Puedo liberar tu alma

«El hecho de que tengan que morir, en cierto modo, me pone triste. No es que sienta nada por ellos, la pastilla que me tomé hace un par de horas evita cualquier tipo de empatía con la gente a la que voy a matar hoy. Pero, claro, la mente no es solo una línea recta de pensamientos, y eso la pastilla no lo tiene en cuenta. Se trata de todo un laberinto de interacciones sociales fracasadas a edades tan tempranas que los recuerdos como tales han dado lugar a un bosquejo de sombras tristes más allá de las imágenes conscientes que podría tener, por ejemplo, del desayuno de esta mañana. Ha sido de tostadas con un poco de mantequilla, sin mermelada. No me gusta nada la mermelada, ¿sabéis?

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Y el pensar en las personas a las que he arrancado la vida, en cierto modo, me pone triste. Mi psicóloga decía que eso es normal, que siempre sentimos un mínimo de empatía por la gente con la que nos relacionamos de un modo u otro, y que clavar un cuchillo cien veces a alguien nos hace sentirnos muy cerca de la esa persona. Qué sabrá ella, que nunca ha liberado a nadie.

Lo cierto es que hace tiempo que no sabría decir si sus palabras salieron de su boca o solo recuerdo aquellas que yo le contesté. Pero estoy casi seguro de que el discurso sobre el placer de embestir la carne y notar cómo se rompe con la agonía de la sangre saliéndoles por la boca es mía. Sí, esa parte es mía. Ella carece de la sensibilidad artística para comprenderlo, y mucho menos para expresar el éxtasis de un estertor en forma de tos, del momento en que los ojos pierden aquello que los médicos dicen que nunca existió.

Pero, claro, ellos son científicos, y cualquier hecho fuera de la verificabilidad es imposible a sus ojos. Pero yo he visto cómo el alma de un hombre abandona un cuerpo, y es hermoso. Los ojos, un segundo antes brillando con la esperanza de librarse de un dolor seguro, aún anhelan ser salvados por un milagro mientras tratan de buscar una salida a lo imposible. Mientras fluye la sangre, esos ojos se encienden como no se han encendido nunca en la vida de las personas a las que libero.

Y, luego, de un modo completamente indescriptible, los ojos se perciben de otro modo. Apagados, carentes de la chispa que encendía el cerebro detrás del cuerpo que dejan atrás. Cuando eso ocurre, el clímax ha pasado y yo tiendo, lo reconozco, a ponerme violento con el cuerpo. Pero no es justo poder disfrutar de la fuga de un alma durante un periodo tan corto. He probado a desangrarles hasta la muerte con la esperanza de extender ese instante un poco más, pero el fulgor de los ojos aparece tan solo durante un momento, y luego desaparece para siempre.

Es entonces cuando empiezan las puñaladas de ira y fastidio. ¿No podían aguantar un poco más?, ¿no podrían mostrarme su alma aunque fuera unos segundos?, ¿qué prisa había por abandonar el cuerpo?, pienso mientras agujereo el cuerpo en un frenesí de sangre. Nunca me ha gustado esta parte, la verdad, pero reconozco que es, en cierto modo, reconfortante. Libero mucha energía, una energía que sé que es imposible desatar haciendo deporte, tal y como me comentó mi psicóloga.

Pero dejemos de hablar de mi psicóloga. Ella ya no puede ayudarme. Yo mismo la liberé mientras huía de aquél pabellón tan aburrido. Pero es que ella, en el fondo, no quería ayudarme. Quería quitarme aquello que me hace estar vivo, que es liberar las almas de las personas. Es mi misión, es aquello que he nacido para hacer. Y lo cierto es que lo hago muy bien, y que disfruto con ello. Hay que disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, ¿sabéis? Como cuando alguien trata de hablar pero su aliento sin fuerzas se pierde antes de salir de los labios porque tiene perforado el diafragma. Son pequeños gestos que me dedican las personas a las que libero y que, creedme, atesoro.

Por eso lo estoy grabando, para poder disfrutarlo más tarde. No vayáis a pensar que esto no vale para nada. Además, puedo enseñar luego a otros el resultado de mi obra. He descubierto que la sensación, aunque no es nunca igual, es muy parecida a hacerlo en el momento. El subidón, ¿sabéis a lo que me refiero?»

Las doce personas permanecían frente a él, observándole en el silencio que otorga la mordaza, maniatados de rodillas y sujetos a los postes que los mantenían erguidos. Él se encontraba en el centro de un pequeño semicírculo de personas y cadáveres, con un cuchillo largo en la mano. De los quince postes, tres de ellos, elegidos al azar, sostenían los cuerpos sin vida de un hombre y dos mujeres, que llenaban el suelo de una sangre espesa y oscura.

Él sonrió desde su silla de director, movió ligeramente la cámara y, con la mirada alegre de un amigo encantado de hacer un favor, dijo, mirando a la pequeña:

—Pero bueno, basta ya de hablar de mí, ¿quién quiere ser el siguiente en ser liberado?

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