Nadie ve nada

Nadie ve nada. Nadie les ve cuando se los llevan, y supongo que eso es lo que más nos atemoriza de la situación. El terror que surge de que nadie sepa cuántos son, cómo lo hacen o cuándo vendrán la próxima vez. El horror y el pánico nos ha recluido a la locura y la paranoia.

Al principio, cuando empezó, nadie notó las desapariciones, y estas se daban con muy poca frecuencia. Nadie vio un patrón. Sospechábamos que estarían enfermos, en casa, y que si no acudían al trabajo o no cogían el teléfono sería porque tendrían un motivo de fuerza mayor.

nadie ve nada

La segunda semana ya solo éramos dos en mi departamento, constituido por hasta siete técnicos unos días antes. El trabajo no salía, y he de admitir que era lo que menos nos importaba. Para cuando empezamos a percibir que algo fallaba, me despedí de Guillem y no volví a la oficina. Permanecí en casa con Sandra hasta que los gritos de uno de los vecinos hizo que nos despertásemos desbocados.

La angustia taladraba el aullido de Elsa, una señora de más de noventa años que contemplaba un estático río de sangre extenderse por la cocina hasta la ventana. Sus ojos pasaron a través de mí cuando aparecí con una de esas varas de madera que sujetan las cortinas, armado como si aquél trozo de árbol muerto fuese a marcar la diferencia contra lo que hubiese hecho aquello. Absolutamente convencido de no tener ninguna posibilidad. Cuando la señora consiguió calmarse le pedí explicaciones. Ella no había visto nada, no había oído nada. Loren, su marido, estaba allí un segundo antes cuando ella había ido a por un vaso al mueble salón. Unos segundos después, cuando ella volvía, el vaso que yo pisaba se estrellaba contra el suelo y el aullido nos despertaba a mí y a Sandra un piso más arriba.

La madera sin duda no ayudó a Sandra. Se la llevaron sin dejar rastro hace un par de horas y si no fuese por los otros juro que hubiese salido a la calle a por quien estuviese detrás de aquello. A por lo que estuviese detrás. A por los monstruos. Me sujeta un hombre a quien no creo haberme presentado y una señora que lleva toda la tarde rezando en un idioma que no conozco.

«Se han llevado a Sandra»

Ese concepto no se me va de la cabeza, me taladra la sien por dentro y me destroza el estómago. Ciento una incapacidad absoluta para ingerir nada, ya nada importa. Le prometí que todo iba a salir bien, le miré a los ojos y se lo dije cientos de veces a lo largo de los últimos días. Y no he podido cumplir mi promesa. No ha ido bien, se la han llevado. Le tocaba guardia a ella y a otro muchacho, un joven. A él tampoco le hemos encontrado en la casa, y no nos atrevemos a salir fuera, pensando de manera ingenua que dentro tendremos alguna posibilidad. Pero esa posibilidad no existe. Los cuerpos nunca se encuentran, los que desaparecen lo hacen para siempre.

Hace semanas que no veíamos a más de doce personas. Compartíamos una gran casa a las afueras de un pueblo cuyo nombre no recuerdo. Sandra y yo pasamos el cartel del lugar demasiado rápido como para distinguir nada, y tuvimos que frenar ante la barricada de vehículos que había en el otro lado de la pequeña villa. Preguntamos a varias personas y todas dijeron lo mismo: un momento antes, los dos autobuses y los siete coches planeaban huir juntos hacia el sur cuando se montaron en los vehículos y no volvieron a bajar. Nadie vio signos de violencia ni oyó los ruidos. Desaparecieron como lo han estado haciendo las personas.

De vez en cuando encontramos un gran rastro de sangre, pero la mayoría de las veces ni siquiera disponemos de esas pistas. Pasan de estar a no estar con un segundo de diferencia. Se llevaron a Sandra cuando ella se encontraba de pie junto a mí. Pude despertarme horas después de que se la llevasen porque no me enteré de nada. Como suele ocurrir. La gente nunca se entera de nada. Me agarraba a mi vara de madera como si de un talismán mágico se tratase y sirvió al igual que lo hacen el resto de talismanes.

Ya no había esperanzas cuando aquella pareja de desconocidos me agarraban con fuerza y yo gritaba al cielo y a los dioses, si es que hay dioses que aún nos escuchan ahí arriba. Dejo de hacer fuerza y me rindo al abrazo colaborativo que evita que cometa alguna estupidez cuando me doy cuenta de que ya no me abrazan. ¿Ha pasado tanto tiempo? ¿Me he quedado dormido?

Sigo de rodillas en el suelo, allí donde me he caído al darme cuenta de que no iba a encontrarla dentro de la casa. Me levanto y miro detrás de mí. Dos rastros de sangre pintan el suelo allí donde parecen haberlos arrastrado. Trepan por la pared y se escurren por una pequeña ventana que ahora se encuentra abierta. Paso varios minutos así, mirando la sangre, y me doy cuenta por primera vez que me encuentro solo cuando oigo algo detrás de mí.

No, no es un sonido, es una percepción. A fin y al cabo, ellos no hacen ruido, y estoy convencido de que no es una persona de mi grupo. Ya solo quedo yo. Contemplo la última imagen que veré jamás y cierro los ojos.

Imagen original | Kelly Lynn

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