Ranas

Escupe al suelo y sigue andando por las calles sucias de la ciudad sin cielo. Esas mismas calles que ya nadie se encarga de limpiar desde hacía décadas, repletas de personas que se arrastran para coger un poco más de basura que el que vive en el contenedor de al lado. Peleándose por las sobras de la civilización.

Son como esas ranas que echas a la olla y dejas calentar durante el tiempo suficiente como para matarlas despacio, piensa. Ni siquiera son conscientes de cómo están muriendo, ni de que lo hacen cada día un poco más.

ranas

Viste con indumentaria la indumentaria de un militar libre. Un mercenario. Botas blindadas, pantalones y chaquetas térmicos con fibras de carbonailon, y una capucha que cubre su rostro casi tanto como su respirador. En la mochila, a la espalda, carga con un fusil de combate ligero, y una pequeña pistola máser de baja frecuencia descansa en un cinturón multifunción.

Entre los callejones, un par de niños salen corriendo, jugando entre los desperdicios. Ambos van sucios de polvo y el hollín de las calles. Sucios de la tecnología que impregna su cuerpo y que los vuelve oscuros y frágiles. Uno de ellos se acerca y levanta la mano hacia el extraño, en una petición universal de créditos en un gesto tan antiguo como la pobreza y, por tanto, la humanidad. Gavrik lo ignora y sigue caminando entre la bruma de frito y polvo ambiental de los callejones. Su mascarilla indica con cinco LEDs rojos lo mismo que siempre que entra en una ciudad: alerta de saturación de filtros.

—No tengo nada que darte. Piérdete —le dice con voz metalizada por la máscara, y sigue su marcha, sujetándose la cincha de la mochila, mientras piensa: Te estás muriendo, parásito. Los niños de las ciudades son como pequeñas ratas ladronas. Han sido amaestrados para robarte hasta el último crédito. Ratas con cuchillos que no dudarán en rebanarte el cuello si ven la oportunidad. Parásitos.

Los dos niños desaparecen por otro callejón mohoso similar a ese por el que habían salido, y el extranjero afloja el dedo del arma. Había que estar preparado para sobrevivir en esta olla llena de ranas cocinándose. Pero estas ranas no eran iguales a las de la cocina, porque esta olla con calles era mucho más grande que las que se ponen sobre el fuego.

Nueva Yitomir, Niyu, fue una ciudad bonita tiempo atrás, en la que abundaba el comercio y el arte. Las calles lucían blancas y limpias, teñidas con los colores de los eventos que surgían aquí y allí a lo largo del año. Una joya europea en tiempos de bonanza. Pero el hombre que pasea por sus calles no había conocido la ciudad en su época de esplendor. Ninguna ciudad de la Tierra lucía limpia desde hacía más de cien años. Desde el gran error.

Ahora, once mil millones de supervivientes se arrastran por las calles sucias en busca de algo que llevarse a la boca. Había que reconocérselo a la humanidad: son seres resistentes. Aguantan cualquier inclemencia y sobreviven en un ambiente en que las propias ratas a las que parecen imitar han desaparecido, y en el que las cucarachas se han empezado a cotizar al alza en los guisos de agua con agua.

Vivimos en un planeta muerto lleno de ollas con ranas, meditó mientras giraba a la derecha y avanzaba hacia la puerta del edificio donde le esperaban. Un local sin puertas ni ventanas, cavado en lugar de construido, bajo los cimientos de un antiguo rascacielos. Ya nadie mira al cielo.

En el cielo ya no hay nada que ver, contesta una voz en su mente.

Los rascacielos habían pasado de moda hacía un siglo y medio, cuando el gran error desató las primeras plagas en los cultivos y empezó a matar a todas las aves, que caían del cielo a toneladas. Justo después de que la naturaleza se volviese loca y autodestructiva, y empezasen a cambiar los ciclos marinos, las corrientes y el clima. Y cuando empezaron a surgir las primeras tormentas de arena, la humanidad empezó a excavar rascacielos invertidos en el suelo como un modo de vivir.

La gran solución al gran error, se había llamado. Meros parches para seguir tirando en un planeta que nos pedía que nos fuésemos de una vez. Con un cielo imposible de predecir, y siempre oculto, y la energía fósil y nuclear casi agotadas, la energía debía venir del único lugar donde parecía no haberse acabado: el calor del suelo.

Gavrik se sitúa frente al muro de hormigón, levanta el brazo izquierdo y muestra su tatuaje a la pared. De esta surge una luz tenue y un centelleo, y una nanopared se abre a un metro de distancia, rasgando el muro antes sólido y convirtiéndolo en una nube de partículas de alta energía. En cuanto la atraviesa, esta se vuelve a sellar a su paso, dejando invisible la puerta y mostrando una pared de madera lisa.

Se retira la máscara de respiración, que mantiene colgada de una de las cinchas de su mochila, y pasea hacia el mostrador.

La atmósfera es pura en esa sala, y en todo el edificio que conforma aquél gigantesco sótano de doscientas plantas de lujo. El suelo, de mármol, refleja de un modo suave todas las formas del entorno. Paredes de madera real adornan la sala. Es amplia y cálida, y cuenta con una única mesa de recepción al fondo, donde un proyector holográfico muestra a un sintético cuyo cuerpo podría estar al otro lado del planeta. Gavrik se acerca, dice su nombre, y se coloca sobre la marca en el suelo, junto a la pared oeste.

El piso vibra un segundo, y las nueve baldosas de mármol sobre las que el extranjero descansa empiezan a hundirse en la tierra, bajando cada vez a mayor velocidad. Para cuando llega al piso de abajo, un cristal casi imperceptible le ha rodeado, permitiéndole ver el descenso a lo largo de los primeros cincuenta pisos.

Una maravilla de paredes, tubos fecales y de agua, manojos de cables, escaleras de emergencia y luces anaranjadas cruzan por su visión. Sin embargo, había estado aquí dos veces antes, y se prepara para la oleada de vértigo y la emoción de ver el jardín. La verdadera ciudad. La verdadera Nueva Yitomir.

Esta explota a sus pies mientras el ascensor desciende varios pisos por segundo. Pasa de estar enterrado en la roca a ver el suelo a más de cuatrocientos metros de altura, y una oleada de vértigo hace que le cueste coger aire durante unos segundos. La caída es enorme.

El ascensor ha entrado en una de las cavernas artificiales más grandes que la humanidad ha excavado para vivir. Baja anclado a una pared de roca que pronto comienza a tener menos pendiente.

La vista es la misma que alguien tendría si contempla un valle desde un monte bajo. Un inmenso espacio verde y tropical repleto de casas y chalets de lujo se abre a los pies del ascensor mientras sigue bajando. La caverna inferior, de más de siete kilómetros de diámetro, alberga una ciudad que nada tiene que ver con la de arriba. Esta ciudad subterránea carece del polvo y oscuridad de las pobres ranas. Una ciudad solo para los más ricos de la Tierra, entre los que Gavrik no se encuentra.

Quizá algún día, se miente.

Contempla los campos de cultivo biológico, y a cientos de sintéticos trabajándolos. Piensa que no estaría mal ser esclavo de aquél mundo artificial durante toda una vida.

Ser esclavo abajo es mejor que ser libre arriba, medita. En la ciudad recalentándose llena de ranas a punto de morir.

La cabina recorre la pared de la cueva y empieza a frenar al quedar cincuenta metros hasta el suelo. La curva de la pared de roca le ha colocado en un ascensor que avanzaba casi en horizontal sobre unos raíles. Este se detiene al final de las aparentemente débiles vías, donde el fino cristal se hunde, desapareciendo en el suelo y le permite salir al exterior.

El aire es aquí aún más puro que en la sala superior por donde ha entrado, y posee más humedad. Este aire que inspira está tan solo parcialmente purificado por los filtros artificiales. La mayoría proviene de plantas reales, como las que aún se pueden ver en las últimas revistas impresas con las que se trafica en la superficie.

Un droide le está esperando a la salida del ascensor, que ha vuelto a elevarse sobre la cueva, en dirección al techo repleto de focos que simulan un sol caliente. El desconocido se pregunta cómo sería aquí abajo la noche, y si es que algo así existía siquiera. El pequeño robot no es más que una esfera del tamaño de una cabeza humana repleta de tentáculos, manipuladores y flagelos que le cuelgan sin gracia, sujeta en mitad del aire gracias a una bolsa de vacío del doble de diámetro. Su tono rosa y los nervios que surcan la bolsa de vacío le da la impresión de ser una especie de cerebro arrancado de la cabeza de un gigante. Gavrik  nunca ha visto ningún droide de aquella complejidad. Sin duda ha habido avances durante sus dos décadas de viaje.

El artefacto consciente empieza a comunicarse a través de micromodulación de ondas de presión en la atmósfera, en la jerigonza en que se ha convertido el idioma común:

Gēn wǒ xué, Qǐng/please. Xièxiè.

El hombre asiente con la cabeza, y una serie de parpadeos verdes y azules en los LEDs del droide le hace saber que el robot ha comprendido. Usando sus casi invisibles propulsores, mantiene un buen paso durante todo el trayecto. Tanto, que a Gavrik le cuesta seguirlo. No está acostumbrado a este nivel de oxígeno, y se siente pesado.

Caminan durante diez minutos por las calles interiores de un jardín zen tras otro, cruzando de manera ocasional alguna zona arbolada de pinos o palmeras. La humedad y las fuentes le recuerdan el poder que tiene la gente que vive ahí. Gente que posee agua líquida en abundancia y no tiene que desplazarse a por ella o robarla. Ricos.

No, no tienen que robarla porque ya la están robando, piensa mientras llega a una vivienda unifamiliar de tres pisos. Más dos o tres niveles ocultos hacia abajo, claro.

Wǒmen yǐjīng dàodá, here—emite el droide antes de empezar a ascender y desaparecer en el aire. Fuera de la vista del extranjero, pero sin duda monitorizándolo en todo momento.

Una puerta se abre en el lateral de la casa a manos de un sintético. La de servicio, por supuesto, nada de puertas principales para un mercenario. Gavrik avanza hacia ella y la atraviesa, dando las gracias al sintético por abrírsela, sabedor de que es tan solo un esclavo más. Como humano esclavo de la humanidad rica, Gavrik siempre ha sentido cierta empatía con estos seres conscientes. El sirviente se retira por otra puerta, dejándole solo en una especie de taller del siglo XX.

Por todas partes hay herramientas demasiado simples como para considerarlas funcionales. Nada más técnico que una sierra de mano, mucha madera, y restos de serrín y quemaduras. Parece un taller reconstruido para un museo, pero tiene un toque que da la impresión de haber sido usado.

Varios minutos después, la persona a la que Gavrik ha venido a ver aparece. Literalmente. Su cuerpo proyectado se materializa en la sala de un modo casi tangible, al otro lado de una mesa maciza de madera que ocupaba el espacio central de la sala. El holograma incluso levanta la mano para estrecharla mientras avanza. El mercenario hace lo propio, hundiendo su mano física en la realista proyección unos milímetros, pero sintiendo la presión sobre su piel. La sensación de tacto es asombrosa.

Jushú, La tecnología, do? —trata de pronunciar aquél rico sin ser consciente de la estupidez que dice. Gavrik permanece impasible ante la idiotez de su interlocutor. Es del todo un despropósito: gordo, blanco de no darle nada de luz, de aspecto descuidado. Un rico más—. Me alegra tenerle de vuelta, señor Luxhin. ¿Ha traído lo que le pedimos?

El extraño afirma con la cabeza, y deposita la mochila en el suelo. Mira a su interlocutor con el dedo sobre la cremallera y espera a que asienta para darle permiso. Aunque probablemente todo aquel cuarto estaba blindado, y la casa no fuese más que un búnker bonito de recepción de invitados. Uno a quien nadie tendría en cuenta si explotara, alejado de las personas gordas, blancas y descuidadas. E importantes.

El holograma que le habla es una representación casi fidedigna de un tirano más de la historia humana. El cacique que ahora gobierna esta ciudad llena de ranas a punto de hervir, y el que tiene el dedo en el encendedor que la calienta. Otro tipo de parásito que se nutre de los niños ladrones de ahí arriba.

Abre la mochila y saca un objeto prismático hexagonal opaco. Casi negro, del tamaño de dos puños uno sobre otro, de bordes lisos y un tenue brillo morado. La proyección le indica con un gesto un punto sobre la mesa de madera, y en esta se abre un pequeño agujero con exactamente la misma base hexagonal.

Gavrik Luxhin deposita el objeto sobre la ranura, que emite un sonido de ajuste y absorbe el prisma y cierra la tapa de la mesa en menos de un segundo. Nada impide a estos ricos matarle, ahora que su trabajo de entrega ha finalizado.

—He traído leña para el fuego de su olla —masculla en voz baja, para sí.

—Eso que ha traído no es fuego, ni ningún dispositivo incendiario, señor Luxhin. Lo que ha traído es mucho más importante que el fuego. Acaba de darnos, nada menos, que un alma entera.—El holograma sonríe afable y estúpido, pero pronto cambia su semblante proyectado. Y con esto ha terminado su misión. Esta misión. Y ha pasado una prueba a la que llevamos sometiéndole durante los últimos veinte años, desbloqueando su inminente futuro. Enhorabuena, señor Luxhin.

¿Prueba?

Las paredes y puerta emiten otro chasquido de ajuste. El sonido de un cierre hermético pone a Gavrik en tensión, a la espera de lo peor. Las luces de la habitación bajan de intensidad, y una puerta al fondo de la sala se abre al tiempo que el holograma parece tomar corporeidad en la penumbra. Una forma metalizada cruza la puerta, permaneciendo fuera del leve radio de luz de la proyección. Habla con una voz idéntica a la del holograma mientras este hace lo mismo, de manera síncrona, en un coro de voces que le pone la piel de gallina.

—Relájese, está a salvo aquí. Relájese, señor Luxhin, porque quizá sea la única vez que pueda hacerlo en su vida.