Refugiados

El doctor Alan Konrad conducía por la carretera M4 que atravesaba la ciudad de Tuzla, en Bosnia. Aún no había visto ninguna hilera de caminantes pero era cuestión de tiempo que tropezase con alguna de ellas. Según las últimas noticias en alemán que había oído por la radio, estaba a punto de llegar a un improvisado campamento en el centro de Tuzla donde estaban asentando a familias sirias al completo. No se les permitía ir más allá.

Las manos cansadas por once horas al volante temblaban con la emoción de lo que iba a hacer. Por fin iban a darle una lección al mundo, una lección que quizá su propia familia le reprochase. No importaba, los sirios se habían convertido en un problema al ir acumulándose en los países del sur de Europa, y tanto Alan como sus amigos habían ideado un plan para disolver en una sola noche todos aquellos campamentos que en algunos casos alcanzaban el millar de personas. La economía local no aguantaría, y Europa acabaría hundida en la miseria si ellos no actuaban.

El vehículo de transporte de coches, cargado con el dispositivo que iba cubierto con varias mantas, llegó a la entrada de Tuzla y continuó recto hasta el parque Slana Banja. Alan había estado en ese mismo parque con sus padres casi treinta años antes, cuando aún se podía ver el césped y los árboles no habían sido talados para dar calor a los sirios que se amontonaban entre el barro. Con la fina lluvia que acababa de levantarse, los sirios eran torsos embarrados no muy distintos al suelo que pisaban. Distinguir un lodazal de una familia era complicado desde uno de los extremos del parque.

El lugar estaba rodeado por una cerca metálica y varios vehículos militares se encontraban aparcados junto a ella. Alan hizo recular el vehículo hasta casi tocar la valla y se bajó del coche. Tenía poco tiempo, quizá menos de tres minutos, antes de que alguien le viese armar el dispositivo. Era demasiado importante como para fallar, debía darse prisa.

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Ramiro había sido escoltado por otros cinco vehículos hasta su objetivo. Su hijo iba en el más alejado, el que daba a la fuente en mitad de la plaza de Sol. Abrirse paso hasta el centro de Madrid había sido más fácil de lo esperado, tomar la plaza para montar el dispositivo iba a ser el mayor problema debido a las ocasionales guardias de policía nacional que patrullaban. Por suerte, a las tres de la madrugada ya no había policía o mucha gente por la calle. Perfecto para sus planes. Mañana era día laboral, y apenas unos pocos rezagados hacía fotografías a la plaza abandonada a la suerte de los barrenderos.

Daniel, su hijo, llevaba la furgoneta con el dispositivo. El resto de vehículos formó una “U”, dejando la parte de atrás de la furgoneta libre, y cubriendo la salida del material. Los amigos de Daniel salieron del segundo vehículo con cinco escopetas de perdigones y se apostaron tras los vehículos. No iban a dejar que nadie les interrumpiese. Esto era demasiado importante.

Las pocas personas que había en la plaza percibieron el jaleo y se replegaron hacia otras calles. Alguno incluso grababa con su móvil desde lejos. Sin duda, a estas alturas alguien habría llamado a la policía.

Abrieron la furgoneta y descargaron con ayuda de quince personas el dispositivo, cuyo peso era de casi media tonelada. El cilindro, de metro y medio de diámetro, disponía de tres patas longitudinales que cruzaban en dirección del eje para poder apoyarlo en el suelo. El ingeniero manipuló la carga nuclear y levantó una serie de palancas. Ninguno tenían nada de qué preocuparse, una pantalla de varios centímetros de plomo cubría la pila nuclear.

***

Alan miró su reloj. Perfecto, la sincronización necesitaba ser absoluta si querían tener éxito en aquella operación. Sonrió a través de la lluvia. Si hace un año le hubiesen dicho que se iba a enfrentar a la policía bosnia le hubiese entrado la risa a través de sus gafas de pasta y sus ciento diez kilos de peso. Él tan solo era un profesor de universidad. Solo eso. Al menos, hasta esta noche.

Ahora iba a poner en jaque a varios gobiernos gracias al invento de un profesor italiano, el mismo que se había puesto en contacto con todos ellos, la persona anónima que salvaría Europa de la horda siria. El dispositivo estaba montado a falta de ser conectado en la parte trasera del vehículo. Observó el cilindro, puso en marcha la secuencia de encendido y se alejó corriendo a una distancia que consideró prudencial.

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Al conectar el cilindro en mitad de la plaza comenzó a emitir un zumbido. Las vibraciones que lanzaba al suelo eran perceptibles por todos aquellos que lo rodeaban. Ninguno del grupo de veinte personas que se habían organizado para situarlo prestaba atención a otra cosa que no fuese aquél invento. Incluso los chicos armados con las escopetas, y que se suponía pendientes de las fuerzas del orden, observaban cómo la bocanada de luz salía desde el extremo del dispositivo, se expandía en un cono y tocaba el suelo en un mar de luz.

Para cuando la policía hizo aparición, el círculo vertical sobre el aire medía treinta metros de diámetro y estaba seccionado por la horizontal del suelo. El aire olía a ozono y estaba cargado de electricidad estática. El círculo de luz se encontraba unido al cilindro, unos veinte metros más atrás, con un cordón umbilical de pura energía que iluminaba los rostros de todos los implicados sin que nadie pudiese retirar los ojos de él.

Ninguno de los policías se bajó de los cuatro vehículos que habían traído y quedaron observaban el disco que se estaba formando. De unos treinta centímetros de espesor, el disco parecía formado de manera íntegra por un haz de luz curvo y denso. Un minuto después, un fogonazo hizo a todos los observadores taparse los ojos, y el apagón que lo siguió hizo que todas las luces de la ciudad se hundiesen en la oscuridad.

El sonido de la electricidad retirándose de la ciudad hizo temblar el suelo durante un segundo. Los vehículos y el cilindro se encontraban ahora en una plaza inmersa en la oscuridad. La fuente de agua había dejado de moverse, y solo el cielo iluminaba de modo tenue las figuras involucradas. Varios policías bajaron de sus vehículos y probaron las linternas. Éstas describieron haces de luz sobre la veintena de personas en la plaza, que levantaron las manos al unísono.

Aquellos terroristas habían conseguido apagar una ciudad entera con algún tipo de dispositivo electromagnético que se había apagado junto con el resto de la ciudad. Tan solo unas pocas estrellas en el cielo y las linternas de la policía eran capaces de mostrar sus caras. Todos sonreían y señalaban con las manos y la cabeza en dirección a un punto en mitad de la plaza.

***

El círculo de oscuridad al otro lado del vallado y la penumbra que le sobrevino confirmó a Alan que el plan había sido un éxito. Conectó la batería a su chaleco y un centenar de LEDs se encendieron sobre su ropa. Cogió las tenazas de corte y atravesó la reja hacia el campo de refugiados.

Para cuando hubo avanzado diez pasos se percató en que se había convertido en la única fuente de luz, y que cientos de personas avanzaban hacia su persona. Debido a la lluvia ellos aún no se habían dado cuenta del círculo. Ni siquiera lo estaban buscando. Pero Alan se puso entre ellos y el disco de oscuridad de veinte metros hundido en el suelo y movió los brazos para que todo el mundo pudiese verle.

En mitad del aire, suspendido, un círculo de luz algo más clara se tragaba la lluvia y el ruido. A través del aire, el contorno de una plaza se podía ver impreso en aquella enorme oblea. Alan se puso justo delante de la brana cuando las primeras personas lo alcanzaron y se diesen cuenta del agujero en mitad del cielo negro. Alan gritó en sirio, el idioma de su padre:

― ¡Al otro lado está Madrid, la ciudad de España! Podréis atravesarla para alcanzar vuestro objetivo.

Apenas unos segundos después, Alan caminó marcha atrás sobre el terreno embarrado y cruzó el agujero ante la mirada atónita de cientos de personas, que se sorprendieron al ver que aquello no era una mera proyección. Aquél círculo daba a otra ciudad.

***

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Los policías repararon en el círculo de oscuridad recortado en el aire cuando aquél hombre repleto de luces apareció de la nada. Estaba empapado y dejaba rastros de barro por los adoquines de la plaza. Avanzaba de espaldas, con los brazos separados y haciendo aspavientos. La policía le dio el alto y él sonrió hacia el haz de varias linternas que le apuntaban a las manos.

El grupo de personas reunidas en la plaza encendió sus chaquetas y avanzaron con las manos en alto en dirección a Alan. La policía no tenía motivos para disparar, de modo que esperaron con las armas apuntando a aquél extraño grupo de personas que se abrazaban en la oscuridad de la plaza y se colocaban junto al agujero.

Dos minutos más tarde, la policía había bajado todas las armas y miraban sin pestañear cómo ochocientas personas cruzaban el espacio abierto en mitad del aire hacia la plaza. Aquellas personas estaban empapadas y estaban casi por completo cubiertas de barro, y avanzaban en todas direcciones, cubriendo la plaza. El río de personas que nacían en el círculo pronto llenó la plaza y comenzó a extenderse por Madrid.

La radio de la policía tronaba para entonces, y varias de las farolas de la plaza hacían el intento de alumbrar. Este no era el único punto de Madrid por el que habían entrado. Ciudades de toda Europa habían perdido durante varios minutos la electricidad para darse cuenta que su población había aumentado cuando volvió la luz. Bajo la Torre Eiffel, un espacio de treinta metros de altura desembocaba en la carretera que unía Novi Sad con el pequeño asentamiento de Irig, en Serbia. Frente a la costa de Antalya, en Turquía, las aguas frías del Canal de la Mancha dejaban pasar barcos de refugiados hacia el puerto de Bournemouth. La Plaza de la República en Florencia se llenó de gritos de júbilo sirios cuando éstos cruzaron desde la ciudad fronteriza de Gaziantep.

Alan sonrió a sus nuevos amigos, de quienes solo había sabido mediante comunicaciones encriptadas. A su alrededor solo había sonrisas y lágrimas de felicidad. Habían hecho algo bueno por el mundo. Lo habían hecho un solo escenario global, uniendo a los pueblos que necesitaban ayuda con aquellos que podían brindársela. A fin de cuentas, ¿de qué servía la tecnología si no es para ayudar a los demás?

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