Mounir

El sabor de su propia sangre anega sus papilas, saturando su boca de icor de muerte y sufrimiento. Mounir se encuentra tirado en el suelo, y despierta por tercera vez en mitad de la paliza. Trata de levantarse, pero apenas sí es capaz de superar el dolor de seguir respirando. Cada pocos segundos, una bota impacta en algún lugar de su cuerpo. Ha perdido el norte, y hace minutos que no sabe dónde se encuentra. No sabe quiénes son los que le golpean, ni sabría decir su número. En la cabeza de Mounir solo palpita la palabra «¡Huye!».

Mounir

Aléjate, corre, vete de aquí, le grita su agónico cerebro. Pero él es incapaz de levantarse, y apenas sí puede controlar los estertores de tos que tratan de liberar de sangre sus vías respiratorias. Tiene cinco costillas rotas, además del fémur derecho, sobre el que varias personas cargan cada pocos segundos. Pero él no lo sabe. Cada batida es un pulso de dolor que lo inmoviliza y lo destroza por dentro, satura su sistema nervioso y clama por huir en oleadas de pánico.

No comprende qué hace en el suelo helado, ni por qué no tiene pantalones. No sabe quién es esa gente que le golpea hasta la muerte, y apenas es capaz de verlos. Una de las patadas le ha reventado el ojo izquierdo y la oreja está gravemente dañada. Apenas es consciente de lo que ocurre a su alrededor, salvo que sigue siendo golpeado con palos y botas. Desconoce que el olor a heces es propio. Vuelve a perder el conocimiento un par de veces más, y a despertar por el dolor infligido.

Al principio escuchaba insultos, pero ahora tan solo puede oír el grito ronco cerca de él, en alguna parte de su alrededor. Hacía lo que parecía siglos paseaba por las calles de aquella maravillosa ciudad que le había acogido. Ahora, las costillas se rompen en crujidos húmedos dentro de su cuerpo, y las lágrimas dejan de brotar, secas. Y la piel se abre, dejando salir la sangre y enseñando huesos rotos por todo su cuerpo.

Pasados unos minutos, es incapaz de saborear la sangre que anega el suelo y que le impregna. Solo quiere que acabe, y gime con cada envite de violencia con la brusquedad de las toses que ya no puede permitirse. No con los pulmones perforados. No con el frío destrozándolo por dentro.

Su último recuerdo es un sueño corto a lo largo de los logros de su vida, un flash. Se recuerda a sí mismo cruzando el mar salado y no potable, junto a los cientos de personas que no lo lograron. Recuerda los insultos y vejaciones antes de llegar a la ciudad, y los caminos por el campo hasta llegar a ella. Recuerda a sus profesores de alemán, y a las familias que le abrieron las puertas, el cariño y odio mostrado por aquél pueblo a partes iguales. Se recuerda eligiendo el amor, la paz y la paciencia. Se recuerda diciendo a Anna que conseguirá la paz si se mantiene firme, y que tan solo necesitan tiempo. Recuerda las sonrisas cómplices y los besos, su «sí» y la felicidad que ella trae a una vida de miseria. Conocerla a ella ha merecido todo lo demás.

El flash desaparece, y antes de morir Mounir solo escucha los gritos del amor de su vida, inmovilizada por dos personas con el rostro tapado, mientras otra decena lo mata a golpes con insultos al color de su piel. Para cuando el cuerpo de Mounir arde bajo las llamas de la gasolina y el olor de la carne chamuscada hace desmayarse a Anna, hace minutos que él ha dejado las calles de Berlín.

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