Rescate

La pierna sangraba lo suficiente como para que la piel adaptativa del traje tuviese que comprimir la herida. Aun así, el goteo sobre la roca le daba media hora más de vida de seguir en la misma posición. El visor sobre la lentilla derecha le indicaba el daño en el tejido: se había partido el fémur en dos puntos, y este había perforado la vena femoral y la piel. Por fortuna, trauma era externo. Eso, según la información en pantalla, le daba algo más de tiempo.

rescate

Sintió las agujas de morfina sobre sus glúteos y espalda a los pocos segundos de ocurrir, y los espasmos eléctricos de la piel adaptativa que le despertaron poco después de perder el conocimiento. Se encontraba en un risco bajo, sobre una repisa que aguantaba su peso con la ayuda de la cuerda inteligente, ahora auto anudada en la figura de constricción. Sus noventa kilogramos de peso los percibía a través de los sensores de la soga, que enviaban su señal al visor. La piel adaptativa le había sedado lo suficiente del abdomen en adelante para evitar futuros desmayos.

—Dan, ¿puedes oírme?—La voz venía del implante coclear sobre su parietal. Era de una mujer, pero Dan no pudo identificar la voz.

—Hola, sí, puedo oírte—contestó con el esfuerzo de respirar bajo la presión de la soga, que aplastaba sus pulmones para mantenerlo asido a la roca.

—Dan, escúchame, te llamo desde el Centro de salvamento de Puerto Romance, a 500 kilómetros de tu posición. Mi nombre es Marta. Acabamos de lanzar un helijet médico que llegará a tu posición en doce minutos. Dan, ¿puedes confirmarme las lecturas de la piel adaptativa?

—Las lecturas-Dan tosió y observó la roca. Había daños en sus pulmones, como poco, pensó mientras observaba la sangre sobre la pared, a diez centímetros de su cara—. Tengo sangre en los pulmones.

—Dan, necesito que te concentres—Marta trataba de desviar su atención y mantenerlo consciente—. Por favor, comprueba el visor del tiempo.

—Veinte minutos para parada de corazón por insuficiencia de presión sanguínea. Diez minutos para desmayo.

—Dan, vamos a mejorar esas métricas. Ya he ordenado a la piel la inyección de adrenalina. Confirmación de nivel de consciencia. Ejecutar.

En la lentilla, Dan observó las figuras que se iban generando una tras otra. De izquierda a derecha, siguiendo el movimiento de su cabeza, pudo observar aquellas formas que bailaban frente a él.

—Dan, ¿puedes identificar las formas y los colores? Como en un examen ocular.

—Círculo rojo, cuadrado morado, eh…—Hizo una pausa—. Veo rojo.

—Telemetría y ajustes indican un corte sobre la ceja. Te está cayendo sangre sobre el ojo. Dan, di solo las figuras, olvídate del color.

—Círculo, cuadrado, triángulo. La letra “F”—tosió al tiempo que la pantalla, ahora perlada en rojo—se desvanecía.

—Dan, confirma que no has visto números.

—¿Números?—Le costaba permanecer consciente, incluso a pesar de la adrenalina que invadía su sistema.

—Aumentando dosis de epinefrina. Dan, no puedes dormirte. Quiero que agarres la cuerda inteligente.

—No, no la necesito. Estoy bien anclado.

—Dan, no importa, sitúa la mano sobre la cuerda. Vamos a hacer una pequeña prueba de esfuerzo. Imagina que viajas en un vagón y la cuerda es un agarradero. Dan, ahora.

Con un sobreesfuerzo del que no se creía capaz, levantó el brazo derecho y agarró la soga frente a su cara. A 500 kilómetros, Marta escaneó la imagen enviada desde la cámara de la lentilla y ejecutó una simulación de esfuerzo.

—Dan, lo has hecho muy bien—mintió mientras las palabras «pérdida de consciencia inmediata» parpadeaban sobre su consola interactiva—. Si sigues así, no habrá problemas con el equipo de rescate.

Cerró la línea con el cliente y habló directamente al helijet.

—Chicos, ¿habéis visto eso?

En el transporte médico, el responsable de salvamento observó las métricas y asintió. Gritó sobre el rugido de la turbina.

—¡Vamos lo más rápido que podemos! ¡El equipo de anclaje y recuperación ya está listo y preparado para el lanzamiento! ¡Sigue hablándole, Marta, igual le alcanzamos consciente!

—¡Dan!—La voz de la mujer resonó con una leve descarga eléctrica sobre su implante coclear. Dan levantó la cabeza, tosiendo. Había vuelto a perder la consciencia—. Dan, te necesito fresco y consciente. Aún no es hora de dormir. Pronto, pero aún no, ¿de acuerdo?

El volumen de la conversación excedía los límites del producto para mantenerle consciente. El escalador miró hacia abajo, a la roca. De la bota derecha, un hilo bañaba la piedra con su sangre, que se perdía en la siguiente bajante.

—¿Dormido?—Consiguió preguntar.

—Tan solo unos segundos, Dan. No vuelva a hacerlo, ¿vale?—contestó Marta al otro lado de la línea—. Dan, me confirman que pueden verle, se encuentran tan solo a unos minutos. Confirma, por favor.

Al otro lado de la línea, Dan farfulló algo incomprensible. El esfuerzo por su parte era evidente incluso a través del audio.

—Muy bien, Dan, sigue así. Ya casi están.

A doscientos metros, el helijet paró la turbina y desplegó las palas, frenando en seco sobre Dan. La explosión sónica volvió a traerlo al mundo consciente, y levantó la cabeza hacia el sonido.

Encima de él, el ahora helicóptero se mantenía estable y tres rescatadores habían sido lanzados, cada uno colgando de una soga similar a la que mantenía a Dan junto a la pared de piedra. Dos de ellos dispararon sus seis puntos de anclaje sobre la posición de Dan, mientras que el siguiente sobrepasó su cota para colocar los anclajes de red de seguridad bajo el risco.

—¡Anclaje uno fijado a pared!—gritó uno de ellos.

—¡Anclaje dos fijado a pared!—Marta disponía de todas las perspectivas del equipo de rescate con las cámaras frontales y de hombros de los tres implicados, así como del escáner de barrido  3D lanzado desde el helicóptero, que le retransmitía tanto a ella como al helicóptero una clara imagen mental de lo que ocurría cada segundo.

—¡Anclaje red colocado!

Uno de los rescatadores bajó hasta Dan y le dio un par de palmaditas en el hombro mientras sonreía.

—¡Aguanta un poco!—dijo mientras le fijaba a la soga del helicóptero—. Anclaje carga colocado.

—¡Red de seguridad desplegada!—gritó uno de los otros dos rescatadores, varios metros más abajo.

—Marta, libera la soga.

A 500 kilómetros, Marta autorizó a la soga a soltar toda la presión, haciendo que Dan descendiese cinco centímetros de golpe y gimiese, no del todo consciente pero sin haberse ido.

—¡Izado, velocidad dos, bajo orden!—La voz del responsable de rescate le llegó a todo el equipo por los implantes auditivos.

—Izado a dos confirmado, ¡ya!—aseguró el rescatador junto a Dan—. Vamos, colega, un poco más—Le dio unos golpes suaves en la mejilla mientras eran atraídos hacia el helicóptero—. Un poco más, Dan. No te duermas.

Una vez izado Dan, el helicóptero arrancó las turbinas y plegó las palas mientras cerraba la bodega y el personal médico era liberado de su posición en las paredes. Dan fue sujeto a la camilla sobre que se acercaban las sillas del personal médico. El helijet comenzó a acelerar de vuelta al hospital, a doce minutos de distancia.

—Mi hermano—Dan consiguió susurrar las palabras que de perdieron en la máscara de ósmosis—. Él no tiene traje. Mi hermano.

—No te preocupes, ya estás a salvo—dijo el médico mientras una lágrima de un dolor imposible de tratar con morfina le destrozaba por dentro.

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