Sal de la niebla

La bruma que expiraban estaba llenando el valle de nubes que impedían nuestra visión. Las setenta personas que quedábamos del grupo de Tampa corríamos por los pastos llevando todas nuestras pertenencias importantes encima. Ropa, comida, y algunos medicamentos embutidos en mochilas poco capacitadas para aquél viaje.

Avanzábamos rápido por el valle, tratando de no pisar ninguna de las lianas y raíces que veíamos ocasionalmente. Lo más probable era que estuvieran secas, o que ni siquiera fuesen suyas. Pero no merecía la pena correr el riesgo.

sal de la niebla

No hubo tiempo de coger nada más cuando llegaron a las ciudades y comenzaron a expulsar aquel gas. Aunque inocuo para los pulmones, nos impedía ver nada más allá de unas pocas decenas de metros. Las capitales se convirtieron pronto en un enjambre de espacios de visión limitada. Y en gritos más allá del campo de ellos.

Fueron los aullidos y chillidos lo que me despertó el primer día. En la calle, varias personas armaban el jaleo suficiente como para traspasar la música de los auriculares y sacarme del sueño. Miré el reloj. Las cinco de la mañana. ¿Qué era aquél bullicio y por qué no paraba?

Tras un rato tratando de volver a dormir, los gritos aumentaron. A ellos se sumaron los sonidos de cristales rotos y las carreras. Ya no eran unas pocas personas, mucha gente hablaba en voz alta, gritaba y hacía ruido. Me levanté y subí la persiana del ventanal del salón solo para encontrarme con que la niebla cubría el primer piso de los edificios. En los edificios de alrededor, la gente desde las ventanas miraban y señalaban puntos sobre la niebla, y los acompañaban de gritos y grabaciones de teléfono.

Aquí y allí, movimientos fugaces resultaban incapaces de ser advertidos con nitidez, y hacían que la niebla girase sobre sí misma unos segundos. Lejos, a cuarenta metros en la misma calle, una decena de varas largas rompían la niebla hacia arriba y parecían clavadas en vertical en el suelo. Rebusqué en el cuarto cajón de la encimera y localicé los prismáticos que mi ex me regaló para ir a ver aves volar. Solo fuimos una vez.

Las varas debían de tener unos cinco centímetros de diámetro, y no eran rectas, sino que se curvaban ligeramente mientras daban vueltas sobre sí mismas, como si alguien las hiciese rotar. Avanzaban calle abajo, hacia mi portal. Fue entonces cuando una de ellas se dobló y entró en la nube de niebla, y escuché el grito que la acompañó, proveniente del suelo. Esas cosas estaban vivas, y eran las responsables de los gritos.

Aunque era mediodía, la visibilidad era casi nula. Llevaba a Izan de la mano, y el machete en la otra. No era mi hijo, lo encontré hacía unas semanas en un supermercado, llorando solo.

Los monstruos nos habían alcanzado durante la noche, aun a pesar de que estábamos convencidos de que no se alejarían tanto de sus granjas de alimento. Las ciudades debían estar terminándose, y ahora se lanzaban al campo a cazar.

—¡Alto!—susurró Gonzalo unos metros por delante de nosotros.

Nos movíamos formando una rejilla hexagonal para evitar ser capturados todos. De ese modo, si alguno de los extremos desaparecía, nos replegaríamos en dirección contraria. Repetí la orden a los que estaban detrás de mí, y ellos hicieron lo propio. Delante de Gonzalo había algo, aunque éramos incapaces de verlo desde donde estábamos.

—Falsa alarma, seguimos. No os asustéis, solo son ciervos.

Dimos un par de pasos e Izan y yo los vimos. Una familia entera de ciervos, pastando tranquilamente durante el día cubierto por la bruma. Sin sospechar que el mundo en que vivían se estaba yendo a la mierda. Avanzamos pasando a su lado, y tan solo se apartaron un par de metros. Los justos para mantener las distancias sin irse demasiado lejos. No tenían ningún miedo de la gente.

Casi les habíamos pasado de largo cuando oímos el bramido de uno de ellos a nuestra derecha, fuera de nuestra visión. También se escuchaban los latigazos de las raíces de los monstruos en la misma dirección. Dos de los ciervos cercanos acudieron a la llamada de auxilio de su compañero, solo para desaparecer en la bruma y sufrir una muerte similar.

—¡Corred!—Nos animó Gonzalo.

Ahora que los monstruos se entretenían con los animales, nosotros teníamos una oportunidad de escapar de aquel valle y subir a las montañas. Teníamos la teoría no demostrada de que no les gustaba el frío extremo. Y esperábamos que fuese cierto.

  • Kéllyta Quijada Salas

    Uff qué buen escrito, qué susto vivo con ellos, quiero saber más de estos monstruos…

    • Hola, Kéllyta, muchas gracias por tus palabras =)
      Lo cierto es que no tenía pensado seguir con este relato, pero sí que me apunto aquellos que tienen valoraciones positivas, así como más veces compartidos, para profundizar en esos temas ^^

      ¡Un abrazo!