Malos hábitos

No recordaba cómo era. Por supuesto, tenía recuerdos de aquél momento. Sentimientos fugaces extendiéndose desde el brazo al resto del cuerpo, surgiendo de sus manos y yendo a parar al resto del universo. Recordaba las largas tardes condensadas en varios flashes con aquellas mismas personas. Cuando por fin había salido de aquél mundo, casi cinco años antes, no pensó que volviese a entrar en sus venas. Tensó la goma que atenazaba su brazo y clavó la jeringa en la vena al descubierto.

Malos hábitos

Mario salió dos días antes de la estación, en dirección a la improvisada oficina. Para ese momento, ya había decidido volver a los malos hábitos, a la droga extendiéndose por su cuerpo como un cáncer. Pero él aún no lo sabía. Su cerebro, que ya había decidido por él con el placer aún no le había informado de sus intenciones. Y por eso Mario vivía todavía entre las personas.

Saludó al portero y subió andando los cuatro pisos. Trataba de hacer una hora de ejercicios diarios, pero su limitante horario le obligaba a permanecer sentado demasiado tiempo al día. Él lo sabía, su cerebro también, y el impulso de dejarlo todo crecía cada vez que lo recordaba. Poco a poco, el vaso de la paciencia empezaba a desestabilizarse.

A diferencia de lo que muchos deciden creer, el vaso de la paciencia no se colma cuando la última gota rebasa el borde. En su lugar, basta con llenarlo hasta un poco menos de la mitad para que las olas y tormentas generadas dentro de la mente de una persona precipiten esta hacia el suelo. El vaso cae de la mesa, y se rompe, impactando, en mil pedazos. Ese es el problema con los nervios, en especial los que no se tienen. Que son fáciles de despedazar.

Ese era el problema de Mario, al borde de la mesa. Sus gafas reposaban sobre una creciente pila de informes y su cabeza empezaba a divagar con lo que sería salir de allí. Tan solo bastaba un pequeño empujón, y este resonó en la bandeja de entrada con su zumbido característico. A mitad del email Mario no estalló. Al menos, no por fuera.

Por dentro, un mar de cristales rotos arañaba su interior, crujiendo como hace el hielo de un glaciar, expandiéndose y haciéndolo sangrar. Mario se levantó de su puesto, cogió el ascensor y cruzó Barcelona. Sacó dinero en efectivo de un cajero y acudió al lugar donde sabía que estarían. Se encontró con alguno de sus antiguos conocidos, que lo reconocieron de inmediato. Se alegraron de volver a tenerlo entre ellos, y le invitaron a pasar.

Olía a heces y vómito, pero Mario sabía que el olor pronto desaparecería. Le habían proporcionado, previo pago, el estuche marca de la casa. Se sentó sobre un colchón sucio y abrió el paquete. La aguja brilló incluso por encima de la penumbra reinante y, con movimientos calmados pero entrenados, Mario acabó por hacer pasar la aguja al interior de su brazo. El mal olor desapareció junto con la presión del trabajo.

Todos sus problemas se escurrieron por las mismas venas por las que corría el veneno de sus malos hábitos.

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