Los árboles sobre los muertos

Como mi abuelo hubiese querido, de la tumba surgió un árbol. Casi tres meses después de haberse cubierto con la tierra fría sobre la que la humanidad camina ahora, y que nos sepulta a todos bajo el cielo cubierto de partículas, las primeras hojas pudieron verse abrirse paso hacia un sol inexistente. Él tenía razón, otros no, y la verdad salió al final a la luz en forma de hojas cautas. Hoy en día, gracias a personas como mi abuelo, todas las tumbas son árboles, y todo lo muerto trata de ser reparado en algo que vive. De ser posible, en algo que, además, nos sustente.

Cartel «El árbol que surgió de la tumba»

Es así como nació el primer manzano de nuestra finca, alimentado por mi abuelo en las primeras etapas de su vida. El manzano creció débil durante la mayor parte de su vida, pero dio semillas sanas que plantamos alrededor del campo que nos pertenece. Los manzanos que nos circundan luchan ahora contra el fin de una época, contra las impurezas de una humanidad que nos llevó a la insalubridad.

Miro a mi alrededor y la polución aún no ha desaparecido. Según mi abuelo, y repito la lección que quiero transmitir a mis hijos, harán falta generaciones de cuidados para que la vegetación vuelva a dar fuerza a la naturaleza. El año pasado conseguimos disponer de tres árboles por cada persona del poblado, un pequeño conjunto de mil refugiados que llegó hace decenas de años a esta isla. Hace más de diez que nadie aparece en sus costas, y dudamos de si hay alguien más ahí fuera.

La falta de aire que nos abraza se une con nuestra tumba a cielo abierto, y trata de cerrar el círculo que creamos los humanos en su momento. Desde las gafas protectoras y tras la ventilación del pañuelo sobre mi boca, observo el peral que cuyas raíces abrazan a mi padre, el segundo hijo de mi abuelo. Un padre que tuvo cinco hermanos que no llegaron a nacer por la delgada capa de oxígeno que rodeaba por aquél entonces a la humanidad.

Mi abuelo decía que, si conseguíamos sobrevivir cien años, el aire volvería. Que la Tierra acabaría, de manera eventual, curándose sola. Que solo teníamos que sobrevivir el tiempo suficiente como para ver crecer de nuevo todo. Y que, esta vez, debíamos hacer las cosas bien.

Pienso en todo esto mientras acaricio la única flor que he visto en mi vida. Ha crecido junto a la tierra yerma del manzano que fue mi abuelo. El tallo corto y débil se mueve al viento en ráfagas del sur, y la corona presuntamente blanca se ha vuelto gris por la atmósfera. Me levanto y miro a mi alrededor. Camino de aquí para allá, transportando piedras de diversos tamaños, hasta construir un muro de treinta centímetros alrededor de la flor en un círculo de una decena de palmos de diámetro. Así, la flor tendrá espacio para sí misma, y para reproducirse, pero el aire cálido y repleto de polución la dejará en paz.

Mis hijos me observan cuidar de la planta, al igual que vi yo a mi abuelo cuidar de los arbustos que crecían aquí y allá cuando llegamos a la isla. Tratamos de dejar constancia y calar hondo en la consciencia de los que vienen detrás para que los errores del pasado no vuelvan a ocurrir.