Los rasgos de la enfermedad

Paso mis dedos por la superficie de piel sobre la que había crecido la larga melena de la pequeña Ángela. De mi pequeña. Un año antes, con tan solo ocho añitos, ya vivía por y para su pelo.

Duro, brillante y gris, diferente al del resto de las niñas de su edad, fue lo primero que nos indicó que algo no estaba bien con la pequeña. Pero era lo que ella más valoraba del mundo.

rasgos de la enfermedad

El primer afeitado de todos, consejo de la psicóloga infantil, nos dio como resultado una superficie áspera y seca. Llena de pequeños puntitos blancos que raspaban y donde los pañuelos de algodón se enganchaban cuando se los anudaba.

Ahora, nada se opone al avance de mis dedos por la cabecita de Ángela. El poco pelo que brota crece tan débil que no opone la mínima fricción. Hace unas semanas que no se afeita, y la larga melena dura y blanca nunca volverá a crecer con la fuerza con la que lo hizo en su momento.

La recuerdo llorar a lo largo del primer día, cuando tuvo que interiorizar lo que supondría el hospital para ella. No le importaban las largas semanas ingresada o el no poder ver a sus amiguitos en el colegio. Le preocupaba, ante todo, su larga melena blanca.

—Soy la Blanca Nieves de verdad—solía insistir tiempo antes de que supiésemos que la enfermedad la devoraba por dentro.

—Claro, amor.

—Pero sin manzana. Soy Blanca Nieves, pero sin manzana, ¿vale?—Y miraba con aquellos enormes ojos blanquecinos por la enfermedad que la consumía por dentro.

—Vale, cariño. Nada de manzanas.

Todavía hoy, casi seis meses después de aquello, era capaz de abrir los ojos ojerosos y sonreír cuando alguien venía a visitarla. Incluso hablaba durante algunos minutos al día. Especialmente sobre todas aquellas cosas que haría cuando saliese y se pusiese buena. Ángela era una luchadora, y nunca había perdido la esperanza de curarse.

La psicóloga se encuentra hoy al otro lado de la cama, y sostiene la mano derecha de mi pequeña. Debe de ser muy complicado no implicarse de manera emocional con tus pacientes, en especial aquellos que solo dibujan unicornios y soles, y cuyas sonrisas pueden iluminar cualquier estancia. No me imagino lo que debe ser ver irse a un niño tras otro. Ocupar una habitación cada pocos meses solo para observar cómo se despiden y cómo otro pequeño se instala en su cama.

Ella también está llorando, al igual que el enfermero que nos acompaña desde hace un par de horas, aunque él trata de evitarlo y ocultar sus lágrimas. Mientras, la máquina sigue reflejando el latido débil de Ángela, al igual que lo hizo con su madre hace tantos años.

De vez en cuando, abre los ojos y sonríe con ellos, sin decir nada. Luego, vuelve a cerrarlos y a caer en un profundo sueño, fruto del cansancio de la enfermedad y del tratamiento. Pero este ya ha sido suspendido hace tiempo. No sirve de nada envenenar un cuerpo enfermo si el veneno no disminuye su dolencia.

Sus brazos finos muestran las señales donde cada día los medicamentos y alimentos han entrado en su sistema. Hace demasiado que Ángela no logra comer algo sólido, al igual que su padre. Aunque, como ella dice con la voz que he empezado a olvidar, «mejor comida en líquido que manzanas, ¿vale?».

—Vale, nada de manzanas—le aseguro de vez en cuando, al veo que se revuelve en la cama—. Eres la Blanca Nieves de verdad, pero nada de manzanas.

Esta vez no ayuda. Mis palabras no llegan a salir de la boca, y su pecho deja de subir y bajar. La máquina hace días que ha dejado de emitir ese desagradable pitido que tuvimos que desconectar. Sin embargo, ahora la línea verde vocifera con total nitidez aun a pesar de mis ojos llenos de lágrimas.

A diferencia del cuento, no ha habido manzana o urna de cristal, ni enanos ni brujas. La verdadera Blanca Nieves ha respirado por última vez, y no hay beso que la haga despertar de nuevo.

  • Gladys Lynn

    Uno de los relatos más triste que has escrito. ?

    • Marcos Martinez

      Completamente de acuerdo, Gladys. Se trata de una enfermedad muy seria de la que por suerte sobreviven el 75% de los niños y niñas =)