Pensamientos de un gato callejero

La ciudad de los gatos, dicen, piensa mientras cierra un poco los ojos ante la claridad del sol de mediodía. Por lo visto, hace demasiados años como para que nadie lo tenga en cuenta, un soldado escaló haciendo uso de unas dagas las murallas árabes que rodeaban la ciudad, cambió una bandera por otra, y los cristianos entraron a tropel a este ahora vertedero. Gato, por el apodo puesto al soldado. Gato, nombre que heredó su familia.

Y la mía, pensó. Gato de tercera generación, si alguien me pregunta. Piensa en ello mientras da patadas a una lata de refresco, pensando en ella como la cabeza de uno de los directivos de la embotelladora que le puso en la calle. Por segunda vez.

Sonríe, imaginándose que de verdad lo es. La cabeza humana de un gran magnate siendo pateada por un gato callejero, rodando por el suelo con ojos abiertos de sorpresa tras la guillotina. De serlo, Iván iría dejando un funesto charco de sangre tras otro, en forma de hilera, mientras asciende la cuesta. Pero no lo hace. En su lugar, el icor de la lata se derrama a cada patada, bañando con gotas despreocupadas unas botas viejas de fábrica que consiguió sacar de la planta. Ahora, único calzado relativamente formal del joven.

Pensamientos de un gato callejero

Le da otra patada, y la lata sube tintineando unos metros, y cayendo de nuevo por gravitación, tirando hacia uno u otro lado según cómo haya caído. En cada giro derrama un poco más de líquido al sol en lo alto, que baña la acera en perpendicular. Durante cada vuelta, y en todo su recorrido, deja escapar con sus golpes ese sonido metálico que acompañó a Iván durante la infancia, cuando no tenían más que una lata de metal para jugar un partido.

Se pregunta si se vio influenciado por las palabras curvadas de la lata cuando era pequeño al hacer esta ruido en cada choque. Pero él no escucha la lata. Solo ve ascender un par de pasos con cada patada, bajar un tramo, volver a ascender de nuevo. En sus oídos resuena música clásica a un volumen que molestaría a cualquier persona que estuviese cerca. Es consciente de ello, pero no hay nadie cerca a quien molestar. En el barrio no hay nadie a estas horas. Quien no está trabajando está en casa, delante de la televisión.

Fracasados, piensa, y agrega para sí mismo. Fracasado.

Lleva demasiado tiempo buscando trabajo, algo que el abogado le ha recomendado que no haga. ¿Qué mierda de abogado hace algo así?

—Si encuentras trabajo, te vas a olvidar de la reclamación, y aquí —Da unos golpecitos al taco de folios del caso—, tienes mucho dinero parado. Más y más cada mes.

Ya, claro, chaval. Que se vive del dinero que tengo parado en la cuenta del directivo de la marca de refrescos, sonríe, amargo. Ya son dos años de sueldo el que les debe la marca por el despido improcedente, pero las denuncias se ralentizan. Demasiados cobrando del mismo bote, incluyendo a altos mandos políticos. Demasiado juego de trilero. Hijos de p…

Le da una patada final a la lata, y esta choca contra un bache y salta más de un metro sobre la acera, hacia arriba. Hacia la calzada perpendicular a la calle por la que Iván asciende. En menos de un segundo, un vehículo conduciendo a alta velocidad se lleva la lata, que se empotra en su parachoques y cae al suelo haciendo ruido. El conductor suelta un pitido y pega un frenazo que deja las ruedas marcadas en el asfalto.

—Pues también es suerte —dice Iván en voz alta, sin oírse a sí mismo. Las palabras quedan amortiguadas por la música. El vehículo sigue pitando cuando el copiloto se baja y empieza a bocear a Iván. Este observa cómo mueve la boca y sube el volumen de la música

Lo siento, tío, piensa mientras hace señas a los auriculares y se encoje de hombros con una sonrisa torcida. Piensa en que ojalá ese enclenque acorbatado del coche se le acerque. Venga, vente que me alegras el día. Vente, que vas a comerte el suelo.

Iván se queda parado, observando en silencio al hombre que grita, esperándole. Pero este vuelve al coche tras dar dos pasos hacia él. Algo en la cara de Iván le ha hecho cambiar de opinión. La cara de quien piensa que no tiene demasiado que perder. Iván se mete las manos en los bolsillos y comienza a caminar en dirección contraria al coche que arranca de nuevo. Mientras, prepara frases para un fiscal y juez imaginarios:

—Paseaba por la calle cuando el tipo se bajó del coche y fue hacia mí. No le conozco de nada, y empezó a pegarme. ¿Qué iba a hacer, señoría?

No, le avisa su cerebro. Demasiado previsible, y no encaja con tus pintas. Recuerda que él tendrá corbata y tú irás con tus botas de mierda.

—No sé quién era —Corrige Iván en su cabeza—, y de repente le tenía encima. Iba escuchando música, ¡tomad, que alguien mire dentro del teléfono para comprobarlo!, y por poco me abre la cabeza contra el suelo el muy cabronazo.

Mejor. Y ahora, deja de hacerte sangre y ve a la oficina del paro, imbécil.

Camina con la cabeza gacha en dirección al edificio donde ha pasado los últimos meses. Se agarrará a un clavo ardiendo. «…aquí tienes mucho dinero parado…», dice la vocecilla del abogado de su cabeza, mientras otra, desde su estómago, ruge de hambre. Apenas sí puede comprar lo básico para llevarse a la boca, y hace medio año que come y cena arroz. Es previsor, tiene algo de dinero guardado para emergencias, pero solo para emergencias. Y todavía puede aguantar así un poco más.

Cualquier día de estos pasa algo y tengo que tener dinero con qué responder. Entra por la puerta del centro de trabajo y se dirige al mismo tablón que ha ido recorriendo durante días. Se conoce de memoria cada anuncio amarillento sobre el papel, pero no ha perdido la esperanza de que pongan otro. Al menos, de momento.