Los peligros de salir del universo

El tren entró traqueteando en la estructura semiesférica desde la llanura de Llerinia. Cientos de niños se agolpaban en las ventanas y señalaban a voces todo aquello que veían desde su inocencia. Todo aquello les parecía fascinante, y supongo que lo era. Mi problema es que cuando vives algo demasiadas veces la pasión se enfría, y el aburrimiento toma preferencia en las riendas del actuar.

los peligros de salir del universo

Debido precisamente a ello, o quizá porque no había dormido la moche anterior, bostecé con suficiente fuerza como para que mi jauría de niños se riese. Pero estaban demasiado ocupados por maravillarse del mundo al otro lado del cristal del tren. Si os preguntáis por qué no dormí bien aquella noche, os diré que no tenía nada que ver con esta pequeña excursión escolar, sino más bien con que la pasión del amor se debilita al igual de rápido que lo hace el asombro en este tipo de parajes imposibles: una vez que lo das por sentado, la pasión desaparece y da paso al aburrimiento. Por muy fascinante que llegue a ser el paisaje, si este permanece estático, pronto termina por aburrir.

Y como Helena se aburría de un simple profesor de escuela de un pueblucho en mitad de ninguna parte, dejó la cama vacía. Se fue a buscar a ese millón de millones de hombres perfectos a los que nuestro universo había abierto las puertas. Y el hueco que ha dejado en la cama no me permite dormir desde entonces. Esa. Esa es la verdadera razón de que no haya dormido bien en semanas.

El tren sobre el que nos movíamos, una majestuosidad construida en sólido metal colado y con las mejores maderas del condado de Nimria, entraba en la megaestructura que servía de puente de América del Norte con el resto del mundo y de los universos. Los alumnos seguían asombrados ante la grandiosidad de aquél entorno sin prestar atención a la elegancia de nuestro vagón. Pero es que nuestro precioso tren de última generación no era nada con lo que nos depararía el futuro. Y el futuro era exactamente donde vivían la mayoría de los universos. Universos ahora tan nuestros como nuestro el de las gentes que los habitan.

Salvo las vías, toda la megaestructura estaba construida de inoctenio gris, una sustancia que se empeñaba en huir de la manipulación de Frank Schiller, el mejor químico que he conocido en mi corta y, según Helena, aburrida vida. Allí, en el instituto, El profesor Schiller enseñaba conceptos que la Unanimidad insistía en que estaban obsoletos.

«Obsoletos, como yo» pienso mientras se nos cruza una locomotora imposible de entender a mis ojos. Avanza, como la nuestra, sobre dos raíles de metal, aunque su locomotora no dispone de tubería de vapor vivo ni silbato, y no comprendo su propulsión. Además, no contaba con un vagón para el carbón. Los científicos que habían tratado de instruir a Schiller sobre su ciencia avanzada habían insistido en la fusión, un concepto que el profesor consideraba imposible. Ahora, a mis ojos, un imposible andante.

El tren tomó entonces una ligera pendiente descendiente, separándose de la horizontal en la que quedó aquél otro tren sin pies ni cabeza. Y siguió deslizándose hacia abajo en una curva de cien metros de radio hasta ponerse en vertical al suelo, colocándome a mí mismo boca abajo. Como cualquier persona, la primera vez que llegué a la Terminal de Acople del Multiverso casi me desmayo al percibir que el tren entraba en una posición de caída libre como si se despeñase al borde de un barranco.

Pero el tren no solo deja de caer, sino que va frenando poco a poco. Por las ventanas, los ojos indican que el tren se ha colocado en una posición vertical con respecto al suelo. Sin embargo, si se cierra esos mismos ojos y uno «se fía de su oído interno», como mi compañero docente -Juan de Martín- aconseja, la sensación es la de seguir sobre la horizontal. No sé cómo lo hacen.

Sobre esto, los eruditos de mi mundo poco más tenemos que decir que los chiquillos que gritan de alegría cuando la transición gravitatoria entra en marcha. Para ellos, esto es lo más parecido que han visto a una noria. Qué diantres, esto es lo más parecido que yo he visto a una noria.

Desde mi posición en el asiento puedo observar por la ventana cómo la Terminal de Acople tiene forma de enorme embudo curvado, y cómo una decena de vías de tren parecen converger en el lugar al que iría el agua si la sirviesen «desde arriba». La parte inferior de la Terminal, al menos de esta zona, tiene forma de cilindro y mide trescientos metros. A este cilindro llegan vías desde siete universos diferentes, uno de ellos el nuestro. Nuestro universo tiene la «matrícula 89U-23», aunque no tengo ni idea de dónde viene el nombre.

El tren se detiene en el andén en penumbra dentro del cilindro y los niños se bajan los primeros, armando el alboroto característico de su edad. Por suerte, mis ayudantes forcejean con los pequeños, que no paran de señalar al techo del andén por el que nos hemos bajado. Cojo mi maleta de piel y sigo con la vista el movimiento de sus manos y los gestos de sorpresa de sus caras.

Sobre las paredes y el techo, suponiendo que puedan llamarse así, hay diez vías colocadas en paralelo a las nuestras, y dos de ellas contienen un tren en su correspondiente andén. Justo en mi vertical, una señora mira hacia abajo y sonríe. Hace tiempo que comprendí que, para la gente de ese vagón, soy yo el que está boca abajo. Por lo visto, dentro del cilindro todas las paredes atraen con la misma intensidad de campo.

La primera vez que vine lo hice con Helena. Ella enseguida quiso comprobar todas las caras de aquél cilindro, y bajó las escaleras de nuestro andén que daban a un pasillo circular que rodeaba las diez vías. Este pasillo parecía curvarse a cada paso para respetar la gravedad del que pasea por él y, sin embargo, es evidente que es completamente curvo y circular. A veinte pasos en cualquier dirección, unas escaleras conducen a cada uno de los andenes, separados 36 grados en el cilindro principal. Lo único que hice yo fue quedarme embobado mirándola mientras ella recorría cada uno de los andenes, sonriendo y asombrándose por todo.

Los andenes se extendían en la misma dirección en que veníamos y seguían más allá del momento en que la vía se curvaba para volver a la horizontal del suelo. Seguían, de hecho, más allá de la distancia a la que se encontraba la cúpula de la superestructura visible sobre las planicies de Llerinia. El pasillo disponía, lo sabía bien, de más de ocho kilómetros en línea recta y cruzaba siete Terminales de Acople del Multiverso antes de acabar en un andén similar al suyo. Por supuesto, había pequeñas pasarelas cada pocos cientos de metros que te ayudaban acortando casi todo el camino. Estas pasarelas actuaban como pórticos alargados formando galerías bien iluminadas y curvaban el espacio de tal forma que podías avanzar grandes distancias sin apenas moverte.

Supuse desde el principio que era el modo en que la Terminal funcionaba. Puertas que unían puertas. Puertas por las que se podía salir de un mundo y entrar en otro. Entrar de lleno a practicar costumbres absurdas para mí a través de cada una de estas aberturas.

«No, de eso ni hablar»

Me puse el sombrero, llamé la atención a los niños para que mantuviesen el orden y me dispuse a explicarles los peligros de salir del universo.

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