Los cuervos tras los dioses

No me preguntéis por qué, yo apenas entiendo lo que ocurre a mi alrededor en este extraño universo que se han montado entre ellos. Pero sé que se están destrozando los unos a los otros. Mire a donde mire, algún dios apuñala a otro, o esparce sus vísceras sobre el suelo, haciéndolas llover sobre el resto de los combatientes, o lo fríe a rayos o lo envenena con nubes de vapor tóxico. Los dioses han salido de sus libros, y se matan entre sí.

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Hace unos minutos he observado cómo un rayo de energía púlsar ha destrozado en pleno vuelo a Sól, la diosa nórdica del astro rey, mientras lo cruzaba con su carro alado en dirección a la batalla que se cuece al sur de aquí, en el valle. El rayo lo ha hanzado un Hefesto cabreado con un arma que no he visto nunca, algún tipo de fusil ultraligero que maneja como si fuese un montadientes. Cuando Sól cae a tierra con un estruendo que aplasta a varias ninfas, el herrero salta hacia delante, golpeando en el aire a una proto-Isis (quizá la propia Hathor), y aterriza junto al carro derribado. Las ninfas que quedan vivas lo atacan cuando está en el suelo.

Recuerdo estar parado delante de la televisión hace años y ver un reportaje sobre animales. En él, un ejército de hormigas despedazan un saltamontes en vida. El saltamontes forcejea en el suelo mientras le arrancan las patas y alas, las antenas y ojos. Junto con los miembros extraídos se arrastran sus vísceras. El saltamontes, muerto desde que ha tocado el suelo, espera en todo momento salir con vida. Lo que veo ahora es peor.

Lo último que observo de Hefesto es uno de los brazos, indistinguible desde esta distancia, en manos de una de las ninfas menores. Una limnades de lago golpea a esta ninfa y clava sus afilados dientes en el brazo del herrero, disputándose la captura. Ambas criaturas tienen su cuerpo bañado en sangre del dios, y forcejean por el miembro arrancado. Cientos de ninfas pugan por otras partes de su cuerpo.

Seguiría mirando hipnotizado la escena si no fuese porque se ha abierto un claro entre dioses en el valle. Dos de ellos bailan en una aresteia singular. Es en ese momento cuando doy por sentado que todos están locos, y que el raciocinio no tiene cabida en este espacio de muerte. En el centro de un círculo de cuarenta metros de diámetro, Minerva y Bragi (ambos representantes de la inteligencia) se lanzan ataques furtivos mientras giran el uno sobre el otro. La diosa de la sabiduría va vestida completa para la batalla con un peto y armadura livianas que Bragi no parece capaz de traspasar. Junto a ella, una serpiente repta por el suelo, lo que me da a entender que en realidad es la Palas Atena griega, y no la diosa romana. No hay búho, o este ha muerto en el combate. Si es Palas, Bragi no tiene oportunidad en esa lucha. Observo cómo Ares sonríe detrás del círculo ante la imagen de su prima. El muy cabrón lo está pasando en grande al saber que no es él quien está siendo vapuleado esta vez. En su lugar, ha alentado al dios nórdico de la poesía y los bardos a luchar contra ella, la que nunca ha perdido un combate. Un rápido y furtivo movimiento de Palas sesga en dos el cuerpo del sabio. Las heces el bardo de bardos se esparcen y se mezclan con la arena ya manchada de sangre, y Palas sonríe a la muchedumbre de dioses frente a ella, provocándolos.

Loca, pienso, la diosa de la sabiduría está como una puta cabra.

Acaba de desafiar a medio panteón nórdico y a varias de las deidades egipcias que los acompañan. Y es entonces cuando todo se acelera.

Hasta ahora, el campo de batalla había estado moderado por combates singulares aquí y allá, y por pequeñas refriegas de unos pocos grupos contra unos pocos. Uno lanzaba una jabalina, mataba a otro, este otro era vengado en pocos minutos, y todo parecía seguir igual.

Ahora, con el cuerpo cortado en dos de Bragi, una Idunn mucho más joven que él salta a la arena para vengar la muerte de su esposo con tal furia que golpea a Atenea sin que ella se lo espere, causándola la muerte en el acto. El sonido contra la armadura me recuerda a los sonidos provocados cuando un coche es embestido por un camión. El cuerpo de Atenea vuela una decena de metros, y cae a la arena a plomo.

Unos pasos por detrás de Idunn, Heimdall blande su lanza y cubre a un Höðr, quien lanza dardos envenenados contra todos los presentes al otro lado del círculo. Odin les sigue a unos metros, levantando un Mjolnir que ha arrancado de las manos muertas en las que lo puso siglos atrás.

Al otro lado, tras la muerte de Palas, Ares deja de sonreír y se protege de los dardos de Höðr, esquiva a Heimdall y hunde su espada en la cabeza del dios ciego, abriendo en canal todo su cuerpo hasta que ambas mitades caen a la arena.

Pero no es un combate de griegos contra nórdicos, o nórdicos contra egipcios. Muchos de los dioses parecen haber cambiado de bando. A Odin se le han sumado muchos de los ctónicos que una vez lucharon contra el Panteón del hijo de Cronos, y blanden irregulares y deformes cuerpos de roca que un Poseidón irritado trata de frenar. A los telúricos que luchan con el Padre de Todos se le han sumado tropas de Thot que superan con su velocidad a su homólogo Hermes. Este pronto acaba atravesado por anjs afilados, y su cuerpo es abandonado en la batalla sin que nadie reclame sus botas. Junto a Hermes, un Quetzalcóatl que disfruta arrancándole los ojos a Frig es abatido por su hijo Hoder.

Al otro lado, un Zeus estático contempla el gran conflicto lanzando hordas de olímpicos y criaturas del Hades. Las gárgolas y quimeras vuelan sobre el campo de batalla abrasando a los soldados del padre del trueno o lanzándolos desde lo alto mientras Heimdall los detecta a todos y trata de coordinar una retirada. Pero ya no cabe una retirada. Demasiada sangre olímpica y nórdica ha sido vertida en la arena como para que ambos padres retrocedan. Soldados de un Horus helenizado causan estragos entre la tríada de Tebas, quienes parecen apoyar al frío del norte.

Zeus despliega la égida y atrapa a todos los dioses bajo un escudo del que solo saldrán los que no hayan muerto. Luego, levanta el rayo en su mano mientras Odin hace lo propio con la Gungnir. Ambos lanzan, y desatan el Ragnarök sobre el valle.

Los cuervos observan la escena, a la espera de su llamada al combate.