Los hijos de Tántalo quieren morir

Siempre vuelves. No importa lo que hagas o cómo trates de huir, ya que no hay salida de este laberinto sin paredes. Quizá sea por eso que todos los que me rodean quieren morir, y desearían poder acabar pronto con el tormento que les da la vida.

Miro a mi alrededor y observo a todo el pueblo. Varios cientos de personas congregadas en sus asientos, en silencio. A diferencia de la pequeña parroquia vecinal que teníamos en el pueblo donde morí por primera vez, esta es inmensa y está construida de piedra fría que tarda en calentarse al sol de las Islas de El Después. Aún no está terminada, pero la nave principal fue completada hace más de doscientos años, cuando la piedra aún llegaba en enormes zepelines a nuestra apartada isla. Antes de que la deriva desplazase nuestra isla, haciendo caro comprar más de aquella roca.

Cartel «Los hijos de Tántalo quieren morir»

Aunque no es una iglesia o catedral, conserva la forma que los muertos en vida trajimos de la verdadera Tierra, y el ábside está repleto de velas que iluminan al ponente de hoy. Los hijos de Tántalo tampoco somos un credo, ya que en nuestra isla hemos transcendido ese tipo de pensamientos inocentes y pueriles. Sin embargo, arrastramos las fes que poseíamos cuando morimos.

Ellas, y los lugares y tiempos de los que venimos siguen siendo, por algún motivo que no hemos alcanzado un consenso para comprender, relevantes. El teniente Donovan Eldrich, muerto en el páramo del Amazonas en el 2098, está hablando hoy, y recita un pasaje de un libro que su mentor escribió unas décadas atrás. Los herederos de la fortuna de Tántalo no tenemos un libro oficial, como lo tuvieron el cristianismo o el judaísmo. En lugar de ello, disponemos de decenas de bibliotecas repletas de manuscritos a lo largo de cincuenta islas, y de un club de debate que hubiese levantado la envidia de cualquiera constituido durante mi vida.

El club, al que todo isleño tiene y tendrá siempre acceso, es una mezcla entre grupo de apoyo psicológico, departamento de investigación científico y congregación. Lo fundamos hace algo más de trescientos años, cuando todos comprendimos que ya no podríamos morir más. Que cualquier error fatal que rompiese nuestro cuello o perforase nuestras costillas nos enviaría directamente a una de las entradas cercanas, que de cualquier enfermedad mortal emergeríamos de las aguas para volver a caminar sobre las islas flotantes de El Después. El fragmento que Eldrich lee habla sobre lo mismo que hablan casi todos los libros de nuestra agrupación: la búsqueda de una salida a la vida. Una vía de escape al mundo de los muertos.

Rememoro mi primer despertar, en el lago de una isla cercana. Cada pocos años acostumbro a leer las notas que la comunidad me obligó a tomar por aquél momento. Yo acababa de despertar en el fondo del lago y no comprendía cómo había llegado allí. Solo recordaba el golpe del metal contra metal de ambos vehículos, y el dolor del impacto. Tras escribir todo mi relato, los habitantes del poblado que insistían en que lo completase me lo contaron todo, y tardé unas semanas en asimilarlo.

«La inmortalidad es un don, de eso no hay duda. Pero el hecho de que se nos haya negado la muerte lo ha convertido en un castigo» pienso mientras me levanto de mi butaca, camino hacia los portones y salgo por una pequeña hoja abierta en la base de la puerta derecha. Paseo durante una hora y alcanzo el extremo de mi isla, el punto más alejado del lago que nos da la vida que no deseamos.

Me siento en el borde y contemplo el resto de islas flotantes. No tengo la necesidad de mirar hacia abajo, y hace mucho tiempo que perdí toda sensación de vértigo. Si ahora me escurriese y me viese precipitado hacia abajo, supongo que disfrutaría de la vista mientras caigo. Viajaría cientos de kilómetros hasta dar con la siguiente isla en mi vertical, y mi cuerpo estallaría por el impacto solo para despertar unos segundos más tarde en el fondo de su lago central.

Siempre vuelves. No importa lo que hagas o cómo trates de huir.


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