Presión abisal

Demasiado peso, y encima casi desnudo, procesó en su ampliación de memoria mientras caía hacia el fondo del océano. Podía ver las burbujas escapando de sus pulmones, y levantó los brazos en un desesperado intento por bracear agua. Nada.

Presión abisal

Cuando tu peso soporta trescientos kilos de cibernética resulta complicado nadar, y precipitarse hacia la oscuridad resulta un hecho mucho más probable. Jerry se hundía a varios metros por segundo hacia el fondo oceánico mientras percibía la presión concentrándose en sus oídos y pecho. Pronto le ardieron los pulmones y la cabeza estuvo a punto de reventar. La sensación de presión no se detuvo hasta que el sistema de seguridad empezó a expulsar todo el oxígeno de su cuerpo y a inyectar en su lugar un filtrado del agua salina saturada de oxígeno.

El cielo era aún un foco de luz cuando se quedó completamente sordo. Sin gas en el oído, este había dejado de funcionar. Cerró los ojos y accedió al panel de extensiones, activando el sonar. El mapeado llegaba justo a su cerebro vía impulsos de alta velocidad, y pudo percibir las formas de vida a su alrededor. La mayoría de esta vida eran pequeños peces que ponían mucho cuidado con no cruzarse en su camino.

A cien metros de profundidad, la primera baliza de emergencia provista de oxígeno comprimido salió disparada a la superficie del dispensador sobre su espalda. Y la segunda quedó flotando a una cota fija para transmitir datos en tiempo real a la siguiente. Disponía de hasta doce de estos dispositivos en el dispensario al que llamaban huevera.

Voy a quedarme sin balizas, pensó Jerry haciendo un cálculo rápido y mirando el mapa topográfico de la zona. Entre 1700 y 2400 metros de profundidad. Definitivamente, voy a quedarme sin balizas.

Activó el panel de información. Calculaba doce horas de oxígeno a un ritmo normal de respiración. Jerry hizo cálculos mentales. Ya habrían recibido la señal de auxilio de la primera baliza a bordo de la Merrik. Una hora para que el operativo de rescate llegase a la zona. Una hora más por cada quinientos metros de descenso del submarino de rescate. Y unas cuantas para buscarle ahí abajo. Desactivó todo y quedó en modo de suspensión de energía mientras seguía bajando.

Hacía tiempo que había alcanzado la velocidad máxima de caída, y solo había dejado encendido el sonar para poder ubicar el suelo. Lo detectaría, quizá, con varios minutos para frenar su caída y evitar romperse nada.

Esta era la segunda vez que algo así le ocurría. La primera había sido unos años antes, en las tranquilas aguas de las islas Caicos, donde se había precipitado a casi seiscientos metros de profundidad con su nuevo cuerpo cibernético. Era la primera vez que se ponía prótesis. En aquél entonces tuvo que recorrer el fondo oceánico durante seis horas para llegar a la costa más cercana. Algo fuera de las posibilidades actuales. Aquella vez había tenido la suerte de estar a horas de la costa andando, de haber caído en una zona aún en penumbra, y de poder soltar lastre.

Pero ahora mismo todo su lastre estaba implantado quirúrgicamente y, además, ya no era capaz de ver nada. Había rebasado la cota de los ochocientos metros cuando fue consciente de que no sabía diferenciar el arriba del abajo. Con el oído inhabilitado y sin una referencia lumínica, no era capaz de orientarse. A su alrededor no había ni una sola referencia de en qué dirección podía estar el Sol. Por lo que Jerry sabía podía estar cayendo cabeza abajo. O peor, de lado.

Caer de lado no le convenía, dado que podría verse desplazado de la vertical de la caída y tardarían más en localizarle. Comprobó de nuevo su panel y activó una subrutina en su controlador muscular para permanecer cayendo a la máxima velocidad posible. Probó a encender las luces de su cuerpo, en forma de faros finos a la altura del pecho, hombros, espalda y cadera, pero los apagó tras darse cuenta de que no había nada que iluminar salvo plancton. Rodeándole solo había agua, y esta le devolvía el estúpido brillo azulado de sus LEDs.

Tardó quince minutos de caída libre en escuchar el eco del traje. Y un buen rato en adaptarse a la señal recibida. El fondo oceánico estaba a menos de cien metros. Activó la luz de dos de las plomadas del traje y las dejó caer al fondo mientras se situaba en posición horizontal para frenar la caída. La redujo de varios metros por segundo a menos de medio.

Suficiente, pensó, mientras se preparaba para el impacto. Por delante de él caían las plomadas, a las que veía por el parpadeo de sus luces. De un segundo a otro, estas frenaron, y él activó la propulsión a diez metros del suelo. Propulsión basada en la creación de un colchón de burbujas de oxígeno bajo su cuerpo para ralentizar la caída. Instantes después, su cuerpo modificado se golpeaba contra el oscuro lecho marino. Y perdía el conocimiento.

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