Menudo asco de apocalipsis

Lo que nadie cuenta del apocalipsis es la parada en seco de la libido al encuentro con el sarro de la boca ajena, poco higiénica y pestilente. No recuerdo ninguna de las antiguas películas o libros en los que los protagonistas sintiesen asco al acostarse juntos, o que tratase el mal olor y la enfermedad generalizada.

menudo asco de apocalipsis

Hollywood nos mostró que, incluso años después de que el mundo hubiese acabado, encontrar el marido ideal era posible. Atractivo en todos los aspectos y con un código de honor que le había permitido seguir vivo, nos estaría esperando a todas para reconquistar el mundo.

Salgo fuera de la tienda y respiro el agradable aroma del mar, que amortigua el olor que yo misma destilo. Hemos vuelto al momento en que muchos de nosotros morimos por un catarro. Ya no sabemos cómo combatirlo con remedios naturales, y los medicamentos se agotaron hace diez años. Somos una especie en peligro de extinción con una higiene cuestionable.

«Bienvenidos a la edad de las cavernas» pienso.

Recuerdo las gatas que me hacían compañía en mis largas noches de estudio, antes de que el mundo enloqueciese. Se lamían a sí mismas y la una a la otra para lavarse, un comportamiento que he observado en otros mamíferos antes de que les demos caza. Como los ciervos, por ejemplo. Sin embargo, no me imagino pasando la lengua por el cuerpo de otro de mi especie para lavarle. Qué asco.

Arrugo la nariz con el pensamiento martirizando mis papilas y me acerco a la orilla de roca. Me quito las prendas y las dejo sobre una piedra grande. Luego, me zambullo en la masa de agua lanzándome de cabeza, y notando el frio entrar en mi cuerpo. El oleaje es nulo por la mañana, y puedo nadar tranquila sin ser molestada por nada más que algún pez ocasional que se hubiese perdido con la anterior marea alta.

Cuando acabo de relajarme, froto cada parte de mi cuerpo y me lavo lo mejor que puedo con ayuda de poco más que mis manos. Hace tiempo disponíamos de varias piedras de baño pero, como todo, acabaron por desaparecer. Me enjuago la boca cinco veces en el agua salada antes de salir y secarme al sol de la mañana. Sigo disconforme, y me hubiese gustado volver a lavármela.

Hace frío, mucho. Pero contra todo pronóstico, alguien acostumbrada a poner la calefacción a máxima potencia y colocarse siempre junto a los radiadores puede adaptarse al frio del apocalipsis con bastante éxito.

Observo más allá de la bahía, hacia el antiguo puerto y ciudad situado al otro lado de la mancha de agua que forma la bahía. Muchos edificios siguen ahí tras los terremotos que sacudieron el planeta entero, pero la mayor parte de las ciudades son infranqueables. Masas de hormigón deforme de tiempos mejores en la que los pocos objetos rescatables fueron usados hace demasiado. Tiempo en el que aún existía la pasta de dientes, pienso mientras me paso la lengua por los paletos y la chasqueo. Odio el olor de casi todos lo que me rodean, inclusive el mío.

Me visto con el pelo aún mojado y lo escurro lo mejor que puedo. Me observo las puntas. El mar lo ha clareado con los años. Vuelvo al campamento y encuentro a muchos ya despiertos. Les sonrío con el pañuelo sobre la cara y maldigo su falta de cuidado.

Ya sé que es el apocalipsis y que no podemos ocultarnos tras el desodorante. Pero, ¿no podrían al menos enjuagarse?

  • Kéllyta Quijada Salas

    No sé, eso de bañarse en el mar no me hace confiar mucho en tu no-pestilencia.

    • jejeje Cierto, Kéllyta, aunque hay aguas más limpias que otras. Tomé la idea de una vez que me bañé en una bahía de roca (nada de tierra) cerca de Cabo Norte, Noruega. El agua contenía sal, y nada más. Ni algas, ni tierra, ni otros elementos en suspensión que luego se hubiesen podrido.

      Muchas gracias por el comentario, aunque sea de incredulidad 😛