No se puede salir si ya estás fuera.

Golpeó el espejo desde dentro, desconcertada de su imagen exterior. Allí estaba, frente a ella, inconsciente a su presencia, contemplando el abismo del baño de plata que se cerraba a su frente. Una brana incapaz de ser trascendida en ninguna de sus direcciones. Un espejo en el que no se reflejaba, sino que veía a la impostora actuar.

Lo sacudió con sus puños con toda la fuerza de que era capaz, le gritó y cargó con su menudo cuerpo desde la estancia de oscuridad que ocupaba. Quería salir de ahí, necesitaba salir de ahí. Y entender cómo había entrado. Entender quién era la persona al otro lado del espejo, y por qué vivía su vida.

No-se-puede-salir-si-ya-estás-fuera

La usurpadora lucía como ella debía verse. En aquél instante, indiferente a su delito, se secaba con su propia toalla dentro del baño. Olga no estaba segura de si aquella mujer que se parecía a sí misma era capaz de oírla, o si había sido ella la que le había encerrado. ¿Podía ser su captora? Volvió a golpear el cristal cuando la vio usar sus cosméticos.

—¡Socorro!—gritó en todas direcciones sin obtener un mínimo retorno de sonido.

En aquella estancia solo parecía existir el suelo y el marco fijado en el espacio del espejo de su casa. No había paredes, ni luz. No había mobiliario, ni se podía ver nada. Tan solo la oscuridad extendiéndose en todas direcciones salvo en…

No, espera. Olga caminó, poniendo con mucho cuidado un pie delante del otro, tratando de no tropezar con posibles objetos en su camino. Aunque algo le decía que no había algo como los objetos en aquél lugar no quería llevarse una sorpresa desagradable con la esquina de algún mueble. Había visto algo, y quería comprobar qué era.

Una franja débil de luz en el aire, lejos. La mano derecha que llevaba estirada para no golpearse con algo frente a ella tocó un material sólido. Otro cristal. Lo apretó con ambas manos y trató de sacudirlo sin éxito. Volvió a gritar y a desesperarse durante minutos, hasta que se rindió a los hechos: nadie la escuchaba.

Centró su visión en aquella estrecha franja vertical de luz al otro lado de este nuevo cristal. Las formas sucedían vagamente conocidas en aquella tira de claridad en la oscuridad. Reconoció la esquina de uno de los muebles de su casa.

¡El salón! Pensó. Este cristal da a salón. Y el otro al baño.

Volvió a recorrer la distancia que le separaba al otro cristal, esta vez más rápido, solo para verse a sí misma pintarse los labios. La impostora tenía todo su material diseminado por la encimera del lavabo. Sin embargo, se comportaba como lo hubiese hecho ella misma. Dejaba los utensilios en el lugar exacto en que ella acostumbraba a hacerlo, y los usaba en el mismo orden milimétrico.

Olga colocó su mano apretando el cristal, cerró los ojos y trató de percibir algo al otro lado de aquella hoja de luz en mitad del aire. No se transmitía más que luz. No había calor, ni frío, ni siquiera una vibración leve. No había sonido. Tan solo un cuadrado de claridad del tamaño del espejo que mostraba al alcance del brazo una distancia insalvable.

En su negación, tardó meses en comprenderlo. En entender que no saldría de allí mientras contemplaba a su reflejo en el mundo real actuar, comportarse, ser. Porque no se puede salir si tú ya estás fuera.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *