Lignamaris, los árboles flotantes

Por su forma, las habrían llamado erizos o estrellas de mar, pero ambos nombres habían sido usados en animales que ya existían en la Tierra, y aunque esto era una planta, a nadie le gustaba pisar el nombre de otro objeto. Les llamaron árboles del océano o lignamaris.

Cartel «Lignamaris, los árboles flotantes»

Vistos sobre el océano, apenas pueden verse varios troncos de árbol gruesos tratando de escapar de las olas. Pero si te sumerges con un foco, aparecerá la planta al completo. Cada núcleo esférico mide, de manera aproximada, medio metro de diámetro. Esta se haya hueca, llena en parte por agua dulce filtrada por las ramas. Estas crecen varios metros en línea recta como los troncos de los árboles, pero cada una en una dirección, hasta un máximo de diez. Huyendo del núcleo, dan estabilidad a la planta sobre el agua. Las ramas crecen hasta alcanzar un máximo de dos metros y medio de longitud, y de sus extremos se libera la semilla para un nuevo árbol.

En ocasiones, el árbol hijo crece de modo que queda atrapado en la rama del padre que le dio la vida, formando estructuras más grandes, algunas de cientos de estrellas, flotando en mitad del océano.

Hoy, mi familia y yo hemos vislumbrado una de estas formaciones con lo que parecen más de doce esferas. Observo por el visor a punto de quedarse sin batería y vuelvo a comprobarlo: ninguna de las puntas aparece marcada. No tiene dueño. Según la ley del mar, uno es dueño de la mitad de las estrellas que llegan a su vivienda, y debe soltar la otra mitad, marcando sus troncos con colores vivos para que sean fácilmente identificables.

Tras el conjunto de árboles en flotación, a miles de kilómetros, una tormenta invade el horizonte. La tormenta, Tempore. La que lleva siglos girando sobre el planeta. Aquaria no posee masas de tierra sobre las que el tifón pueda perder energía, de modo que sigue girando, absorbiendo grandes cantidades de agua que luego deja caer sobre nuestros hogares flotantes.

Encendemos los motores adosados al sur de la plataforma y nos dirigimos en busca de las semillas. Nuestra plataforma es grande en relación con otras balsas familiares. Con cuatro niveles de semillas en su parte externa, tiene forma de plato para evitar el vuelco en las grandes marejadas, y casi cincuenta metros de diámetro exterior. Contamos con ochenta y nueve estrellas, y hoy vamos a ganar seis más, de las que podremos vender la mitad.

Desde el exterior, todas las plataformas son parecidas. Un conjunto de pinchos externos formados por gruesos troncos de árbol, un suelo más o menos uniforme, y una vivienda en el centro, iluminada con varias candelas. Todo construido con los árboles flotantes.

Al cabo de un rato de impulso, alcanzamos las semillas. Paramos el motor, dejando que la velocidad nos acerque poco a poco. Completamente vestido para la ocasión, me sumerjo y comienzo a buscar con el foco submarino restos de pintura en todas las esferas. Ninguna de ellas tiene una sola marca. Asciendo y hago señas a mi padre para que lance un cabo, que ato en varios puntos de la masa flotante que forma nuestra próxima adquisición.

Hoy no vamos a instalar ni procesar nuestro premio, pero por ley debemos soltar la mitad de ellas en menos de doce horas, y la tormenta nos mantendrá ocupados más de dos días. Tenemos que hacerlo ahora. Medimos la masa y contamos once semillas, de las cuales seis han de ser devueltas al océano de tres en tres, que es como mejor crecerán otras semillas a su alrededor. Al menos, siempre que se pueda. Y observando la tormenta que nos alcanzará al final del día, no se puede. Habrá que soltarlas todas de golpe.

En menos de una hora, aquellas seis semillas de las que nos desharemos tienen las ramas coloreadas con tinta de calamar verde. Mi padre se sube a la balsa improvisada con dos sierras de mano, nos las atamos a los brazos, y empezamos a cortar por la parte exterior. Tardamos casi tres horas en terminar los cortes visibles, y más de seis en bajar y cortar las que quedan por debajo de la plataforma. Con un crujido, ambas mitades se separan, y las pintadas se hunden casi en su totalidad por su peso.

En Aquaria, todos comprendemos el equilibrio con la naturaleza. Por eso las leyes contra la sobrepoblación y la pesca conducen de manera directa a la horca. Los lignamaris no solo son nuestra flotación. Son también nuestro suelo, nuestro combustible y nuestro filtro de agua salada. Mediante ósmosis, las plantas filtran el agua y la depositan en sus cuencos interiores, de los que las tomamos para las diferentes necesidades. Sin estas plantas, la vida humana sería imposible en todo el planeta.

Afianzamos bien las sogas que unen nuestro botín a la casa, y nos refugiamos para la tormenta que ya ha empezado a descargar sobre nosotros.