Ludo ha llegado

Cartel «Ludo ha llegado»

Ludo es paciente

Nos observa desde arriba mientras nos despertamos para la caza, orbitando sobre nosotros. Me levanto al tiempo que mis temores lo hacen y despierto a Kili con un golpe de vara. Es lo que podríamos llamar mi segundo al mando, siempre que él acepte esa responsabilidad. Luego, hago lo propio con el resto del equipo. No es necesario mirar al cielo para comprobar que Ludo nos está mirando ya. Lo hace una vez cada dos días, enseñándonos su cara sin rostro. Ludo es paciente, lo ha sido desde que llegó.

Una vez despierta toda la partida de caza, descendemos por el edificio a medio construir en lo que el sol se levanta sobre el horizonte. Aún no ha terminado de despuntar cuando alcanzamos la mitad de la torre.

Vivimos arriba, en el piso setenta y dos, justo bajo la azotea. La escalera desciende por las terrazas donde cultivamos plantas de temporada, y saludamos a todo vecino con el que nos encontramos. Los cazadores madrugamos más que muchos, pero no tanto como los agricultores, que aprovechan el clima fresco de la madrugada para poder trabajar.

En el edificio no hay puertas, tan solo la silenciosa armadura del inmueble que nunca llegó a terminarse. Solo en el piso que habitamos los pocos cientos de personas construimos en su momento las improvisadas paredes de ladrillo que aún hoy nos resguardan de la naturaleza. Meras paredes que evitan que el viento nos mate de pulmonía, algo que no siempre hemos podido evitar.

Aquí y allá, las escaleras desgastadas han sido sustituidas por tablas o planchas de metal. Existe un ascensor sencillo, una pequeña cesta tejida en mimbre y alambre metálico, que solo usamos para elevar la carga que conseguimos cazar. Por seguridad, las personas subimos y bajamos por las escaleras, que caminamos todos y cada uno de los pisos al descender al nivel de calle.

La mayoría de la población no baja más de un par de veces al mes. Los cazadores lo hacemos a diario, y nuestras piernas se resienten por ello. Cualquiera puede identificar a los miembros de mi equipo tan solo observando sus gemelos.

Llegamos al sótano del edificio y caminamos sobre las losas que evitan el fino charco formado por agua de lluvia. Claramente, no potable. Para regar y beber, instalamos recolectores de agua de lluvia y rocío en la cima de la torre hace años, desviando algunas de las tuberías del edificio que ya habían sido colocadas cuando llegamos aquí.

Salimos de la torre por la salida de vehículos norte y caminamos hacia el este, hacia los pastos y el río.

Miro por primera vez en el día hacia arriba, y veo a Ludo asomar por el edificio que se encuentra a nuestra derecha. La luna asciende desde abajo, y le alcanzará en un par de horas en su arco. Ludo es silencioso, y nos observa en su característico mutismo un día más. Y todos y cada uno desde su llegada.

A diferencia de la Luna, Ludo es algo más pequeño y está un poco más alejado. En el cielo, junto al satélite natural, da la impresión de ser una fracción de su diámetro. Sobre la Luna, son la ayuda de un telescopio, pueden observarse distintas tonalidades, debidas a los cráteres y a valles. Ludo, además de ser mudo, carece del rostro que cualquier planetoide tendría. Ludo nos observa con su cara lisa y de un solo color casi negro. El satélite artificial destaca en el cielo por una fina franja de luz solar iluminando su esférica superficie.

Dejo en paz a nuestro vecino y me centro en la tarea de hoy. Siempre se debe a la tarea del día en cuestión, y me rio al pensar que –en su momento- creíamos vivir al día. Hoy, si no cazamos, no comeremos. Esa es nuestra preocupación.

Durante toda la mañana, bajamos por el río hasta la planicie, y barremos el área rodeada por las autopistas ahora comidas por la vegetación. Conseguimos cazar algunas piezas. Tres conejos y un pequeño cervatillo de unos meses de edad. Nada comparado con la caza de hace algunos años. O bien hay más humanos en las inmediaciones, o bien tenemos que plantearnos ir a otras tierras para cazar. Volvernos nómadas.

Hoy no hemos encontrado otros grupos de humanos. Son pocas las ocasiones en las que ocurre, y entonces soy yo el que tiene que decidir qué hacer. Por lo general, ambos grupos retrocedemos y abandonamos la zona por miedo al otro. De vez en cuando, uno de ellos levanta las manos, deja todas sus armas, y se acerca a nosotros. Entonces hablamos, reímos e intercambiamos historias estúpidas de tiempos que imaginamos mejores. Luego hablamos de comercio y terminamos por despedirnos sin que haya altercados. Nadie quiere ir a casa con un corte infectado.

Tampoco he tenido que amonestar a ninguno de mis chicos por su comportamiento, lo que parece todo un récord. A mediodía, mientras ellos se juntan y alardean de sus pequeñas y ridículas presas, yo les observo desde una roca cercana. Les evalúo a diario, trazando un mapa mental de sus habilidades. Cada vez es más evidente que son idiotas, claro, pero siempre trato de relacionar su comportamiento con el que yo tuve a su edad. Desde esta perspectiva, son increíblemente maduros, y me superan con creces.

Ya no estamos solos

No había cumplido los veinte años cuando Ludo nos hizo la visita de la que no nos hemos podido desprender en los otros veinte que han transcurrido desde que nos acompaña. Tras varias semanas de observación del nuevo asteroide del Sistema Solar por parte de algunos gobiernos, la llegada de Ludo se filtró a la prensa, y de ahí a los corazones temerosos de todo el planeta.

Catalogado como MPC-2087 BA, Ludo viajaba a toda velocidad que parecía que golpearía de lleno a Marte. Como si de una trayectoria milenaria se tratase, el asteroide se dirigía justo hacia el cuarto planeta del Sistema Solar. En cinco semanas, impactaría.

El pánico cundió cuando los científicos empezaron a lanzar teorías sobre lo que ocurriría después. Cada una de ellas constaba de una decena de subdivisiones y realidades que podrían llegar a ocurrir. Ninguna de ellas se cumplió en ningún momento.

Había una rama que decía que la Tierra se saldría de su órbita, y bien poco importaba el por qué. Tanto si Marte era pulverizado como si el golpe lo lanzaba al vacío del espacio exterior, la Tierra empezaría a comportarse de un modo extraño y se alejaría del Sol en unos años. Helándose.

Otra teoría manifestaba que la vida en la Tierra dejaría de existir, dado que el impacto contra Marte lo convertiría en millones de millones de roca fundida, arrojada al Sistema Solar. De manera ocasional, nuestro planeta acabaría cubierto de roca marciana. En cualquier caso, todas aseguraban que el planeta rojo no sería nunca nuestro destino de viaje. Algo que no está tan claro hoy en día.

Dos semanas de pánico en las redes nos transportaron a muchas más preguntas y a teorías aún más descabelladas. El objeto ya era visible y medible por los telescopios de medio mundo, y detectaron un comportamiento errático. El asteroide estaba girando fuera de su movimiento de caída libre. Además, había empezado a decelerar. Unos días después, cuando el objeto volvió a comportarse como lo haría cualquier cuerpo en el espacio, la humanidad al completo se volvió loca.

Nosotros éramos su objetivo, y el caos se hizo global. Los estados comenzaron a cerrar sus fronteras y a establecer la ley marcial. Aun así, las protestas se sucedían en las calles a diario, el suministro de alimentos era imposible de mantener y se anunciaron las primeras guerras civiles.

Nadie sabía lo que había dentro del asteroide, pero «algo» lo había hecho cambiar de curso y frenar. Ese algo era inteligente. Ya no estábamos solos.

Ludo ha llegado

La maniobra del objeto fue llamada ludaniana por un periodista cuyo nombre o nacionalidad hemos olvidado todos los que tuvimos acceso a los medios en aquellos días. Hacía referencia al carácter juguetón del asteroide y, como todo aquello morboso e inapropiado, cuajó entre la población.

Ludo era ahora visible desde muchos telescopios particulares, y se convirtió durante meses en el único tema a tratar en noticieros y grupos. Tenía un diámetro de 2.900 km y parecía tratarse de una esfera perfecta. O bien no tenía ni una muesca, o bien giraba sobre sí mismo a una velocidad enorme.

Durante los siguientes meses, el pánico empezó a disolverse, y una fuerza pacificadora global trató de volver a levantar gobiernos y deshacer las enemistades ganadas en pocas semanas. El suministro de comida volvió con un racionado en casi todos los países occidentales. Poco a poco, con la llegada de Ludo, la vida empezó a parecerse a aquella que habíamos dejado atrás. Incluso se nos asignó un trabajo a cada uno para la restauración de las ciudades.

A mí se me llevó a Tampa, Florida, donde el nuevo gobierno estaba tomando forma en los Estados Unidos. Los estados del sur se convirtieron en semanas en el lugar donde los refugiados iban llegando. Con una población diezmada, no había ningún sentido en mantener todo el país funcionando. Texas, Luisiana, Alabama y Florida fueron las áreas con más traslados.

Mi trabajo era sencillo. Era joven, y me encargaba de aquello que personas de más edad eran incapaces de hacer. Movía rocas de un lado a otro. Picaba bloques de hormigón y los trasladaba a un camión cercano, que los enviaba a algún sitio indeterminado más al norte. Era fácil, me mantenía ocupado, y me daban una comida. Durante los meses en que Ludo se aproximó, no me preocupé de nada más.

El 7 de septiembre de 2088, Ludo terminó su última maniobra, y se colocó en una órbita tras la Luna, girando sobre la Tierra a la mitad de velocidad que nuestro satélite. Sin embargo, ninguna muesca se apreciaba en la cara de póker del planetoide.

Ludo ha llegado.

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