Menos que un humano

—¡Porque no eres humano, por eso!—respondió furioso Gavrell, apartándose del lagnate.

Avanzó hasta el otro lado de la habitación, de cara al ventanal que mostraba la bahía. Fuera, el tiempo era el mismo que cada día sin tormenta: un apacible y cálido día con humedad alta y vientos suaves.

Menos que un humano

Con otro pensamiento, esta vez consciente, retrajo el panel meteorológico sobreimpreso sobre el vidrio, y respiró hondo.

—Lo siento, Doce—admitió con un soplo de voz.

El lagnate le observó desde la silla donde llevaba un rato sentado, y giró la cabeza ligeramente, al igual que hacen algunos animales cuando denotan un pensamiento profundo. Cruzó los delgados brazos sobre la mesa, y preguntó:

—¿Qué es lo que sientes, Gavrell? ¿Haberme gritado o mantener la idea de que soy inferior?

Gavrell se quedó en silencio, tratando de buscar la respuesta a esa pregunta. Sin darle tiempo a reaccionar, Doce se levantó, colocó la silla en su sitio, y abrió la puerta de la habitación. Se giró una última vez hacia su amigo, mostrando las bandas visoras verticales en el centro de su inexpresivo rostro metalizado. Luego, salió al pasillo.

Junto a la ventana, Gavrell dejó escapar una lágrima. Estaba furioso consigo mismo por pensar como lo hacía y enfadado con Doce por hacerle sentir así. La situación era injusta, pero habían sido amigos desde hacía tres años. Abandonó la cristalera y salió corriendo al pasillo.

Dio alcance a Doce en la playa. Se encontraba sentado, con los apéndices doblados como un humano doblaría codos y rodillas. El reflejo de un sol bajo se reflejaba en toda su estructura plateada. Gavrell se sentó a su lado, sin decir nada. Sabía que cualquier pensamiento que expresase sería duramente rebatido por su compañero. En parte, ese tipo de discusiones es lo que le habían atraído de él en un inicio. Guardó silencio.

—«‘No eres más que un procesador atrapado en una caja de lata’, resopló con aires de superioridad, sin percatarse de que su propio cerebro estaba atrapado en una bóveda de oscuridad»—vocalizó Doce en voz baja, y esperó a que Gavrell le preguntase qué era aquello—. Es un fragmento de un libro antiguo. Nació con una pequeña frase en una red social, pero el autor consideró importante explorar todas las facetas de aquella oración. Hace referencia a una conversación parecida a la que hemos mantenido, entre un humano no alterado y un cerebro positrónico.

Gavrell observaba con atención. Le maravillaba la cultura que Doce poseía en sus bases de datos, y en ocasiones se había preguntado si el lagnate no se lo estaría inventando todo sobre la marcha.

—En la conversación, el humano establece que el robot (una antigua palabra para protoversiones de lagnate), debe ser menos que él. A fin de cuentas, él ha nacido y es biológico. Critica al ser robótico, que está hecho de metal, porque solo es un procesador encerrado entre paredes. Como en una lata. Sin embargo, no es capaz de ver que su propio cerebro, ese al que tanto admira y estima, solo es un pedazo de masa biológica atrapada en una bóveda de hueso. Ciega. La única diferencia entre ambos es el material de que están constituidos.

Ambos se quedaron observando cómo caía el sol hacia el océano durante varios minutos, hasta que Gavrell rompió el silencio.

—¿Qué es una red social?

—Una estructura básica de intercambio de archivos entre personas. Se usaban bastante en la Edad Estúpida.

—Y, ¿para qué vale una red social? ¿Qué es lo que se puede hacer con ella?—preguntó Gavrell.

—¿Quieres saber su propósito hacia la galería o el uso que le daba la gente en realidad?

—¿No era el mismo? ¿No era usada para lo que fue hecha?

—En absoluto—estableció Doce—. Lo cierto es que la gente llegó a usarlas de un modo egoísta y pragmático, muy diferente a la idea de la que fueron concebidas.

—Entonces, me gustaría ambas versiones, si me las explicas tú—Gavrell sonreía al rostro impasible de su compañero, quien asintió de un modo leve, indicando su conformidad.

—Las redes sociales se vendían como un entorno de socialización, un espacio donde crecer como comunidad. Pero acabaron convirtiéndose en escaparates virtuales de pseudos grandificados. La gente los empezó a usar para convencer a otros de que merecía la pena invertir en ellos. Invertir tiempo, amistad, amor, dinero—Doce observó la cara de Gavrell—. ¡Oh, sí! El dinero era una herramienta de intercambio justo de bienes.

—Y ese tipo, el de la frase de la bóveda de oscuridad. ¿Consiguió vender su sentencia a alguien a cambio de dinero?

—En absoluto—rio Doce, emitiendo un pulso casi subsónico que sacudió su carcasa—, fue un completo fracaso que apenas sí importó a nadie. Pero no es de extrañar, ya que muchos mensajes en las redes sociales acababan por hundirse hasta el fondo de Internet.

De nuevo, Gavrell se encontraba perdido ante las explicaciones de su amigo. Doce aclaró:

—Internet fue la red básica sobre la que se creó la primera tecnología del Nexo. Se desechó casi cuando fue inventada, por su baja seguridad. Además, carecía del ancho suficiente para transmitir el flujo de consciencia.

Gavrell asintió mientras el sol tocaba el mar en el horizonte. Extendió su mano y tocó el flagelo izquierdo de Doce, sosteniéndolo mientras el astro se hundía en el océano.

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