.

Asiento al reconocer la última información como cierta. He de admitir que el virrey parece el tipo de persona burlona y casi cómica, y resulta difícil comprender qué hace alguien así en el mundo de la política. Sin embargo, cuando comenzaba relatos similares e imbuía la pasión en el cuerpo, daban ganas de volver a votarle y a acompañarle al final del mundo si fuese necesario. Sin duda, era un hombre de labia poco dado a la exageración. Me miró a los ojos, me cogió del hombro y, encendiendo los suyos, me dijo:

—¿Quieres saber lo que hay dentro, pequeño Mishra?

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