Los hilos de Venus

Los hilos de venus

—¿Resulta menos importante porque ambos hayan sido computados y no nacidos, porque sus vidas hayan transcurrido en un servidor central? Pregunto.

Birnan se colocó las gafas después de pensar un poco. Luego, volvió a retirarlas de su cara, a limpiarlas, a mirar el foco de la habitación poco iluminada con ellas, y a colocárselas de nuevo en la cabeza. Siguió pensando durante unos minutos, y resolvió ambas preguntas con una especie de bufido y un encogerse de hombros:

—Bffff…—Se encogió de hombros—. Creo que lo estás llevando al extremo. Intenta darle la vuelta a lo que dices. ¿Resultan igual de importantes porque ambos hayan sido computados y no nacidos? ¿O porque sus vidas hayan transcurrido en un servidor central? No sé, no creo que sea algo fácil y trivial. Dudo que la respuesta tenga una solución de o no.

Se estiró, haciendo sonar los huesos de los hombros. Llevaba ya ocho horas en aquél recinto, respondiendo a las preguntas del escritor. A pesar del dolor de espalda, seguiría escuchando y respondiendo sus preguntas para la novela que escribía. El escritor parecía tener cuerda para rato. Hablaba rápido y certero, haciendo preguntas concretas y anotándolo todo.

Birnan nunca había visto que alguien no se hubiese preparado las preguntas para la entrevista, pero a aquél tipo no le hubiese hecho falta una lista. Deducía, no memorizaba. Las preguntas llegaban por arte de magia a su mente, y parecía tener más y más cada hora. Podía haberle resuelvo unas doscientas preguntas que ansiaban una solución, y parecía que otras doscientas le aguardaban. Por supuesto, le había dado una solución parcial, personal y, probablemente, errónea de cada una de ellas.

Ya le había advertido de esto en la frecuente correspondencia que ambos se mandaban. Sin embargo, el escritor estaba interesado en su perspectiva del mundo, y no como este era en realidad. Uno de los personajes iba a estar basado en él y, en palabras del escritor: quiero saber lo que piensas, todo lo que pasa por tu mente, cuando te hago estas preguntas.

—¿Dirías que tienen libre albedrío?—preguntó el escritor, furtivo.

Birnan parpadeó. No se esperaba una pregunta tan densa a última hora de la noche. Se irguió sobre su silla y volvió a estirarse. Resopló con su costumbre y evitó limpiarse de nuevo las gafas. No porque no quisiese, sino porque se había dado cuenta de que se había convertido, y no quería parecer un maniático.

—¿Diría usted que tiene libre albedrío? Y me explico. Hace un segundo ha establecido, sin llegar a decirlo, que los simulados por computación son igual de importantes que nosotros aunque «sus vidas hayan transcurrido en un servidor». Y lo cierto es que no tienen por qué serlo. El hecho de que usen para vivir un nivel más bajo de realidad no significa que sean menos reales que nosotros, al igual que nosotros no pensaríamos que somos menos reales por estar viviendo dentro de un marco virtual. Al fin y al cabo, nuestra percepción nos asegura que somos reales. Esos seres de los que hemos hablado, ¿recuerdas cómo les afectaba Venus?

—¿El subprograma?

—Aunque formalmente hablando es un subprograma informático, en realidad está implementado en la base de su realidad. Es uno de los pilares en los que se asienta su mundo. A nivel básico y de hardware. Sin Venus, todo el concepto de su simulación se desmoronaría. De hecho, los primeros universos no poseían los invisibles hilos de Venus y, por supuesto, todos sabemos cómo acabaron. La realidad colapsó varias veces sobre sí misma, destruyéndose. El programa del amor constituye una parte esencial del núcleo de la simulación. Sin esos hilos, su universo está perdido. Es una matriz calculada expresamente para cada universo, y ni siquiera nosotros la llegamos a comprender del todo.

—¿IK-3?—preguntó el escritor, revisando sus notas de hacía varias horas.

—Exacto, el IK-3 es la IA que nos ayuda a generar ese patrón de Venus para cada universo específico, y a fabricar su parte física. Sin ese sistema de ecuaciones y datos, cuya matemática no alcanzamos a entender, las simulaciones no serían viables. Los hilos de Venus resuelven a nivel subatómico qué otra simulación constituiría la pareja ideal, e influye sobre cada una de las dualidades atómicas por espacio de cronón para reorganizar la materia computada y crear espacios en los que puedan coincidir ambas consciencias. Mariposas que aletean. O, mejor dicho, vibraciones específicas que obligan a aletear a la mariposa, y el tornado que genera al otro lado del mundo, del lado de nuestros enamorados. Obviamente, muy lejos de nuestro alcance y entendimiento. Pero no para una IA. Ellas lo computan en cuestión de nanosegundos y lo implementan en tiempo real a la simulación con una predicción del 93% de veracidad en un marco a un mes vista.

—De modo que Venus, programada por el IK-3, mueve esos hilos invisibles para hacer, en palabras sencillas, que personas compatibles, ¿se encuentren? ¿No alteraría eso el libre albedrío?

—Oh, sin duda. Es una clara violación de la capacidad de ambos para elegir. Pero hemos descubierto que sin esos hilos, sin esa violación del sistema, no habría sistema. Las simulaciones no son capaces de existir. Los universos necesitan de un determinado grado de manipulación si hay seres conscientes dentro, por algún motivo. O nunca llegarán a funcionar de modo autónomo. Algo en las psiques de los simulados falla sin esa pieza de simulación fundamental a la que llamamos Venus por su papel fundamental, a pesar del hecho de que se encargue de otras tareas. Por eso los universos se crean solo después de haber sido calculado el patrón de cada Venus específico.

El escritor apuntaba rápidamente las palabras de Birnan a medida que este las iba soltando. Su libreta consistía en docenas de folios ordenados al azar sobre varias sillas. Continuó preguntando:

—Dígame, ¿tiene algún registro de una situación similar de la que se tengan pruebas? Algún tipo de documento que indique el emparejamiento que busca Venus, y su éxito.

—Difícil. No podemos estar seguros de lo que hubiese pasado si los hilos de Venus no estuviesen activos porque…—titubeó Birnan.

—…el universo no aguantaría la no existencia de Venus—ajustó el escritor.

—Exacto. No podemos comparar un universo con y otro sin Venus. Sería imposible. Así que solo podemos hacer suposiciones, y seguir las pistas que dan las colisiones de los hilos. No es fácil, son billones de billones de líneas de código presuntamente aleatorio. La computación por heurística en cascada hace imposible saber cuáles de los registros han sido alterados para la generación de hilos, y cuáles son genuinamente aleatorios y basados en el generador de causalidad, dado que todos emergen del mismo núcleo en el que Venus ha sido instalada y construida. Sin embargo, tenemos sospechas. Situaciones virtualmente extrañas o anómalas. Gente que se ha encontrado con demasiado en común y casi nulos puntos de contacto reales. Situaciones improbables que han dado sus frutos.

—Entiendo. ¿Y podría hablarme sobre alguno de los casos?

—Hay uno que nos ha llamado la atención en particular—se colocó de nuevo las gafas—. Huellas gemelas, un caso ideal, ¿sabe? Dos gotas de agua, con sus diferencias, por supuesto. Como si fuesen segmentos separados de un artificio matemático cuidadosamente diseñado. Un puzle doblado sobre las palabras que lo forman, y cuyo sentido se lo da el secreto que encierra, al que han partido en dos y trasladado –por unas cosas o por otras– a cientos de kilómetros de distancia.

—Y, ¿se han encontrado? ¿Cómo?

—Hará unas semanas, por lo que parece pura casualidad. Sin embargo, sospechamos que han sido los hilos de Venus los que los ha atraído, los que han provocado el encuentro fortuito en el que se han conocido. Una red virtual dentro de su Internet básico. A partir de ahí, todo ha fluido de manera natural entre ellos, y no tenemos motivos para sospechar que Venus siga forzando en modo alguno su relación.

—Una auténtica historia de amor computacional—sonrió el escritor.

—De las más bonitas que se hayan simulado—apuntó Birnan, devolviendo el juego de palabras.

***

Un nivel más arriba, los técnicos abrieron el champán para celebrar el éxito del proyecto. EL IK-3 había resuelto la matriz del primer Venus funcional, y había conseguido reunir en la misma sala a dos almas gemelas para hablar sobre aquello que apasionaba a ambos por diferentes motivos: la generación de historias.

Sobre la pantalla, los ojos del escritor sonreían cada vez que Birnan limpiaba sus gafas, y cientos de preguntas surgían de su psique simulada a través de la resolución de ecuaciones subatómicas. Los hilos de Venus estaban funcionando para evitar que se despidiesen aquella noche sin saberlo. Antes de que los servidores se apagasen, ambos conocerían que el otro era especial.

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