No podrás cerrar los ojos

No podrás cerrar los ojos ellos

La piel se me eriza al mismo tiempo que escucho el crujido y mi mente despierta del sueño ligero. ¿Ha sido real o lo he imaginado?, pienso. No me muevo, pero noto cómo me lleno de adrenalina. También percibo el fresco de la cama desde que me metí en ella agitado, unas horas antes. Presto atención, pero no oigo nada.

Lo que invade ahora mi organismo no es miedo. Nadie tiene miedo después de tanto tiempo de huir. Pero los posos de temor bajo las sábanas no desaparecen con los años, solo forman tortuosos recuerdos que incapacitan incluso a una mente serena. Y la mía hace tiempo que ha dejado de serlo debido a ellos. Suspiro, tratando de no hacer ruido por si andan cerca, y me giro lentamente hacia la pared, hacia la ventana, como si huir de aquel modo de la puerta supusiera alguna diferencia. Como si no fueran a encontrarme.

Girarme, cerrar los ojos y fingir que no siento su presencia al otro lado del pasillo es infantil, soy consciente de ello, pero estoy cansado. Cansado de escapar del pasado, pienso mientras mi mente se evade a opciones imposibles como saltar desde la ventana de este primer piso que ocupo. Pensar es lo único que puedo hacer. Mi cuerpo, atenazado, no puede realizar ningún tipo de acción.

Durante una fracción de segundo, Clara aparece en mi mente de nuevo, tumbada junto a mí. Puedo imaginármela como hace años, sonriendo, con su pelo rizado cubriendo la almohada. Viva. Pero el crujido vuelve a sonar al otro lado de la puerta, y la imagen de Clara hace algo mucho peor que desvanecerse ante mis ojos. Se transforma en la última vez que la vi con ellos.

Aquel cuarto olía a sangre y muerte antes incluso de asomarme. Cuando lo hice, ella se encontraba tendida, mirando con ojos vacíos al techo mientras aquellos seres gritaban en un extremo de la habitación, sin verme. El vientre de Clara estaba parcialmente cubierto con una tela, pero la sangre empapaba todo el suelo. Con el hedor de la muerte en la boca no me salía nada que decir, y no recuerdo cuánto tiempo estuve allí, observando la escena sin ser visto. Hasta que alguien tiró de mi mano y me alejó de aquello, arrastrándome por el pasillo mientras los gritos surgían de aquella sala. Esa fue la última vez que la vi.

Tumbado, noto cómo una lágrima me quema la cara, y trato de ahogar un balbuceo mientras trago saliva. No debo hacer ruido, pero percibo cómo algo de saliva se escapa de mis labios mudos.

La vida, sin ella, es una constante huída hacia delante. Apenas sí salgo del escondite que supone el lugar que he ocupado estos últimos meses, y cuando lo hago y me topo con alguna otra persona noto cómo el brillo de sus ojos se ha apagado antes de tiempo. Ellos lo han cambiado todo. Aunque quizá sea yo, y los ojos de la gente solo reflejen el espejo de los míos.

Un tercer crujido vuelve a sacarme de mis pensamientos. Si ellos aparecen de nuevo, la fina sábana veraniega con la que trato de ocultarme de la realidad no servirá de nada. Podrán verme a través de ella y atravesar su liviano escudo como si no existiese, llegando a lo más profundo de mi ser, robándome la poca energía que aún me queda para sobrevivir. Del mismo modo que se llevaron a Clara, lloro por dentro.

Me esfuerzo en cerrar los ojos una vez más y me digo que no, que no ha sido nada. Solo un ruido al otro lado del pasillo. Quizá incluso de fuera de la casa, ahora que las ventanas de esta han sido abiertas al caluroso exterior. Pero el crujido vuelve a sonar una última vez, y percibo de nuevo mi propia respiración acelerada mientras me quedo mirando las sombras en la pared.

La puerta entreabierta tampoco les frenará, pienso mientras la oigo abrirse lentamente. Debí haberla cerrado. ¿Por qué no he sido más previsor, después de tantos años de esconderme por las noches de ellos?

No hay luces en la calle, pero la Luna ilumina la cocina y su luz rebota en el suelo que da acceso a mi habitación. Ese reflejo deforma figuras sobre la pared y la ventana, confundiendo las ramas del árbol son su presenci. Una leve cortina de nubes tratan de tapar sin éxito la superficie del satélite. Me han vuelto a encontrar, una última vez.

 

—Papá —dice una voz en mi espalda—. Papá, ¿me das un vaso de agua, por favor?

Los asesinos de mi mujer esperan al otro lado, y yo trato de reprimir las lágrimas de odio que brotan de mis ojos. Trago saliva, carraspeo, y consigo articular un hilo de voz.

—Claro, cariño.

 


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Imagen | Ihor Malytskyi

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