Miedo

Había dejado en la mesa una infusión de hierbas calmantes para poder relajarse durante la entrevista. Aunque por el demacrado rostro y el pelo raro y parcialmente arrancado, la tensión no parecía con tendencia a disminuir. El diálogo se realizaría a través de un cristal blindado a petición de ella, quien se manifestaba incapaz de fiarse del entrevistador.

Él se sentaba frente a ella, a una distancia prudencial de cuatro metros, y con el vidrio como mediana. Disponía, además, de un cuaderno de notas, de una cámara apuntándose a sí mismo y de otra que la recogía a ella. Ambas apagadas.

La entrevista empezó con él carraspeando. Debido al trastorno psicológico que sufría la paciente, un grupo de psicólogos le había pedido que comenzase con un comportamiento no verbal al inicio de la entrevista. Esto ayudaría a que la víctima no se sintiese más nerviosa de lo que ya estaba. Suspiró varias veces y cambió unas pocas más de postura antes de dirigir la mirada contra el cristal. Hacia donde ella estaba sentada.

miedo

—Buenos días, me llamo Esteban y, como bien sabe, me gustaría poder grabar la entrevista si a usted le parece bien.

Aunque lo cierto era que él ya disponía de los permisos necesarios otorgados por la paciente, el hecho de que ella volviese a decirle que sí mientras le miraba a los ojos consiguió que en cierto modo se relajase. Ella asintió varias veces.

—Muy bien, voy a encenderlas…—Se levantó y conectó primero la cámara que la enfocaba a ella. Luego, dio un par de pasos para conectar su propia cámara.—Perfecto, esto ya está. Si quieres, puedes activar el micrófono que te han dejado. Solo si quieres.

Ella aceptó de nuevo. Recogió el micrófono de la mesa y, bajo las instrucciones del entrevistador, se lo colocó en la camiseta mediante una pinza. Durante todo el proceso hasta el encendido del micro, tembló.

—Está asustada. ¿De mí?—Abrió el entrevistador para romper el hielo.

—De todos, supongo.

—Me han dicho que no le diga cosas como que no debe temerme. Ya sabe, los psicólogos esos que están obsesionados con su caso.—Apuntó con un gesto de pulgar hacia la puerta.

—¿Como usted?—preguntó ella, sujetando la taza caliente.

—Sí, en parte. Aunque supongo que yo solo estoy interesado en la medida que esto ayude a entender su caso a otros médicos como ellos. Extender la información, llevarla más lejos. Vengo de grabar cómo se hacen galletas en una iglesia no muy lejos de aquí, de modo que no es que tenga especial interés en determinar qué es lo que hace usted aquí, y sí en dar a entender precisamente eso a otras personas. Los que vean esta cinta sí que querrán saberlo. Podrá contar todo aquello que quiera, y no está obligada a contestar a nada.

Hizo una pausa mientras movía un par de papeles para que ella interiorizase la información, aunque ya se habían carteado previamente por email. Ella llevaba meses comunicándose a través de correos electrónicos no solo con sus conocidos, sino también con los médicos que la trataban. Sostenía una profunda aversión a la gente, y estar sentado frente a la paciente resultaba todo un honor para el entrevistador, y un reto por parte de ella.

—Lo sé. He leído el comunicado—dijo ella—. ¿Qué es lo que quiere preguntar?

—Tengo un guion—agregó el entrevistador, zarandeando una serie de folios en la mano—. Aunque tiene un orden, supongo que podemos empezar por donde usted quiera. Hay algunos puntos que los psicólogos quieren tocar de manera específica, pero igual es mejor que simplemente hablemos sobre ello en lugar de hacer preguntas focalizadas. Usted decide.—Sonrió.

—Focalicemos. La verdad es que me cuesta bastante pensar, y estoy muy nerciosa. Si me pregunta algo concreto, seré capaz de responder algo medianamente valioso.

—Perfecto, pues volvemos al guion. Por cierto, se esxpresa muy bien, he leído que era comunicadora. Algo así como lo que yo hago, pero frente a gente. Eso mola. Empezamos, ¿vale?— Él recibió un «sí» por parte de ella.—Dígame, ¿qué es a lo que más miedo tiene? Algo específico, que encumbre el TOP 10 del pánico.

Ella cruzó las piernas y dejó la taza sobre la mesa con un golpeteo de la base de la misma que indicaba su nerviosismo. Desde el otro lado del cristal, el entrevistador volvió a sonreír y levantó el pulgar para animarla.

—Es usted un buen tipo—afirmó ella—. Se ve a la legua, a pesar de que lo hayan preparado para esta entrevista, se entrevé que no es un tipo violento.

—Gracias, supongo—respondió él tras una breve pausa.

—Y, sin embargo, no podríamos mantener esta conversación sin ese cristal de seguridad. Le tengo miedo a usted.

El entrevistador se enderezó sobre la silla y levantó las cejas, sorprendido por la sinceridad.

—¿Me tiene miedo a mí porque estoy aquí, ahora? ¿Teme que le haga daño?

—Temo lo que podría hacerme si se propusiese hacerme daño.

—Entiendo. ¿Y eso es ahora mismo lo que más pánico le da?

—Sí—respondió ella, asintiendo con la cabeza y soltando una carcajada nerviosa—. Sé que le parecerá absurdo y un poco loco.

—Un poco disparatado sí que suena, si le digo la verdad. Si hablase usted con mi mujer, ella probablemente se reiría de una situación en la que soy yo el que agrede a otro. Pero, ¿si yo no estuviese aquí…? O, en otras palabras, cuando está usted en su habitación, ¿qué es de lo que tiene miedo? ¿Siente miedo allí?

—Sí, bastante. No es el mismo miedo que siento ahora, desde luego no tan intenso.—Hizo una pausa, mordiéndose el labio. Esteban esperó al otro lado del cristal el tiempo suficiente como para que ella volviese a hablar. En otro tipo de entrevistas, ahora estaría pensando en cómo montar esta información, o qué fragmentos recortar. Sin embargo, no había garabateado ni una nota desde que había empezado a hablar.—Tengo miedo a que alguien entre por la puerta, supongo.

—Para ello, le han dado un ordenador y conexión a Internet directa a su cuarto, ¿no? Tengo entendido que es algo raro conceder este tipo de…—El entrevistador buscó la palabra apropiada— ¿privilegios?

—Sí, creo que nadie más tiene algo así. Pero es que yo no salgo de mi cuarto, nunca. Llevo meses sin hacerlo. Esta ha sido la primera vez, y ha sido muy difícil. Porque cualquiera podría…—Se tocó el abdomen, y quedó en silencio.

El entrevistador, al otro lado, inquirió:

—Cualquiera podría, ¿hacerle daño?

Ella asintió con la cabeza y, aun a pesar de los cuatro metros de separación, era obvio que varias lágrimas caían por su rostro.

—Supongo que el mayor miedo es saber que son exactamente igual que todos, ¿sabe? Los violentos. O que todos son exactamente así, violentos, pero lo ocultan comportándose bien, no dando rienda suelta a esa crueldad. El que no haya modo de identificar quién puede hacerte daño y separar a los que no…

—Por tanto, ¿tiene miedo de todo el mundo?—preguntó Esteban.

—Ahora que sé que no es necesario que sean de una forma específica, digamos que todos son potencialmente capaces de abrirme las tripas con un puñal un día cualquiera. Lo que más asusta de todo esto es que cambias unos miedos infantiles por otros más maduros, y estos ni siquiera eras capaz de imaginarlos. Porque, ¿qué ocurre si hay un nivel de miedo mayor aún y que no he descubierto todavía?—Hizo una pausa—¿Sabes estas ocasiones en las que, cuando has visto una película de terror, tienes miedo de quedarte a oscuras en tu casa, sola?

—Por supuesto—confesó el entrevistador—, creo que nos ha pasado a todos. ¿Eso es lo que llamas miedo infantil? Porque yo sigo teniendo ese tipo de miedo.—Esteban sonrió.

Ella contestó sin hacerlo.

—Entonces tiene usted suerte. Yo agradezco estremecerme por la forma en que la ropa ha caído sobre la silla en la oscuridad. Sé que he cerrado la puerta, y que dentro de mi cuarto no hay nadie. La adrenalina no se me dispara en absoluto. Pero, ¿sabe lo que me da realmente miedo?—volvió a hacer una pausa, llorando ahora abiertamente.—Salir a la calle cuando hay gente en ella. Caminar entre otras personas. Saber que no puedo distinguir a un loco de un cuerdo. Saber que van vestidos igual, que sonríen igual, que preguntan igual la hora. Saber que todos pueden tener una navaja pequeña en el bolsillo. Desconocer qué es lo que harán a continuación. No saber cuál de todos ellos es el que tiene ganas de volver a apuñalarme.