Nadie vio nada

Todos sabían quién había asesinado a Lucas, pero eso no quería decir que alguien hablase. Callaron, durante el interrogatorio policial que ocupó todo el barrio durante semanas, matándolo del todo. Eliminando su memoria, e impidiendo que nadie pudiera defenderle.

Porque, en ocasiones, la gente hace tanto daño a su alrededor que cuando la vida le devuelve el golpe, se lo devuelve a manos de todos los que le rodean. El asesino de Lucas no era solo un asesino más. No era un demente criminal homicida. Al menos, no para las gentes de Kitéch, el barrio a las afueras de la ciudad de Ploumb. Era la persona que se había deshecho de la carga más pesada en décadas.

nadie vio nada

En Kitéch, la familia de Lucas trabajaba como faroleros, echando aceite y manteniendo vivas las llamas del barrio, evitando que este cayese en la penumbra. Durante dos generaciones, todos los miembros de la familia se habían esforzado porque la noche retrocediese un poco junto a las farolas, en hacer seguras las calles que décadas antes tantas tragedias les habían dado. El cese de la oscuridad en los portales hacía segura la ciudad. Y sus gentes podían dormir tranquilas.

Pero, a la muerte del padre de Lucas, jefe de faroleros, este heredó su tarea. Fue entonces cuando empezaron los problemas de corte de luz. Acostumbrado a la bebida y al juego, Lucas solía desaparecer durante noches completas, dejando a mitad su tarea, y los barrios sumidos en la oscuridad. Mientras él gastaba lo que los ciudadanos por ver pagaban, ellos eran robados en sus portales.

El barrio no tenía dinero suficiente para instalar el milagro de las farolas eléctricas, ni de canalizar su caprichoso flujo hasta todas las verticales de luces. Y así, atrapados entre la necesidad de ver y la imposibilidad de desembolsar más, trazaron un plan sin mediar palabra que culminó en la muerte de Lucas.

Aquí y allá, tropas vecinales se organizaban en pequeños grupos para ir encendiendo el barrio. Inexpertos, a veces tardaban toda la noche en llegar a su último poste, ocasionándoles jaquecas y mal humor al día siguiente. Las patrullas hacían el trabajo que las cuadrillas de Lucas debían hacer, pero sin ganar su sueldo y con otro trabajo a la mañana siguiente. La situación fue empeorando.

La noche en que Lucas fue asesinado, tres de estas patrullas rondaban las calles, encendiendo sus luces. Cuentan los rumores que una de esas patrullas vio a Lucas salir de un bar de alterne en mitad de la oscuridad. Trataba de volver a su casa a dormir, pero se encontró con alguien. Aquí, los rumores cesan. Todos.

Y, horas más tarde, su cadáver aparecía en la plaza del barrio, frente a la iglesia. Una carta clavada a su pecho solicitaba al rey en persona la transformación del barrio a la electricidad para evitar depender de la familia. El día en que Lucas fue encontrado muerto, todas las farolas de gas habían sido encendidas para el alba, pero nadie vio nada.

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