Nos está cazando

Escucho de nuevo ese sonido de succión mientras el aire se llena de más gritos de pánico. Dos personas corren conmigo hacia abajo por las escaleras, y consigo frenarles de golpe. Pero una tercera se escapa de mi alcance, tropieza y cae sobre la forma.

Impacta con un ruido sordo, al principio, como cuando caes en un barrizal. Tiene los brazos hundidos en el limo verde, y las rodillas sobre las escaleras, bocabajo. Consigue con su último acto girar la cabeza, y me mira directamente con ojos de pánico. Luego, el fluido empieza a succionarla.

Nos está cazando

Ella no deja de gritar mientras la masa la aspira hacia dentro. Vemos cómo desaparecen los brazos y la sustancia oscura toca su cara. En ese momento cesan los gritos, y deja de patalear adrede para abandonar el cuerpo a los estertores y a los impulsos nerviosos involuntarios. Observamos cómo sus piernas desaparecen dentro de la masa que ocupa la parte de debajo de una escalera. Y todo el piso siete, como un pequeño lago vivo de moco verde.

Más gritos, esta vez de desesperación, detrás de mí. Estamos demasiado cerca. Retrocedemos todos un par de pasos.

Se oyen los ladridos del perro ahora sin dueño de la señora, una pequeña rata sin pelo que gruñe unos pasos por detrás de nosotros a ese fluido verdoso que nos está dando caza. Es entonces cuando reparo en el collar, y la correa. La mujer llevaba al perro atado, y ahora el tirador está dentro de la masa. El perro sigue tratando de librarse mientras el fluido tira de él y se lo lleva centímetro a centímetro.

Ninguno nos movemos para ayudar. Hemos visto cómo caza de cerca esa pasta semifluida. Al llegar el perro al primer escalón, y con una velocidad mucho más elevada que nuestros reflejos, surge una lengua de limo que engancha al perro y lo lanza contra el núcleo del fluido.

—¡Joder, joder! —el señor tras de mí empieza a subir las escaleras, corriendo, mientras el perro llora de dolor dentro de la masa. El resto le seguimos.

Asciendo a una carrera impropia de mí dos tramos seguidos de escaleras, y miro hacia abajo. Ni rastro de la señora o el perro, tan solo esa masa viscosa que nos persigue a una velocidad ridícula. Sigue subiendo hacia nosotros con su característico sonido de succión. Y lo hace como crece un soufflé en el horno: despacio, y con esa textura dorada secreto de los chefs.

Con la salvedad de que estas hebras doradas no se comen, te comen a ti, pienso.

Para moverse, y subir, se hincha despacio desde dentro para abarcar más espacio. Su superficie se estría en millones de hebras amarillentas que pasan a quedarse oscuras y verdes solo para que nuevas hebras comiencen el proceso.

Escalón a escalón, avanzando hacia donde nos encontramos. Me pregunto, agotado, si tiene sentido correr mientras avanzamos hacia arriba, hacia la planta quince. Existe en ese piso una pasarela entre edificios donde podríamos cambiar de vertical. Y, quizá, descender al suelo y escapar por fin.

Ninguno lo menciona, pero todos esperamos que eso, sea lo que sea, solo esté en una de las secciones del edificio y que no haya invadido las plantas bajas. Desconocemos su tamaño o forma, si es que la tiene. Solo sabemos que debe estar creciendo a base de bien con la de cuerpos que ha hecho suyos.

Tenemos en nuestra cabeza cómo nos ha perseguido por los últimos pisos, absorbiendo a compañeros y amigos a esa velocidad lenta pero constante. Aumentando su masa. Expandiéndose. Ocupando cualquier rendija por donde pudiésemos haber escapado.

Como con Jose.

Hace veinte minutos, Jose ha tratado de escapar por un conducto de ventilación. Solo hemos escuchado cómo gritaba unos minutos dentro. El sonido de sus golpes contra la chapa del conducto sonaba claro en nuestro extremo. Luego el silencio. Doce años de trabajo junto a él se han desvanecido en el pánico de un tubo de aire.

¿Qué coño está pasando?

Llego al quince jadeando y criticándome a mí mismo por la falta de ejercicio diario. La cabeza me martillea por la presión. Temo caer desmayado, lo que con ese limo persiguiéndonos significa morir aquí mismo. Sea lo que sea, no descansa.

En las dos horas que nos ha perseguido por el edificio no se ha detenido en ningún segundo. Ha seguido avanzando hacia nosotros con esa lentitud engañosa que le caracteriza y que da pie a pensar que uno puede esquivarlo si pasa rápido junto a su masa o salta por encima.

La tortuga llega antes que la liebre, aparece sobreimpreso en mi mente mientras uno de los chicos a los que he frenado antes de una caída regresa hacia mí desde la quince.

—¡Ha ocupado toda la pasarela, por aquí no podemos salir!

Tengo que verlo con mis propios ojos. Le aparto y avanzo por el piso intentando tomar aire. Hace tiempo hice ejercicios de respiración, pero no parecen servir de mucho en una situación así. Me cuesta tomar aire desde hace un rato largo. Quisiera toser, y respirar a través de mi inhalador, pero este se encuentra en el coche, en el sótano que supongo cubierto por esa cosa.

Avanzo por la planta hasta su extremo y me acerco con cuidado a la ventana. Le estoy tomando miedo a asomarme a según qué lugares por si esa masa verde aparece de improviso y me succiona. Las ventanas de este piso están libre de fluido, pero la pasarela que lo une al edificio de al lado no.

De hecho, un tapón de limo está viniendo hacia aquí no solo cruzando por el interior de la pasarela, sino cubriéndola por encima.

La visión me recuerda a esas junglas de las películas de mi infancia en que las lianas colgaban de los árboles. Solo que no son árboles, ni lianas. Las vigas de metal que mantienen unida la pasarela al edificio están parcialmente cubiertas de ese limo pegajoso que se vierte lentamente en columnas finas hacia el suelo. Cae en verdes sacos viscosos y chorrea por las vigas con hebras amarillentas.

Joder, pienso.

Ahora tengo por primera vez una vista panorámica de la situación. Esa cosa que nos ha ido persiguiendo desde abajo ha salido del edificio de al lado y, cruzando por la pasarela, ha empezado a crecer en la base del nuestro.

—No hay salida —dice una mujer a mi lado.

¿De dónde sale esta gente?, me pregunto. Creo que debemos ser unas cuarenta personas dando vueltas por el edificio de oficinas, encontrándonos unos con otros, intercambiando miradas de pánico y gritos. Que les den, yo me piro.

Ya sé por dónde voy a salir. Ando con calma hacia las escaleras por las que he subido. No miro a nadie, no hablo con nadie. Camino resuelto, y soy consciente de que varias personas me observan. Alguien me llama y yo le ignoro.

Que les den.

Entro al hueco de la escalera por la que he venido y me asomo. Esa cosa sigue subiendo, nos está encerrando. Empiezo a andar hacia arriba, y subo un piso. Luego dos. Luego diez. Toso, incapaz de respirar. La fatiga puede conmigo. No estoy hecho para hacer deporte. Soy más bien el tipo que introduce datos en una tabla durante ocho horas al día y luego conduce con cuidado para caer rendido sobre el sofá.

Pero también soy ese tipo de personas que saben manejar una góndola de limpieza de cristales como la que tenemos en la azotea, sonrío.

Llego arriba casi quince minutos después a pesar de ser tan solo un piso cuarenta. Soy consciente de que tengo la cara azul, o morada. O ambos. Aunque pretendía ser el único arriba, varias decenas de personas ya se encuentran allí, alguno de los cuales me ha adelantado corriendo por la escalera.

Toso, me cuesta respirar más de lo debido. Avanzo varios pasos y caigo rendido al suelo. A mi lado hay una mujer tirada en el suelo. Se ha desmayado, creo. La miro de nuevo.

No, no es eso. Tiene los ojos abiertos de par en par y mira al cielo. Oigo voces detrás de mí y varios gritos mientras trato de recomponerme. Pero no puedo, me duelen los pulmones como no lo han hecho en la vida. Estoy apoyado de rodillas junto al cadáver de una señora en lo alto de una azotea mientras un moco verde amarillento nos caza piso a piso.

Ojalá tuviese aquí mi inhalador.

—Oh, dios mío —dice alguien a mis espaldas. Me giro y la observo.

Pensaba que estaban mirando a la mujer, pero varias personas me miran a mí, y a ella, de manera alterna. Cuchichean. Me miran con miedo.

—¿Qué? —pregunto enfurecido— ¿Qué pasa?

Un chico, en silencio, me señala el rostro. Luego señala a la mujer del suelo. Junto a él, una mujer mayor rompe a llorar. El resto se aleja del cadáver y de mí. Huyen hacia otros lugares de la azotea.

Miro a la mujer del suelo y me acerco a ella tosiendo. No puedo enfocar bien la visión, y la cabeza va a matarme. ¿De dónde ha venido esa presión que me aprieta los pulmones?

Sus ojos están abiertos, pero no miran a ningún sitio. Tiene un pañuelo en la mano aún cerrada, y lo sujeta con fuerza. El pañuelo está lleno de sangre y otra sustancia que identifico al instante. Me acerco más a ella y miro su boca.

De ella cuelgan varias hebras de eso de lo que hemos estado huyendo, que se mueven al viento como cabellos humanos largos. Sea lo que sea, lo tiene dentro, y le está saliendo del interior por la boca.

Vuelvo a toser, y me cubro la boca con el brazo. Lo retiro y entonces lo veo. Pequeños puntos verdes sobre mi piel.

Joder.

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