No solo negocios

«Que no sea un viaje de placer no significa que no tenga intención de divertirme» pensó, torciendo la mueca que había ensayado a modo de sonrisa a lo largo de años de duro trabajo. Pasó los grasientos dedos por el bigote poco acicalado y sonrió al recepcionista.

No solo negocios

Nada en Lucas se encontraba sobre su persona al azar. Todo en él era una dura obra de trabajo a lo largo de los años. La leve barriga, una descompensación moderada de ambos hombros, el bigote mal afeitado. Todo aquello no estaba allí por casualidad, al igual que las innecesarias gafas de aumento o el peluquín. Su poco cuidada indumentaria o su torpe caminar no eran fruto de un descuido desde la infancia. Eran gestos cuidados para conseguir un fin. Un fin que culminaría esta noche.

—Muy bien, señor, la habitación del Hotel Regenta II. Como le digo, está a las afueras. Tendrá que tomar dos autobuses para llegar.

El joven tendió la hoja impresa mientras sonreía por cortesía a aquella persona tan desagradable. Sobre las reservas, el nombre de Lucas Higuain brillaba satinado. Él abrió la boca, mostrando una evidente capa de sarro, dio las gracias con un chasquido de dientes y cogió los papeles.

Caminó haciendo uso de su cojera hasta la puerta de la estación desde la que salió a la calle. Caía una breve cortina de lluvia que Lucas cubrió con su ancho paraguas, y siguió cojeando hasta localizar la primera parada de autobús. Una hora más tarde, había llegado a su hotel. Si es que podía llamarse así.

Apartado de la ciudad, tranquilo, y parcialmente sin luz, el edificio había vivido tiempos mejores. El interior estaba mal decorado a la fuerza de la falta de capital, y las habitaciones húmedas desprendían un olor peculiar.

«Es perfecto» pensó Lucas mientras le daba vueltas a la falta de cámaras, al pago en efectivo del restaurante y a la poca clientela.

Subió hasta el tercer piso sin olvidar renquear y chasqueando la blanca y seca lengua sobre los dientes sucios. Se preocupó, y mucho, de gruñir y faltar al respeto a los dos jóvenes que se encontró, y caminó por el pasillo pasándose su cuarto adrede hasta que una pareja hubo desaparecido.

Entró a su habitación, arrojó el paraguas al suelo frío de mármol y se estiró cuan largo era. Una ligera chepa aún adornaba su hombro izquierdo, y se limitó a retirar el chaquetón y el pequeño bulto que usaba para crearla. Completamente erguido era casi diez centímetros más alto que él mismo, y llegaba al metro setenta y ocho. La barriga que forzaba había desaparecido.

Se quitó los zapatos y luego los pantalones, que tendió sobre la cama. A su lado, abrió el maletín y observó su inventario. Todo permanecía amoldado a la perfección al espacio designado, casi imposible. Sacó los zapatos con calza y los dejó en el suelo. Metro setenta y nueve. Retiró el peluquín y su cráneo totalmente afeitado brilló bajo la luz amarillenta de la habitación. Con la ropa interior como única cubierta, fue al baño armado con el cepillo de dientes y un pequeño neceser.

Abrió este e incluyó en el apartado correspondiente el bigote postizo. Sacó las lentillas de ojos marrones brillantes y las colocó sobre el lavabo, entrando a la ducha con el cepillo. El falso sarro dental postizo había sido su mejor invento. Una pequeña capa orgánica y limpia que espolvoreaba sobre sus dientes cada mañana. Retirable con facilidad, era la cubierta perfecta para que nadie se le acercase nunca.

Abrió el grifo y se relajó con el cepillo de dientes apoyado en una boca cada vez más limpia y húmeda. Frotó con jabón allí donde el peluquín había dejado trazas de pegamento y dejó sobre su persona el olor de flores recién cortadas.

«Flores cortadas» pensó, sonriendo por la ironía «qué apropiado»

Se secó y se colocó las lentillas. Resulta increíble lo que una persona puede cambiar solo con el color de los ojos y la forma de la mirada. Retiró el terco rostro de Lucas y Vázquez, su personaje inventado, salió a la luz con la más amable de las sonrisas.

—¿Puedo ayudarle, señorita?—preguntó al espejo, terminando con una carcajada.

Salió a la habitación y se cubrió con unos pantalones oscuros, una camisa marrón, un chaleco a juego y una chaqueta fina del tono de los pantalones. Cerró un pequeño nudo sobre la garganta y colocó los dos pendientes de pinza de la oreja derecha. Toda su ropa era sintética, ideal para retirar las posibles manchas ocasionales surgidas a lo largo de su tiempo de ocio.

Cuando hubo terminado, se contempló al espejo del baño y abrió un segundo compartimento del botiquín. Retiró la manga de la mano izquierda y colocó el tatuaje tribal sobre su mano, bajando hasta la muñeca. Lo calentó con un secador eléctrico portátil no más grande que el hueco de su mano derecha y giró varias veces la muñeca. Se sonrió al espejo. Había quedado perfecto.

Salió del hotel bajando por las escaleras, saludando a todos los que pudo con una sonrisa fingida y un amable movimiento de cabeza que acompañaba con su paraguas. Su otro paraguas. Más pequeño, discreto, y oscuro. En la calle apenas sí llovía, y no lo abrió en su recorrido a pie a lo largo de tres manzanas.

Llamó un taxi y le dio instrucciones para el centro. Todas aquellas precauciones merecían la pena. Todos aquellos cuidados y las molestias. Las horas de transporte y la mañana de trabajo que tendría en la consultora que auditaba. Todo estaba donde tenía que estar. Observó las luces de la ciudad mientras pensaba en cómo sería su víctima de esta noche.

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