Mamá ya no está.

Luego, recordó que ella había muerto dos años antes. El brazo regresó bajo la manta, junto al resto de las lágrimas. Durante el resto de la noche no fue capaz de dormir ni descansar, interrumpido como estaba por la figura de a quien ya no vería más.

Cada pocos minutos, el recuerdo de lo ocurrido se desdibujaba lo suficiente en su imaginación como para sonreír. Sonreírle a ella, quien lo había arriesgado todo por él. Segundos tranquilos en los que ella volvía a calentar la cama y a reír de sus bobadas y de sus mordiscos juguetones aquí y allí sobre la piel.

Mamá ya no está

Durante un breve espacio de tiempo, ella estaba aún viva. Aquél coche dejaba de existir para traer de nuevo la felicidad a su vida. A él le despertaba el olor a quemado de las tostadas que ella había sido incapaz de recordar en la tostadora, y bajaba corriendo a ayudarla. Se reían, ella se disculpaba y él la perdonaba a sabiendas de que ese era su trabajo, no el de ella. Jugaban un rato más, y el teléfono de ella sonaba. Trabajo, como cada mañana, marcando la hora en la que se despedían hasta bien entrada la noche.

Pero él se giraba y volvía a caer en el espacio que ella debería ocupar en la cama, ahora frío, y los sentimientos volvían a surgir. Terror de que ella no estuviese aquí para cuidarle, pánico a no poder escucharla de nuevo, miedo de volverse loco sin su apoyo.

—Papá—susurró una voz desde el pasillo con el agudo que solo puede provenir de una garganta corta, más pequeña, de poca edad.

Daniel retiró la sábana de la cara y miró hacia la puerta de la habitación. Esta se encontraba abierta, y la figura junto a la cama repetía la palaba mágica una y otra vez. «Papá… papá… papá…».

—Ya voy, melón—dijo Daniel, alargando los brazos rápidamente y recogiendo a su pequeña en un abrazo para arrastrarla con él a la cama.

Ella reía con las cosquillas del brazo izquierdo mientras con el derecho él trataba de retirar las lágrimas de su cara. La pequeña se retorcía de risa sobre el colchón hasta que paró el juego.

—¿Desayunamos?—Daniel se esforzaba en que cada palabra dirigida a su hijastra fuese entonada con todo el amor y cariño posible. Era lo único que le quedaba de ella, a diferencia de la hipoteca que habían decidido compartir y de la que apenas sí podía hacerse cargo sin la ayuda de los cuatro abuelos.

María asintió con su pequeña cabecita, y sonrió con una boca carente de paletos. Salió corriendo hacia la cocina mientras Daniel se vestía con una bata, dejándose el calzoncillo y la camiseta con la que había dormido debajo. «Es domingo, me lo merezco» pensó antes de darse cuenta de que hoy también tenía que trabajar. Suspiró y entró en la cocina.

Allí, su hija ya había conseguido tirar un par de cereales al suelo y estaba a punto de derramar la leche por el suelo. Daniel corrió, riendo, y quitó el cartón de leche a la pequeña. Separó el contenido del bol en dos, y echó unos pocos cereales más en cada uno. Luego, le dio una cuchara a María y la sentó en el sofá mientras limpiaba el estropicio de la pequeña y olvidaba su propio desayuno.

—¿Sabías que has heredado la mano de tu madre en la cocina, pequeña bastarda?

La pequeña sonrió ante el violento apelativo cariñoso, se metió una cucharada enorme en la boca que masticó con ojos de felicidad.

—Sí…—suspiró Daniel—ella no tenía ni idea ni de cómo freír un huevo, y parece que la maldición que afecta a la familia se ha transmitido a otra generación. ¡Oh, Dios mío!—gesticuló echando las manos al cielo y poniéndose de rodillas—¿Qué voy a hacer con ella? ¡Morirá de hambre cuando yo no esté!

María se rio, dejó el bol en la mesita frente a la tele apagada y corrió hacia su padrastro, a quien se subió de un salto. Con un susurro de voz, dijo:

—Pues enséñame a cocinar, ¿no?

Y puso la misma cara que solía poner ella, echando los ojos hacia atrás y poniéndolos en blanco, acompañados con un leve gesto de negación y la mano derecha levantada. Era su viva imagen, cada año más y más parecida a ella. Solo en la boca la pequeña había sacado un leve parecido con su padre, el Señor Gil, un hombre realmente agradable al que Daniel había dado todos los permisos para visitarles cuando quisiese, aunque hubiese renunciado a su hija cuando la tuvo, y a quien la pequeña aún llamaba tío Gil.

—Bueno, eso tiene fácil solución. Puedo enseñarte a cocinar, pero te llevará décadas adquirir la maestría con la que papá arroja la verdura casi hasta el techo.

—¡Casi hasta el techo, María, casi hasta el techo!—gritó la pequeña, imitando a su padre cuando cocinaba, señalando con su pequeño índice la lámpara.

—Perfecto, entonces. Hoy cocinaremos tú y yo. Anda, termínate el desayuno. Yo voy a limpiar la casa mientras tú te lavas los dientes y recoges tu cuarto. Luego, trabajaré un par de horas más…—dijo mirando el reloj—, y en ese tiempo puedes leer o hacer los deberes que te queden. Algo me dice que no has terminado las láminas que la seño te ha puesto para este fin de semana. ¿Te viene bien quedar en la cocina sobre la una para aprender a cocinar, aunque seas un desastre?

María asintió con la cara de su madre, mostrando el hueco entre ambos paletos, y corrió con su forma de levantar las piernas a apuntar la cita en el calendario de pared. Daniel suspiró. Incluso la letra pronto se parecería a la de ella. Agitó la cabeza y empezó a limpiar la cocina.

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