Los invisibles sonidos mudos

Capitulo 5. Los invisibles sonidos mudos

El tren frenó en la estación tras un imperceptible siseo electromagnético y abrió sus puertas. Los pasajeros bajaron al andén y dejaron libres las puertas a los cientos que se bajaban de aquellos vagones de tres pisos. Luego, en un absoluto caos con base en empujones, subieron todos, incluido él. Incluida esa silueta ofensivamente invisible, insultantemente etéreo.

Las puertas se cerraron a sus espaldas sin prestarle demasiada atención, como si los sensores que regían el mecanismo de seguridad no pudiesen identificarle. Las máquinas, siguiendo aún las órdenes de sus amos, los hombres, ejecutaban su programación sin titubeos.

Aquella persona comenzó a hablar en el mismo instante en que las puertas colisionaron la una con la otra, encerrándoles, y varios segundos después la totalidad del vagón lo ignoraba. Su discurso, ensayado un centenar de veces al día durante demasiados días como para llevar la cuenta, caía en oídos sordos con palabras mudas. Nadie dentro del vagón podía escucharle, así lo habían decidido ellos mismos.

El software antispam sonoro, desarrollado el último mes por la AVG Dell-Wall había conseguido lo que la sociedad llevaba buscando durante siglos: ahora podían apagar su voz, terminar de ignorarle. Ahora podían ahogar sus gritos en la penumbra sonora a elegir por el usuario. Podían hacerle chillar de dolor sin tener que aguantar sus quejidos. Entre todos, lo estaban matando de hambre en el silencio. Aquél hombre hablaba a la nada del vagón abarrotado de gente mientras ellos le apartaban con atención.

Confinado en su burbuja de realidad, los oídos sordos le contemplaban impasibles desde sus asientos solo para desviar una mirada muda hacia sus asuntos, hacia sus burbujas individuales. Los pasajeros habían seccionado en dos la realidad, y ahora él estaba fuera.

Él ignoraba la tecnología tras la que la gente se escudaba adrede. Tan solo llevaba un mes en el mercado y él llevaba demasiado tiempo en la calle, alejado del circuito comercial. Sin un solo implante, era considerado de manera despectiva como un “humano antiguo”, un no-homo technicae. Uno de esos seres que había preferido vivir en una cueva.

Hacía nueve días que el primer filtro antispam sonoro había sido levantado para amortiguar la señal de su voz sin que él lo percibiese. Horas más tarde, tras una cuarta denuncia en un periodo tan corto de tiempo, los servidores lanzaron el contenido de sus cuerdas vocales al olvido del spam.

Ahora él contaba la misma historia de hacía años, pero nadie le escuchaba. Su voz había sido desactivada en los oídos del resto de pasajeros. Cada vez que emitía un sonido, los auriculares que todo el mundo llevaba desde hacía años comprobaba su voz con los servidores y la amortiguaban hasta prácticamente anularla. La convertían en un siseo por debajo del ruido casi imperceptible de los rieles electromagnéticos.

Ya nadie escuchaba a los mendigos. Desde hacía once días, ya no hacía falta. Ahora se podía ignorar de un modo selecto. El hombre avanzó a lo largo de los once vagones y a lo alto de sus tres plantas sin recibir una sola moneda. Pero, ¿quién llevaba monedas hoy en día? ¿Qué tipo de persona pagaba aún en rudimentarias planchas de metal?

El hambre hacía que le doliese el estómago. Nadie lo observaba desde hacía una semana. Se sentó en el suelo del vagón y lloró.

Del otro extremo, un pequeño bulto rosa se abrió paso entre la gente. Llevaba unas botas amarillas de chillones colores salpicadas de barro. La cara, limpia a diferencia de la de aquél hombre, albergaba dos enormes ojos curiosos. Iba cubierta a pesar del calor del vagón con un impermeable rosa que le tapaba casi toda la cara con una capucha.

―¿Por qué estás tan sucio?―preguntó la niña de no más de cinco años al llegar al mendigo.

Este se sorprendió y, durante un segundo, pensó que no era con él con quien hablaba la niña. Se peinó el sucio cabello con la mano derecha y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo.

―No tengo dinero para lavarme, ni un lugar donde hacerlo. Por eso estoy sucio.

―¿No tienes una casa?―La niña, inquisitiva, lo observaba desde el interior de la capucha. Esta le tapaba la boca.

―No, no tengo casa, duermo donde puedo.

El grito de un hombre rasgó el vagón. El nombre de la niña fue preguntado en voz alta, y ella contestó con un chillido “¡Estoy aquí!”. De la parte delantera vino corriendo un hombre de edad avanzada. El traje azul y la figura oronda lo distinguían como alguien con hogar y con comida.

―¿Por qué te has ido? ¿No ves que me has preocupado? No sabía dónde estabas―El padre, arrodillado junto al mendigo, tenía cogida a su hija por los hombros―. No vuelvas a hacer eso nunca más, ¿vale? Has preocupado a papá.

La niña asintió en silencio pero miró al mendigo.

―Papá, es que este hombre dice que tiene hambre y nadie le estaba escuchando.

Varias miradas, incluida la del padre, dieron con la figura invisible junto a la niña. Antes de aquella revelación, aquél hombre no existía.

―Perdone, creo que su hija me ha seguido a lo largo del vagón. Le pido disculpas―La voz muda del mendigo quedó en silencio en el implante auditivo del hombre trajeado. Este percibió el inconveniente y desactivó su implante.

―¿Le ha dicho algo a mi hija?―la mirada del padre atravesó al mendigo, quien pareció empequeñecer en la esquina del vagón. Varias personas, curiosas, desactivaron sus implantes para poder escuchar.

―Papá, él te ha preguntado a ti si tenías algo de comer. Tenías mi merienda, pero no le estabas escuchando. ―La niña levantó su mano, de la que colgaba una pequeña tartera metálica― Si le doy mi merienda, ya no tendrá hambre.

El padre miró a su hija, cogió su tartera y la abrió. Sacó el bocadillo y la pieza de fruta y se la tendió al mendigo.

―Persone, no había reparado en usted. Al ver a la niña aquí, pensaba que le había dicho algo, pero es evidente que he sido yo quien se ha distraído.

―Mucha gente anda distraída últimamente. ―El mendigo cogió la comida― Muchas gracias por esto. De verdad me has ayudado. Quizá pronto pueda lavarme la cara.

El mendigo sonrió a la niña mientras se alejaba con el padre de la mano. Este volvió a activar su implante, un implante que se colocaba a todos los niños cuando cumplían los diez años. Avanzó hacia el fondo del vagón y miró desde allí al mendigo. Apagó de nuevo el implante, pensativo, y sonrió.

El resto del vagón activó sus implantes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *