Lección de historia

«Fue exactamente cinco minutos después de que la Horizonte perdiese todo su oxígeno cuando el sueño de conquista jupiterina murió en mitad del espacio el 20 de junio de 2076, año terrícola. Tras una lluvia de micro meteoritos de doce días de duración, la Horizonte fue alcanzada por una roca errante que seccionó la sala de motores y lanzó a la tripulación a miles de kilómetros de distancia. Su nave gemela, la Destino III, a medio millón de kilómetros de distancia, solo pudo recoger los ecos de los tripulantes cuando la caja negra transmitió por primera vez la explosión.

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La misma caja negra, alimentada por la central nuclear miniaturizada, continuó emitiendo la señal en el espacio durante cincuenta años, hasta que otro incidente acabó por detener la transmisión. Durante ese tiempo, y gracias al eco del amor por el espacio del profesor Eggens McQueen, la baliza sirvió como medidor del pozo gravitatorio solar en la órbita de Júpiter. Información que siglos después hemos aprendido a valorar.

Cuando la señal llegó por primera vez al radiotelescopio Carpa Mi, en la Luna, la humanidad al unísono cejó en su empeño de alcanzar las estrellas, abandonando a la Horizonte a su suerte. En 2074, al tiempo que la Destino III y la Horizonte surcaban el cielo terrestre en dirección a Europa (Europa) la primera Burbuja EntornoAqua se constituyó con éxito. La humanidad observó entonces la Tierra como la gran pila de deuterio que era, y sembró los mares de marenautas. Equipos de suicidas vaqueros en un inicio, presidiarios, matones, gente sin hogar; ingenieros y trabajadores especializados después.

En una década, al tiempo que la Destino III se estrellaba en Europa, la población subacuática rondaba el medio millón de personas en el Atlántico Sur. Un año después se terminó el Hyperloop que unía Lisboa con Wasington D.C. pasando por las ciudades subacuaticas de Nueva Azor y Sohm, y la muerte del espacio convirtió los mares en la última frontera admisible.

A nadie le importaba el giro de los planetas mientras el deuterio siguiese fluyendo por las venas de la humanidad en forma de energía para sus dispositivos. Sumergidos bajo cientos o miles de metros de agua, incluso habíamos renunciado al Sol por otra fuente de poder. Una que podíamos doblegar con la técnica.

La aviación comenzó a perder fuerzas en la década de los 80 mientras las ramificaciones de las toberas Hyperloop convertían la Tierra en un gigantesco nudo de tubos al vacío, justo después de la nacionalización de la tecnología que pasaba a manos de la Federación Terrestre. Tan solo unas pocas empresas siguieron apoyando los viajes con cohete para autosustentarse de Helio 3 en una endogámica relación que se basaba a sí misma para vivir, a la espera de tiempos en los que la humanidad volviese a mirar de nuevo hacia arriba. En todas direcciones.

Esto ocurrió a mediados de 2200, cuando la sobrepoblación terrestre saturaba incluso los millones de reactores de deuterio construidos durante la expansión marina. Cien mil millones de bocas son muchas bocas que alimentar, y la energía ya no era capaz de seguir generando sustento en este estado de colapso.

Fue entonces cuando volvimos a mirar más allá de la Luna, donde diez años antes se habían abandonado las últimas colonias, de nuevo a las lunas jupiterinas. El miedo de las Horizonte y Destino III aún pesaban sobre la conciencia de la humanidad, y esta temía consecuencias similares incluso doce décadas después. El temor había calado en los huesos de una especie atemorizada por el vacío, a salvo bajo su mar protector.»

Una de las alumnas levantó la mano al profesor, que cesó en su explicación. Alice era sin duda la niña más inteligente de la clase, y que plantease sus puntos de vista emocionaba a Alan. Este se sentó, congelando el holo en el que una radiografía de Vieja Tierra mostraba las venas Hyperloop constriñendo el planeta, y asintió con la cabeza.

—Profe, pero si eso es lo que hacemos nosotros—dijo Alice, sin plantear ninguna pregunta pero dejándola en el aire.

—Bueno, es cierto que en nuestro pequeño mundo verdeazulado sobrevivimos bajo el agua, protegidos por casi noventa kilómetros de agua que nos protege. Pero con la explicación anterior me refería a que la humanidad había perdido la vena exploradora. Se habían recluido a sí mismos en un espacio confinado del cuál sabían que tendrían que salir en algún momento. Y, sin embargo, se engañaron durante casi un siglo, temiendo lo que hubiese fuera. ¿Lo entiendes?

Alice asintió con la cabeza, pensativa.

—Creo que sí.

—Pregúntale a tu madre cuando vuelva dentro de dos semanas de su expedición. Estoy seguro de que ella sabrá explicarte mejor que nadie el moderno espíritu humano de descubrimiento y exploración. ¿Sigo?—preguntó mientras se levantaba. Una decena de alumnos cantó un «sí» al unísono y el proyector holográfico volvió a ponerse en marcha.

«¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Por el miedo. Un miedo que no tuvimos otra que volver a superar. Y fue así como lanzamos las tres primeras Arcas contra el satélite más conveniente para nuestra tecnología. Al principio, más de un siglo antes, se había elegido Europa por su posible vida submarina. Ahora se volvía a elegir por su deuterio, fuente de nuestra tecnología. ¿Un satélite que poseía un océano en toda su superficie? Era evidente que sería nuestra próxima casa, tal y como demostró posteriormente la historia.

Y vinimos aquí. Aquí a esta roca, a hacer exactamente lo mismo que habíamos hecho en Vieja Tierra. Durante treinta años, miles de misiones trajeron más población a este pequeño mundo de la que ahora mismo habita en él y en el enjambre, y las primeras generaciones se dieron cuenta del error. Volvíamos a cometerlo una y otra vez.

En Vieja Tierra, lejos de detener la sobrepoblación con las misiones Exilus hacia nuestro planeta, seguían creciendo a un ritmo desproporcionado. Por suerte para nosotros, su crecimiento interno era mucho mayor que el que las Arcas podían llegar a traer hasta aquí, y pudimos trazar un plan mientras ellos entraban en guerra.

Cincuenta años de convulsiones y devastación nuclear que convirtió la Tierra en un hervidero. Pero la humanidad sobrevivió bajo las aguas, donde la radiación era casi nula. Incluso hoy en día recibimos ocasionales transmisiones que indican que allí sigue habiendo alguien. Tan solo espero que hayan aprendido. Parte de la red Hyperloop quedó destruida, pero la humanidad seguía sobreviviendo a pesar de la devastación.

Y ese lapso de casi setenta años fue aprovechado por nuestros antepasados, quienes tomaron su filosofía de un libro de Greenpunk y vieron a la humanidad terrícola como el peligro para sí mismos que era. El control de población se volvió uno de los primeros catecismos, y a este le siguieron la no violencia y la sinceridad. A principio del surgimiento de la Nueva Federación Jupiterina, y apoyados por nuestros hermanos de viaje ionianos y ganimedianos, se estableció el plan de huída que hoy, siglos después, seguimos cumpliendo.

Fue durante esa época que se construyeron en cada uno de los satélites los impulsores atmosféricos que nos sacarían casi un siglo después de la órbita jupiterina y, mucho más tarde, nos lanzaría al espacio profundo.

Sobre el holo, tres pequeños puntos sobre Júpiter se iban alejando cada vez más en sus trayectorias hasta formar un pequeño grupo autogravitatorio y alejarse poco a poco del gigante gaseoso. Ese pequeño grupo, al que ahora llamamos Enjambre Plummer, es el que nos permite viajar por el espacio sin un planeta sobre el que girar, adaptando las ecuaciones de H.C.Plummer del siglo XX de Vieja Tierra a nuestro modelo de viaje, impulsando levemente cada uno de los tres cuerpos principales para que el resto le siga gracias a la gravitación.

Hoy, chicos, nos encontramos a las afueras del Cinturón de Kuiper, desde el cuál saltaremos hacia Alfa Centauri en unos cincuenta años. Mientras tanto, el Cinturón nos provee de materiales de los cuales tenemos que hacer acopio para reforzar algunas de las estructuras planetarias de nuestros hermanos que no disponen de un muro de agua contra la radiación dura del espacio.

Y, luego. Bueno, ninguno de nosotros estaremos aquí para cuando lleguemos a donde vamos. Y es muy probable que ni siquiera seamos la misma especie cuando lleguemos. Pero llegaremos, si seguimos nuestra filosofía y creencias, en cinco milenios el enjambre habrá llegado a un nuevo sistema planetario. Y de allí, bueno, quizá a cualquier otra parte.»