No puedes vivir sin mí, pequeña

Marta no podía vivir sin su hermana Eva. Esta acarició de nuevo el pelo cada vez más débil de su hermana pequeña y le puso el cinturón de seguridad. El cuerpo de Marta tendía a caer sobre la palanca de cambios y, aun a pesar de su poco peso, esto resultaba molesto para la conductora. Posicionó el asiento del copiloto de modo que estuviese tumbada y no pudiese molestarle durante la conducción. Eva siempre había tenido ese tipo de consideraciones por su hermana pequeña, quien las había aceptado de buen grado hasta el punto de llegar a necesitarla para casi todo en su vida.

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Cerró la puerta con cuidado y dio la vuelta al vehículo familiar para entrar por la puerta del conductor mientras pensaba en la relación de dependencia que Marta había tenido. Desde el instituto, había necesitado de Eva para estar protegida, para aprobar los exámenes e incluso para relacionarse con las personas de su entorno. Desde muy temprana edad había requerido de un empujón para seguir adelante. Y cuando se había quedado sin este…

Pero Eva no quería pensar en ello ahora. Giró la llave y notó de inmediato cómo el calor residual del motor entraba en el compartimento. Abrió las cuatro toberas de aire, cada una con un ambientador líquido colgado sobre sus rejillas para tapar aquél desagradable olor que había empezado a impregnar el coche, y metió primera para salir a la carretera al tiempo que el personal de la gasolinera terminaba la llamada con la policía.

Sánchez se encontraba relativamente cerca, a treinta kilómetros del lugar donde se había visto a lo que el personal de la estación creía la sospechosa. Se subió al vehículo policial con el resto del equipo y se encendieron las sirenas correspondientes para acudir en busca de la sospechosa. Dentro de la furgoneta, otros cinco policías ocupaban la parte posterior, y tres más se sentaban en el asiento corrido de la parte frontal.

—Han dado un aviso, han creído ver a la chica que escapó de casa cerca de aquí. Vamos a interceptarles—informó el capitán mientras entraban a toda prisa en la carretera.

Eva condujo durante diez kilómetros en silencio hasta que encendió la radio. Buscaba algo de música. A su hermana siempre le había gustado y, aun a pesar de no poderla oír en estos momentos, pensó que se trataba de todo un detalle hacia ella. Así era Eva, la solitaria hermana de los pequeños detalles con los que llenar su nula vida amorosa.

Mientras que Marta había empezado cinco relaciones, Eva aún se sentía insegura por la gran primera ruptura, siete años atrás. Y quizá por eso usaba la excusa de su hermana para no buscar nada más. Ningún chico había tratado bien a Marta, con su físico envidiable ahora extinto por el accidente de hacía un par de días. ¿Quién iba a tratar bien a Eva, la hermana fea?

Percibió que sus pensamientos le estaban obligando a pisar el acelerador y levantó un poco el pie del pedal. La vida había sido injusta con ella, y nunca había tenido el valor de hablarlo con nadie, ni siquiera con la pequeña, para quien su hermana mayor era el sinónimo de estabilidad y seguridad. Una roca sobre la que apoyarse.

«Pues la roca se está hundiendo» pensó Eva mientras se retiraba las lágrimas que corrían por su mejilla. Nunca hubiese dejado que su hermanita la viese llorar así, pero ya no importaba. Ahora no iba a verla.

La patrulla visualizó un vehículo con las mismas características que el del  aviso y el conductor aceleró un poco más, treinta kilómetros por hora por encima del límite máximo de velocidad. El vehículo no parecía correr, de modo que la distancia estaría pronto recortada.

—Capitán, ¿han dicho lo que ha hecho la sospechosa?—Sánchez se apoyó sobre el asiento corrido con su brazo izquierdo, y observó el vehículo.

—No está claro—contestó el capitán, y siguió—. Han encontrado a los padres apuñalados en su vivienda, y la hermana pequeña anda desaparecida. Aquí hay solo rumores. El tipo de la gasolinera aseguraba que la sospechosa se encontraba acompañada de una chica con el perfil de la hermana en el asiento del copiloto, pero laboratorio asegura que la casa está llena de sangre de la chica. Vete a saber.

Eva observó por el espejo retrovisor la patrulla que acababa de aparecer al fondo de la carretera y supo de inmediato que venían directos hacia ella. Alguien habría dado el chivatazo o la habrían descubierto mediante una cámara de carretera. A estas alturas, habrían encontrado los dos primeros cadáveres. Aceleró para intentar ganar tiempo. No iban a cogerlas en mucho tiempo. Al menos, en muchos kilómetros por delante. Cogió con la mano derecha el cinturón que sujetaba el cadáver de su hermana y lo tensó con un tirón seco mientras pisaba a fondo el pedal. Marta no podía vivir sin su hermana Eva, aunque hubiese intentado hace poco salir de su vida y olvidar a la hermana que lo dio todo por ella, y pronto ambas volverían a estar juntas.

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