Recuerdos ajenos

Las pesadillas habían vuelto. Gritó mientras se despertaba en una cama empapada por su propio sudor. Trató de levantarse. Dos bandas de tela ancha le agarraban las muñecas y los pies, pero sin retenerlo. Soltó sus ataduras de velcro y observó la sala en la que se encontraba.

Estaba perdido. La configuración de la estancia era tan solo un recuerdo borroso de su propio orden. Junto a la mesita de noche había un mueble bajo con unas fotografías de su matrimonio a lo largo de los años. Una luz débil le era suficiente para notar que la última fotografía le resultaba ajena a él. La cogió con sus manos arrugadas y la contempló a ella y a sus manos durante unos segundos. Era viejo.

Cartel «Recuerdos ajenos»

Buscó un interruptor y encendió la lámpara superior de la habitación. No era muy grande, tan solo una cama singular, dos muebles y un espejo de cuerpo completo junto a una puerta más pequeña que la de entrada al cuarto. Dedujo que sería el baño.

Se contempló en el espejo, desorientado, sin tener del todo claro si se había despertado o no de aquella pesadilla donde mutilaba y abría a la gente en canal. Era viejo, joder. ¿Qué estaba pasando? Abrió la puerta del baño y se volvió a contemplar al pequeño espejo, ahora con luz más blanca y directa. No había duda, debía tener por lo menos ochenta años de edad, y su rostro y manos estaban arrugados por el tiempo.

Se preguntó, mientras observaba los ojos que reconocía, si era preferible la primera pesadilla a la segunda. En la primera, al menos, parecía divertirse. Cerró los ojos y notó cómo el corazón palpitaba rápidamente. No, nadie puede divertirse con esa salvajada.

Había pasado la noche masacrando los cadáveres de las personas a las que había asesinado en sus pesadillas. Hombres, mujeres y niños, sin distinción. Para ser un sueño, corría claro a través de sus dedos temblorosos y caducos. Percibió cómo se erizaba el poco vello de sus brazos mientras rememoraba a cada una de sus víctimas.

Se recordó a sí mismo inmovilizándolas, amordazando sus pálpitos y avivando sus miedos y pesadillas, separando la piel de sus brazos y piernas mientras suplicaban con ojos de locura. En el silencio que surge de arrancar cuerdas vocales y lengua, gritos ventrílocuos suspiraban de dolor. Le pedían que se detuviese, que dejase de hurgar en sus músculos y órganos con el bisturí. Le pedían despertar y él, eventualmente, se lo consentía.

Les dejaba descansar en la paz de la madera de roble, un par de metros bajo la superficie. Recordaba el olor a muerte de aquél sótano que parecía no tener fondo, con baldas repletas de ataúdes en las que cientos de personas habían gritado en el silencio de su repentina afonía. Morían encerrados en sus cajas de inanición.

Retiró su mirada del espejo, asustado por sus pensamientos. No estaba bien recordar todo eso. Algo no funcionaba. ¿Qué hacía aquí? ¿Dónde estaba su mujer y sus hijos?

Salió a la habitación, se vistió con dos prendas discretas y se calzó los únicos zapatos que localizó. Estos carecían de cordones, y se ajustaron a la perfección a sus ensanchados pies. Se dirigió a la puerta de salida y trató de abrirla. Una luz roja sobrevolaba el dintel y se encendía cuando él trataba de girar el pomo, que se mantenía impasible en su lugar.

A los pocos minutos de forcejear con la puerta notó un golpe sordo tras ella, y una pequeña compuerta en la que no había caído antes se abrió al pasillo. No reconocía el rostro oscuro tras el fino vidrio de seguridad, pero le resultaba vagamente familiar.

—Oiga, estoy encerrado—se quejó al nuevo rostro—. No sé qué hago aquí. ¿Qué es este sitio?

—Buenas noches, señor Mendacium, ¿se siente desorientado?—El hombre al otro lado de la puerta sostenía un cuaderno donde hacía anotaciones rápidas, que alternaba con miradas tranquilizadoras al interior de la habitación.

—Sí, bueno—tartamudeó el anciano—, es que no sé lo que hago aquí.

—Señor Mendacium, usted grabó hace poco un vídeo para momentos como este, ¿lo recuerda? Está sobre la mesita, en el efilm. Busque una lámina transparente y ponga su pulgar sobre ella. Confíe en mí, tendrá las respuestas que busca, le doy mi palabra.

El anciano volvió, desconfiado, al fondo de la habitación y cogió la película tamaño cuartilla. Pulsó sobre la pantalla con su pulgar izquierdo y esta se encendió sin hacer ruido.

La hoja transparente pareció tomar opacidad, y mostró un rostro conocido. Era el mismo anciano que le observaba desde el espejo, pero parecía más joven. Quizá incluso diez o doce años más joven. Empezó a hablarle con lo que reconoció como su voz.

«Hola, Mike, ¿qué tal? Soy tú, aunque no me recuerdes. Me han dicho que grabe este vídeo para los momentos en los que te sientas perdido y empieces a dudar qué haces aquí encerrado. Sé que estás confuso y que no entiendes por qué eres tan mayor. Es una putada.—El hombre de la lámina rio con ganas—. Pero la vida es una putada.

Tienes alzhéimer. Tenemos alzhéimer. Te encuentras en unas instalaciones que cuidarán de ti en todo momento. Sirven cinco comidas al día, nos dejan hacer ejercicio y, bueno, tenemos un techo bajo el que dormir. No está tan mal.

Karen está bien, creo. He empezado a olvidarla. Es tu mujer. He colocado fotografías junto a la cama para que no la olvides, aunque ella prefiera hacerlo conmigo. Con nosotros. No la culpo, ¿sabes? Después de lo que hemos hecho…»

El anciano trató de sonreír pero su mirada se perdió en los recuerdos, y continuó, resoplando.

«He hecho cosas horribles en mi vida. Estaba enfermo, y perdí el control. Solo espero que el olvidado selectivo de recuerdos sirva para que no vuelvas a recordar nuestros actos. Por desgracia, estaremos encerrados de por vida. Era eso o la condena a muerte, de modo que hice un trato. De vez en cuando, un médico irá a verte, te hará una serie de preguntas para ayudar con la pérdida de memoria que padecemos, y te dejará en paz el resto del día.

Creo que es lo menos que ayudar con el alzhéimer podemos hacer por otras personas, después de… Bueno, no te distraigo más. Trata de no recordar demasiado, ¿vale?»

La hoja transparente se apagó tras el guiño de un Michael Mendacium más joven, dejando la habitación en silencio. El anciano miró hacia la puerta, y habló al hombre tras ella.

—He tenido una pesadilla. ¿Puedo hablar con alguien sobre eso?

—Tenemos un psicólogo de urgencia, ¿quiere que le avise? Si no está con nadie, vendrá en seguida.

Michael Mendacium se sentó en la cama mientras el guardia avanzaba por el pasillo en busca del doctor. El hombre giró a la derecha y siguió hasta el pasillo del fondo, donde encontró una puerta. Llamó un par de veces con los nudillos hasta que escuchó el «Pasen». Abrió la puerta y anunció las buenas noticias al doctor.

—Buenas noticias, señor, el tratamiento funciona. Michael Mendacium acaba de tener una pesadilla, y empieza a dudar de veras si él cometió los asesinatos. La impronta de memoria está empezando a funcionar. Ha pedido verle.

—Eso es genial, Tom. Si podemos transferir los recuerdos de un psicópata a un paciente con alzhéimer, podremos enseñar idiomas a personas sanas. Será toda una innovación en educación, y abrirá todo un mercado. Dígale que voy enseguida.

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