Muerte autocontenida: solo a ella

Muerte autocontenida solo a ella

«Cólera.
Canta, oh diosa, del escritor en pijama
ese tormento —¡que mal haya!—
que infligió a los lectores mil dolores,
y muchas almas de héroes esforzados
precipitó al Hades.»

Hoy le tocaba a ella, la de los elegantes tobillos, pensó, bajar a su infierno particular. Un Tántalo creado para la muerte de sus personajes, y donde ella insistía en ser capturada junto a los cientos que la precedieron, meros personajes de cuento. Esa era su condición, la de ella, impuesta sobre una segunda obligatoria:

—Debes matarme a mí, y solo a mí, con tus propias manos. Solo así te daré la voz que te falta—rogó en su crueldad ella, sabedora que el escritor asentiría. Atrapándole.

Él se echó las manos a la cabeza, y suspiró. Sus ojos estaban cansados, y él se sentía inusitadamente agotado aquella mañana. Mentiría si dijese que ella, en su capricho divino, le había mantenido toda la noche en vela. Había sido él, en sus juegos, quien había alargado la tortura que ahora manifestaba en martilleo sobre su sien.

Recién levantado, y luciendo una barba más que incipiente, apenas sí tenía fuerzas para escribir sobre nada que no estuviese viendo en su realidad inmediata. La imaginación estaba oscura hoy, y por eso observó con calma aquello que sí veía. Luego, se puso a escribir su propia historia en un fractal de realidades sobreimpresas, unas sobre otras. Aceptó el trato con la diosa de los elegantes tobillos, y tomó de ella la voz que le faltaba.

Estaba listo.

Delante de él, antes de las teclas, una taza de tubo descansaba con algo de café.

El primero de muchos, pensó, llevándose el líquido a la boca. Lo terminó a mitad del relato que empezaba, y que resultaba de una dificultad particular y caprichosa. No podía matarla, a ella no. Y, sin embargo, debía por el miedo a la flaqueza de su palabra futura, hacerlo con sus propias manos. Y así lo haré, morirá a manos mías.

Se retorció en el silencio de sus nuevas en las cadenas, atrapado en el Tártaro de soledad escrito por ella, encerrado de sus palabras. En la hoja, se inventó a sí mismo para resolver el problema formulado. Entre los puntos ‘matarla a ella’ y ‘usar sus propias manos’, un abismo de posibilidades otorgaban cierta flexibilidad. Él se escribió a sí mismo escribiendo, con la intención de que fuese él, y no él, quien la asesinase sin titubear.

Dentro del fractal, él se escribía a sí mismo, proyectando en el resto de niveles del universo creado sus palabras, dudando de si sería un personaje de quien no quiere asesinar a quien desea. No quería matarla en modo alguno, ni el personaje de su personaje, que era él mismo. A ella no, aunque se lo hubiese suplicado. A ella deseaba abrazarla y observarla, estudiar sus rasgos a vista de susurro, acariciar la comisura de sus labios con los de él, besar su cuello en el punto en que el estremecimiento nace, hacerse uno bajo una sábana. La diosa de elegantes tobillos, en su capricho, mutó su boca impedida de sonido como condición para el trabajo, forzándole a él.

fractales

—¡Asesíname! Quiero que me mates con tus propias manos.

Burla la diosa en su tormento de vez en cuando, alguna palabra para él, mostrando el peto brillante ante la oscuridad de la noche que no desea retirar de su persona. Torturándole. Amanece con palabras de ánimo, sí, pero a la vez de desesperanza. En su mutismo involuntario, ella juega con él como quien al juego del ratón sin queso. A observar cómo suplica en silencio por su voz.

Trata de provocarte, piensa el escritor, ignórala unas horas más. Tan solo unas horas. Aguanta…

Como si fuese fácil hacerlo, interrumpe el personaje sobre el papel, como si te fuese fácil no pensar el ella del modo en que lo haces. Como si no quisieses entrar en comunión con su mente, y seguir sus juegos, suplicar que no retire el reluciente peto todavía, fruto del juego propio.

El escritor pensó en borrar sus palabras del folio por miedo al riesgo que constituían para su persona. A la desventaja que él ganaría si ella leía sus pensamientos. Expuesto ante su mente.

—No, déjalas. La de los elegantes tobillos lo sabe—manifestó ninguno de sus personajes en su cabeza.

—¿Lo sabe?—contestó el escritor a la afirmación con una pregunta sobre el papel, sin obtener respuesta. Sonrió en silencio su propia respuesta. Lo sabe.

Dispuso las manos sobre el papel para otorgarle la muerte que liberaría el sello, y escribió, haciendo uso de sus propias manos:

«Último sueño.
Duerme, oh diosa, de elegantes tobillos
ese placer —¡bienvenido fuera!—
que infringió a su tiempo mil pasiones,
y muchas noches de insomnio en vela,
precipitó a la anciana muerte.

«Setenta y dos años después, la diosa de los elegantes tobillos cerró por última vez los ojos»

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