Río Penrose

«Un laberinto circular sin salidas. Una cárcel sobre las aguas infinitas girando sobre sí mismas, una y otra vez. La última celda sobre la que atrapamos a la población engañada» pensó la capitana mientras permanecía en pie sobre el puente, mirando en la lejanía para no ver nada más que aquello que ya tenía grabado en la memoria tras haberlo visto miles de veces.

río penrose

El gran buque navegaba una vez más hacia el abismo de la brana 34, una puerta que separaba los mundos de Nuevo Karnak y Estivia. Actualmente, el crucero se encontraba a tres kilómetros de dejar el planeta, serpenteando de manera leve sobre su nada complicada geografía recta de Nuevo Karnak. Las llanuras se abrían a modo de un desierto duro a ambos lados, y hacía muchos kilómetros que no había ninguna ciudad. Tan solo las torres equiespaciadas sobre el río Penrose lo definían como la ruta eterna y lo protegían de los peligros que no habían existido desde que el río se construyese, cuatrocientos años atrás.

Lana miró la torre más cercana, pasando ahora junto a ella. Medía ochenta metros de altura, y ascendía casi quince sobre el puente del barco. Estaba construida de metal gennen y disponía de una estación de vigilancia en su parte superior con su propia brana de servicio. Pequeña, del tamaño de un cuadro, los vigías tenían que entrar ladeados a la torre de vigilancia desde un edificio en Axis. El cristal impedía a cualquiera desde fuera notar si había o no un vigía en la torre.

Había visitado una en una ocasión, al ser nombrada capitana. Axis era el peor lugar para alguien acostumbrado a ver océanos infinitos, y Lana acababa de servir cuatro años en Aquaria, con sus cielos abiertos y nada esperando en el horizonte. Axis era la imagen especular a un mar abierto. Era imposible avanzar en cualquier dirección sin ver un bosque de edificios, cada uno intentando robar la poca luz de aquél planeta a sus hermanos, que crecían tortuosos y entrelazados por un poco más de cielo que cubrir.

Dentro del enorme edificio propiedad del departamento de explotación del río Penrose, había una sala rectangular con cientos de paredes interiores que se perdía en la distancia. La construcción debía tener medio kilómetro de ancho, y cada pared disponía de miles de nichos cuadrados similares a los espacios donde se almacenan los cadáveres en frío de una mortuoria. Daba la impresión de encontrarse en una galería de arte, pero esos espacios distaban de estar muertos, sino imbuidos en una vida propia de cada mundo al que se abrían. Cada pared, separada de la siguiente apenas ochenta centímetros, disponía de las vistas a un planeta a través de un centenar de branas, todas ordenadas con sus letreros con el mundo de destino.

Lana aún iba con la medalla y el pequeño diploma tras la ceremonia cuando la embajadora de enlace señaló uno de los espacios recortados en la pared e insistió con la cabeza. Para alguien como ella, que usaba naves para trasladarse por el enjambre de mundos, encontrarse con tantos mundos accesibles en una sala la oprimía el pecho. Eligió la más cercana y cruzó al siguiente mundo, abriendo los ojos cuando se encontró las cascadas que rompían las montañas en franjas verde oscuro.

Se encontraba en una de las torres de vigilancia del río Penrose, en una región en la que cinco grandes lagos quedaban conectados entre sí por lo que parecían pequeños canales. Lana sabía que el ancho de esos canales eran de más de doscientos metros, y solo pudo extrapolar la distancia de los lagos como pequeños mares interiores. Era de noche, y de no ser por el cristal protector, el frío los hubiese hecho cubrirse con ropa de abrigo, pero no era los lagos los que veía Lana. Ella veía el contorno que dibujaba la gran ciudad que los abrazaba y bailaba en consonancia con la naturaleza, y el reflejo de un cielo estrellado sobre todas las superficies. No había aire más limpio que el de aquél mundo.

—Es Gemüt, ¿verdad? Las regiones de los cinco lagos y la ciudad anillo de Präsenz—comentó Lana, ilusionada por la vista. Cerca de su torre de vigilancia, el contorno de un círculo ondulaba sobre la superficie del agua. La brana, uno de las puertas del río, traía la luz de un mundo que no lograba identificar.

—Cierto, estamos al norte de la península de Pfred, en el planeta naturista de Gemüt. Tardamos casi veinte años en hacer cruzar el Penrose por aquí. Imagínate a los naturistas accediendo a ello, ¡las condiciones eran insufribles, la seguridad casi absurda! Pero al final hubo un consenso—la embajadora de enlace sonrió—. Por supuesto, el acuerdo surgió a raíz de que la Federación se bajase los pantalones. No se puede negociar con esta gente, no hay nada que les interese más que sus malditos árboles y su aire limpio. ¿Volvemos?

Lana contempló ahora la brana sobre el río en el planeta de Nuevo Karnak y cerró los ojos. A dos metros de distancia, el panel de control del barco le hacía seguir la leve corriente de manera automática. Ella era tan solo un elemento decorativo más de aquél río falso y eterno que recorría mundos para transportar ricos de un mundo a otro. Se había convertido en la taxista de los millonarios de una decena de mundos.

Cuando vio por primera vez cómo su buque cruzaba una brana, había sonreído encantada al pasar de un sol de mediodía a un profundo atardecer. La luz fue devorando el barco mientras este cruzaba, y el frio les cubrió en menos de un minuto, congelando su aliento mientras la capitana no cesaba de mirar hacia arriba. Aquello le encantaba, le maravillaba. Nunca antes había cruzado una brana de aquella inmensidad, por la que un barco de aquellas dimensiones pudiese caber.

«Esto me encantaba» pensó «¿Qué ha ocurrido para que se haya perdido la ilusión? ¿Qué ha pasado para haberla perdido?

De otro extremo de su cabeza, una voz más sabia contestó.

«No ha ocurrido nada, idiota. Ese es el problema. La Federación ha transformado un río infinito que discurre por una veintena de mundos en una feria para acaudalados. Hacemos una y otra vez la misma ruta con la esperanza absurda de que, esta vez, pase algo más.»

«Pero nunca pasa nada más» pensó Lana mientras la proa del barco era engullida bajo las densas nubes de Estivia, a cincuenta años luz de distancia «Nunca ocurre nada»

Un chisporroteo hizo que despertase de aquella discusión consigo misma para avanzar hacia los controles. Una voz estaba intentando usar las antiguas frecuencias de radio para comunicarse. ¿Por qué no usaba los canales convencionales? Lana activó el asistente virtual y este enlazó las comunicaciones. Al otro lado, la voz cansada de un hombro irrumpió en el puente de mando.

—Aquí X405-M, aeronave tripulada a cinco kilómetros al sur del río Penrose, pido permiso para hacer uso de la brana que los lleva a Estivia.—La voz del hombre se entrecortaba en la frecuencia—. Cuestión de vida o muerte… ¡…persiguen!

Lana observó más allá del cristal, hacia el sur, y sacó el catalejo que había adornado su cintura durante años. Éste se autoajustó al objetivo, un antiguo y pequeño transporte biplaza que surcaba las dunas a lo que parecía su velocidad máxima. Cada pocos segundos, se inclinaba hacia un lado, ascendía o bajaba, y una explosión surgía allí donde había estado. La capitana corrió al panel de mapeo y pudo ver una pequeña flota siguiendo y disparando a aquella pequeña nave.

—¡Por favor, solicito invervención!—la voz del hombre seguía sonando—Senadora herida… médica. ¡Nos están atacando!

Lana sabía perfectamente cuáles eran las órdenes que debía dar. Su cerebro cruzó en seguida por el manual del capitán. Debía acelerar, pasar cuanto antes la brana hacia Estivia y dar la alarma para que un equipo HAMMER apareciese y disolviese la persecución.

En su lugar, corrió hacia la pared más cercana y bajó la palanca que ponía el buque en estado de emergencia. Llamó a zafarrancho de combate. Sabía que muchos hombres y mujeres de su tripulación nunca habían entrado en combate, pero había una minoría que conocía los escasos sistemas de armamento del barco.

Los cañones tardaron treinta segundos más en moverse. Al parecer, sí había alguien controlándolos. Cinco de sus hombres entraron en la sala de control y ocuparon sus posiciones de combate, posiciones que el barco nunca había tomado.

«Por fin, algo divertido» pensó Lana mientras la nave atacada les sobrepasaba y la primera línea de cañones abrían fuego sobre la flota atacante.

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