Necesito tu ayuda

Las piernas nos flaqueaban a los dos tras el ascenso que a aquellos que nos perseguían se les hacía un paseo. Tras dos horas de subida, aún podíamos oír sus jadeos y ver de manera fugaz sus contornos tras la última línea de árboles. El hecho de que caminasen más lento que nosotros no solucionaba nada si ellos no paraban a descansar o a beber. Aquella fuerza interior que los destrozó en su momento les impulsa ahora a seguirnos al fin del mundo para propagar la enfermedad.

te necesito

La televisión se equivocaba, pienso mientras tiendo la mano al muchacho de doce años que me acompaña para ayudarle a subir el desnivel. Al principio, cuando se trataba de un fenómeno aislado, habían lanzado campañas alertando a la población. No salgan de sus casas, no enciendan la luz, no hagan ruido. Como si alguna de esas actividades fuese a aumentar la probabilidad de que entrasen por ventanas y falsos techos, reptando por cada orificio abierto al exterior.

El chaval, un niño de mi mismo barrio, lloraba hacía una semana junto al cadáver de su padre, en mitad de la calle. El padre no había sobrevivido a la transformación del virus, y el muchacho se encontraba junto a él sin saber qué hacer. Él necesitaba un apoyo, y yo necesitaba su ayuda para seguir viva, de modo que me presenté y hemos caminado juntos desde entonces.

¿Hasta dónde? Hasta un lamentable monte a diez kilómetros de la ciudad. No hemos podido llegar más allá por las manadas que recorren las calles y los caminos, y tengo la sensación de que ya no queda nadie más sin la enfermedad corriendo por las venas. Todos aquellos a los que he querido…

Sigo subiendo, haciendo caso omiso al dolor de mis tobillos y a la falta de alimento y sueño. Si ahora me rindo, la muerte de mi pareja habrá sido en vano. Me toco de manera instintiva el abdomen, allí donde él puso su mano antes de formularme la última frase y lanzarse contra el muro de enfermos.

—Tienes que hacer lo que sea por protegerle—dijo mientras rozaba el lugar donde nuestro hijo no nacido se encontraría, antes de correr hacia la multitud que trataba de alcanzarnos y hacer que se detuviesen con él.

Él dio su vida por este pequeño, y me hizo comprender algo que no había visto hasta aquél momento. Debía sobrevivir a cualquier coste. No por mí, sino por nuestro hijo en común. Él debía salvarse. Por encima de toda la humanidad, la pureza de un bebé. Él no había tenido oportunidad de destrozar el planeta, de experimentar ni de crear aquella enfermedad que luchaba por reducirnos a vectores de propagación. En ese momento, mi cabeza tomó la decisión: haré lo que haga falta para proteger a mi hijo.

La última línea de árboles apareció al frente, y más allá el cielo se abría con una claridad que nos obligaba a entrecerrar los ojos. Tras dos minutos más de caminar, llegamos a lo alto del pequeño monte solo para descubrir un sistema montañoso bajo a nuestro alrededor. Más frondoso que el pequeño bosque del que acabábamos de salir, y con más peligros potenciales. Pero también sería más difícil encontrarnos allí. Difíciles de localizar por la vista.

Íbamos a salir corriendo al claro que separaba ambos bosques cuando los vimos por nuestra derecha. Diez, quizá más de ellos. Todos arrastrando los pies, olisqueando con sus gastadas caras el aire que impregnaba nuestro olor. Sucios y demacrados, aquellas personas enfermas lucharían a muerte para contagiarnos aquello que ellos ya poseían y que los mantenía en un estado de muerte continua.

Ningún experto comprendía cómo eran capaces de sobrevivir tanto tiempo sin la ingesta de algún alimento, porque habían demostrado que los enfermos no se alimentaban de las presas a contagiar. Más parecidos a vectores de propagación que a hambrientas criaturas voraces de nuestros cerebros, tan solo buscaban el contacto de nuestra piel con su lengua, un órgano que el virus había modificado con unos centímetros más de longitud y que acababa en un aguijón duro que perforaba la piel.

Una vez hecho esto, el humano podía darse por muerto. O por enfermo. Lejos de las películas a las que estábamos acostumbrados, estos zombies seguían, de algún modo, vivos. Quizá mediante la ralentización de un sistema vital que no requería de tanto alimento como el nuestro, quizá una magia oscura que no habíamos sido capaces de comprender. Cuando clavaban el aguijón, los enfermos se quedaban unos minutos detenidos en el tiempo, quizá inyectando algún tipo de neurotoxina o recuperando fuerzas.

No pensaba comprobarlo por mí misma. Cogí al muchacho por el hombro y le guiñé un ojo, intentando relajarle.

—Ahora te necesito.

Él asintió mientras yo dirigía con todas mis fuerzas una patada vertical contra el lateral de su rodilla. Oí cómo crujía y se doblaba de un modo antinatural. Todavía estaba en shock cuando le arranqué la pequeña mochila que llevaba y corrí hacia los árboles. No dirigí la mirada hacia atrás, tratando de ganar tantos segundos de ventaja como fueran posibles mientras corría hacia la siguiente línea de árboles.

Escuché sus gritos unos segundos después mientras mis ojos secos de las lágrimas anteriores se mantenían serenos y fríos. Tenía que hacer lo que fuese, y yo necesitaba su ayuda para seguir viva.

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