No es justo

No es justo. ¿Qué derecho tenía ella a entablar una conversación conmigo sin darme las herramientas para contestar? Es cierto lo que dicen, que cuando escribes una carta de despedida no piensas en la otra persona. Que solo piensas en ti y en tus problemas. Y ella los tenía. Tenía suficientes problemas como para haber escrito un libro al completo si su enfermedad la hubiese dejado hacerlo.

no es justo

Me imaginé sus débiles y febriles dedos trazando los garabatos ahora escondidos de nuevo en el sobre amarillento del que habían salido. La letra casi parecía infantil. Poco estilizada y errática. Pero ella, por aquél entonces, no podía escribir de otra manera. Se me caían las lágrimas y el corazón se me rompía de nuevo al pensar en sus últimos días. Después de siete años, el papel del sobre se había vuelto amarillento mientras que los sentimientos habían permanecido congelados en una burbuja de tiempo hasta la apertura del sobre.

El amor coge los grados con los que se fermenta el buen vino y devuelve las sensaciones que hacía tiempo creías perdidas en una fotografía escondida en un cajón. Sensaciones cristalizadas en el pasado que se derriten ahora contra la fibra de tu cabeza, arañando la superficie a su paso e invadiéndote de nuevo como la primera vez. Pero ahora no está ella para devolver el abrazo empapado en lágrimas.

Echo la cabeza hacia atrás y encuentro el respaldo. Me doy cuenta de que el asiento está demasiado cerca del volante, y demasiado inclinado hacia delante. Mi mano avanza hacia la rueda y comprueba que es imposible echarlo hacia atrás. Me falta el aire. Salgo del vehículo solo para encontrar el cielo justo sobre mi cabeza y a mi alrededor. Yo solo quiero volver a abrazarla una vez más, pienso mientras las lágrimas vuelven a brotar de nuevo en su absurda procesión sin causa.

Ella tenía quince años y yo diecisiete. La primera vez que la vi, llevaba el pelo de un rubio infantil y una claridad que perdió poco a poco con el tiempo. Este se encargó de oscurecer todo su cuerpo. En mi último recuerdo, ella lleva una larga melena castaña que tapaba los ojos marrones, los mismos ojos que años antes me habían mirado iluminados de niñez.

—¿Cómo te llamas?—preguntó el día en que nos conocimos, agresiva, mientras me contemplaba con sus grandes ojos claros. La fiereza con la que me trataba de niño fue mermando con la suavidad de la adolescencia para acabar reposando en una calma de debilidad hiriente.

—Carlos—respondí tímidamente muchos años antes de comprender que yo sería la fuerza que a ella se le escapase poco a poco de sus débiles músculos.

Me iba a ser imposible volver a subir al coche. Lo cerré y empecé a caminar hacia mi casa, a diez kilómetros de distancia. El cielo, al menos, se mantenía a una distancia respetuosa, a diferencia del techo del vehículo y el volante. Pasan diez minutos hasta que me doy cuenta de que el pequeño sobre sobresale de uno de mis bolsillos. No recuerdo haberlo guardado ahí. Ya es tarde para llevarlo de vuelta al coche. Supongo que Elisa me va a acompañar a casa una última vez.

—¿Cree que estas cartas pueden ser suyas?—me interrumpe la voz de la muchacha mientras yo no aparto los ojos el sobre amarillento. Me habían llamado unas horas antes para decirme que tenían un sobre a mi nombre, uno de esos que estaba apareciendo después de todo aquél lío con el terremoto de hacía siete años. Conozco varias personas de la misma ciudad a las que se les ha llamado para lo mismo hace poco. Yo solo puedo fijarme en la letra de Elisa sobre el papel amarillento. La chica tras el mostrador vuelve a interrumpir mis pensamientos—¿Hola?

«¿Y si digo que no? ¿Y si cojo las otras dos cartas absurdas y dejo su sobre? ¿Y si no vuelvo a saber más de ella nunca más? ¿Y si trato de olvidarla de nuevo?»

Mi mano se posa encima del sobre antes de que pueda interiorizar los efectos de mis propios actos, asiento de manera automática sin que las palabras lleguen a mi garganta y firmo la entrega de la correspondencia que no llegó hace siete años.

Avanzo hacia el coche trastabillando y abro la puerta del conductor para arrojarme sobre el asiento. Junto al sobre de Elisa hay otras dos cartas, que abro antes que la suya. La primera es un antiguo extracto bancario. La segunda es de publicidad de una tienda de discos a la que solía acudir hacía tiempo. Ninguna de ellas estaba tan amarillenta como la de Elisa. Por algún motivo, los sentimientos preservados en un sobre hacen que este envejezca más rápido.

Rasgo el sobre con el mayor cuidado posible y extraigo casi cinco folios manuscritos envejecidos con el tiempo. Echo a llorar mucho antes de poder terminar la primera frase, reconociendo la letra que ella solía tener al final de su enfermedad. El caos y los temblores se perciben en todas y cada una de las líneas, e incluso los folios están ligeramente arrugados allá donde ella cogió el papel. Mis lágrimas caen sobre algunas de sus líneas.

«No es justo» pienso mientras me obligo a leer su contenido varias veces.

Llego a casa varias horas después. Al final he dado un rodeo, y creo que el andar era una excusa para tardar lo máximo posible en aparecer por aquí. Trato de acicalarme un poco junto al espejo de un vehículo sin poder arreglar mis ojos rojos, y entro en casa. Víctor, el pequeño, de cuatro años, sale corriendo a saludarme a la voz de «papá», y luego llega Bea –su hermana- de un año más. Juego con ellos unos minutos mientras trato de ganar tiempo para organizar mis ideas, pero ocurre que los sentimientos no pueden ser guardados en el lugar del que han salido, y soy incapaz de dejar de pensar en Elisa. Tengo un nudo en la garganta y mis ojos sin lágrimas desean explotar de nuevo en llanto.

Del otro lado de la casa, Raquel viene a saludarme con el mandil aún lleno de la arcilla con la que trabaja. Le dedico una mirada completamente vacía de contenido, una sonrisa sin sinceridad y un beso que no contiene amor. Aquí lo tengo todo, y solo quiero volver a ver a Elisa.

«No es justo» pienso, mientras me abandono al llanto por Elisa en los brazos de mi mujer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *