Los asesinatos que no llevaban maquillaje

«Supongo que tendremos que usar mucho más de lo corriente ahora si queremos evitar los asesinatos.»

Elga se miró al espejo, iluminado por la luz de dos velas, sin soltar el pequeño bote de crema correctora de arrugas de su mano izquierda mientras con la derecha se perfilaba con gastados ojos y sus bolsas azuladas. Se tenía que maquillar. Se estiró la piel en el proceso, haciendo que las marcas de la felicidad pasada se borrasen unos segundos antes de que la piel, elástica, volviese al punto de partida, a sus tersos dieciocho años.

Los asesinatos que no llevaban maquillaje

Se secó una lágrima antes de que esta terminase de brotar con un pedazo de papel para que no borrase la máscara mientras intentaba contener el llanto. No quería salir esa noche, no quería exponerse a aquella locura. Pero tampoco deseaba quedarse sola en casa, su compañero de piso aún estaba a una semana de volver al piso. Eso significaba que, o bien traía a alguien a casa, o dormiría con su amiga Patricia durante días. Dormir sin compañía no era una buena idea en la ciudad.

No lo había sido desde hacía un año, cuando empezaron a morir. Pero la semana pasada, y tras trescientas sesenta y cinco víctimas la policía había difundido el patrón por el que mataba el asesino. Tras un año, ya tenían a la víctima perfecta.

«Desde luego costaba creerlo.»

Terminó de pintarse los labios y los contrajo varias veces frente a su reflejo. Guardó los neceseres y los cosméticos en el armario de la derecha y salió del baño en dirección al pasillo. En dirección al otro espejo. Quería verse entera, y era el único espejo de cuerpo entero que había en la casa después de que Hustler rompiese el del dormitorio.

Hustler, un pequeño pastor alemán de un año, correteaba por la casa. En menos de dos meses desde que lo sacó de la perrera se había comido el bajo de los muebles, las cortinas, cualquier alfombra o zapato que hubiese en el suelo, así como roto un cajón, el espejo mencionado y una silla.

Ahora la miraba desde el suelo, completamente tumbado sobre él pero con los ojos levantados en busca de algo de atención. A Elga le daba pena cuando hacía eso, y pena era sin duda era lo que Hustler buscaba provocar.

¡Vamos, que esta noche salimos antes!—Antes de que pudiese terminar la primera palabra, Hustler ya se había lanzado como un proyectil contra sus piernas, golpeándola con la cabeza en los tobillos y haciendo que se desestabilizase.—¡Joder, Hustler! Estáte quieto. Ven. ¡Ven aquí!

Le puso el collar alrededor del cuello y ató la correa al collar, que puso en la boca del animal. A Hustler le gustaba pasearse a sí mismo, y era el único modo de que no la arrastrase por el suelo corriendo. Se miró por última vez en el espejo antes de ponerse el abrigo y se fijó en la abultada nariz, haciendo una mueca.

Ambos salieron a la calle minutos después, él ligeramente adelantado mientras ella cerraba la puerta, y luego ambos al paso de sus tacones. La verdad es que salvo los espasmos de humor, como lo había llamado su compañero de piso, Hustler era un perro muy educado. Se preguntó su habría medicación para ello mientras observaba la calle.

Un par de personas que se cruzaron con ella la saludaron, y ella devolvió el saludo. En realidad, Trent era una ciudad bastante pequeña que no alcanzaba los quince mil habitantes, y todos se acababan conociendo entre sí. Desde luego había pocas caras nuevas a diario.

Y, sin embargo, durante la última semana había habido un efecto llamada la comunidad al darse a conocer en los informativos como «la ciudad del asesino de feos». El nombre era absurdo y despectivo, de modo que funcionó a las mil maravillas, y lo absurdo de la noticia no solo había movilizado a la prensa, sino a miles de curiosos que se habían desplazado al pueblo. En menos de una semana miles de fotografías de asesinados durante el último año circularon por toda la ciudad en manos de turistas que iban a la caza de feos para fotografiarlos.

«Una caza de brujas con tecnología. Qué maravilla.»

La policía se había triplicado en esos siete días, y haría falta mucha más. Por todas partes personas con sus móviles fotografiaban transeúntes y luego los colgaban en Internet. Un sistema ilegal de apuestas se había puesto en marcha en los últimos dos días, y había tenido casi cien mil registros solo ayer.

«La gente es que es gilipollas.»

El ganador de la apuesta de ayer fue detenido y su detención fue filmada. Aunque aquello no había frenado a otras cien mil personas a registrarse y apostar. La policía retiraba de inmediato los teléfonos móviles o cámaras, multaba por acoso a los cazadores de feos y los deportaba a su domicilio, donde se les imponía un arresto domiciliar.

Volvieron a casa y Elga dejó a Hustler allí, mirando a la puerta mientras se cerraba. Siempre le dejaba un par de luces encendidas para que pudiese ver mientras rompía los muebles.

***

Tardó media hora al restaurante caminando bajo la escasa nevada. El abrigo se le había mojado un poco, pero el interior seguía seco y caliente, algo que agradeció enormemente cuando lo dejó en el ropero.

Charlie estaba junto a la barra con sus dos amigos. Los tres eran más jóvenes que ella, aunque nunca se había sentido desplazada por ello. Con Charlie siempre había habido algo. Lo suficiente como para que se notase pero sin que nunca llegase a nada. Patricia y Poll, sin embargo, llevaban juntos casi diez años.

«Tengo que dejar de salir con estos dos, ella es demasiado joven. Joder, no quiero encabezar la lista esta noche.»

Alguien con un mando a distancia tras la barra subió la televisión y las conversaciones pararon. El mundo se había vuelto loco. El alcalde aparecía en la televisión, en un programa de entrevistas conocido. Comentaba cómo esa misma mañana una empresa de realitys china le había hecho una oferta por una lista de nombres de todos los censados, y de cómo él había renunciado a la generosa oferta.

Les comentaba,—Charlie hizo una ademán con la cabeza a la pareja—, que me han hecho una foto mientras venía. Sin duda ahora estoy en el sistema de apuestas ese. Dime, Elga, ¿votarías por mí?

Desde luego, Charlie era encantador. Siempre lo había sido. Aunque se merecía encabezar la lista de esta noche debido a su poca agraciada apariencia. Una nariz torcida no llegaba a tocar por poco el doblado labio superior, y las orejas separadas de la cabeza le convertían en una persona altamente caricaturizable.

¿Yo a ti? ¿Para que te maten? Me lo pienso y te lo digo después de la cena.—Sí, con Charlie siempre había habido algo. Un cosquilleo en el estómago, quizá. Pero su corta edad comparada con la de Elga hacía virtualmente imposible su relación. El tonteo, sin embargo, estaba servido.

«La televisión lo había conseguido. Había conseguido que los asesinatos se convirtiesen en un chiste, en un juego. Había logrado que no se le diese ninguna importancia. Al fin y al cabo eso les pasaba a otros, nunca a uno mismo.» pensaba Elga mientras un joven vigilaba al cuarteto desde el otro lado del restaurante, mientras decidía a cuál de los cuatro le consideraba más feo.