Que alguien le grite que pare, que ya está muerto

Las pisadas se suceden unas detrás de otras. Pies descalzos o con zapatos y botas destrozados por el uso continuado. Las tablas del porche, que antes crujían bajo su peso, han acabado por desaparecer a fuerza de sus pisadas, del clima y de las termitas.

Que-alguien-le-diga-que-pare,-que-ya-está-muerto

Toda la casa, de madera, se agita y tiembla ante su número. Ahora son demasiados, muchos más de los que ella puede aguantar. Muchos más de los que la casa puede aguantar. Las paredes se comban y nos llueve el serrín de años. Pronto, las ventanas cederán, y ellos estarán dentro.

Los susurros guturales de cientos de gargantas sin aire en sus pulmones nos rodean, y sitúan la casa de madera en un océano de brazos sucios mecidos por el oleaje de sus laringes. Las paredes crujen.

La miro, pero ella mira un punto en el infinito, tras la puerta tapiada con las maderas que un salón del siglo veinte pudiese tener. Absurdas tablas de madera prensada sujetas con clavos improvisados y tornillos cortos. No estábamos preparados. La sociedad entera no estaba preparada para aquello. Aquella… marcha.

Los primeros clavos han empezado a saltar, y caen al suelo del parqué. Ella no los mira. No está pensando en eso, está pensando en él –o lo que queda de él– al otro lado de la puerta. Yo solo puedo pensar en ella, y él solo pudo pensar en mí.

Le recuerdo empujándome con sus enormes brazos al interior, cerrando la puerta para siempre. El impacto contra la puerta cuando le alcanzaron, segundos después. Los gritos durante minutos, los golpes sobre la madera, los ruidos de tablas rotas. La sangre, entrando poco a poco por debajo de la puerta cuando el ruido de entrañas empezó, bañando con una película el suelo. El tornillo ha caído a ras de la mancha que muestra la puerta, único objeto que él dejó dentro de la casa.

No es nuestra casa, la encontrábamos por casualidad mientras huíamos de ellos. Mientras huíamos hacia delante sin pausa por los campos en los que nos sentíamos seguros. Pero ya no hay nada seguro, salvo que la muerte puede caminar. Y que, esta vez, nos ha alcanzado.

—…alguien…grite…pare…muerto…—susurra ella una y otra vez.

Pero yo no puedo escucharla. Estoy inmerso en mis propios pensamientos. Veo cómo la primera de las tablas cae al suelo, y la hoja empieza a moverse y crujir. Ojalá él estuviese aquí. Él antes de morir. Ojalá hubiese sobrevivido, y se encontrase aquí para defendernos, en lugar de para lo que ha venido a hacer.

Estuvo fuera durante un tiempo, meses, tras levantarse del porche al morir. Le vimos caminar hacia la arboleda y perderse esa misma madrugada. Ella lloraba de forma ostensible en busca de un abrazo, y yo tapaba mis lágrimas para poder apartarme de ella. Y los dos nos quedamos solos allí, hasta que él volvió hará unas semanas.

—…alguien…ya está muerto…por favor…—seguía susurrando en el suelo, de rodillas.

No volvía solo. Había otros como él a su lado. Errantes, cabizbajos, putrefactos. Columnas humanas que vencían hacia delante a cada paso solo para trastabillar el siguiente, y continuar así hasta encontrar vivos a quienes arrancar la piel del cuerpo. Esta vez, eran cientos. Una línea infinita de cuerpos en el horizonte.

Esa línea había rebasado la casa, y casi todos han seguido su camino. Pero él no. Él quiere entrar, ver de nuevo a sus amigos. Abrazarles, hincarles el diente y desangrarles sobre el suelo que no pudo pisar en vida. Arrancarles las vísceras del cuerpo con las manos.

Otra tabla más cae al suelo, y ella no puede dejar de temblar. Yo lo haría, pero tengo demasiado miedo. Su voz sigue aumentando. La pararía, pero ya da igual. Ya todo da igual

—Quiero que alguien le grite. Que alguien le diga que pare, que ya está muerto—su novia tiene más lágrimas en el suelo que gotas en el cuerpo. La abrazo mientras oigo cómo los goznes saltan de la montura de la puerta—. Por favor…