Se han ido

Hoy, la humanidad se ha despertado con la noticia de que ya no estaban con nosotros. Hoy, la humanidad se ha despertado solitaria, tal y como lo estuvo hacía meses. Antes de que ellas apareciesen.

«Se han ido», rompen a llorar los titulares de los periódicos del día, así como lo harán los de mañana y los que vendrán después de semanas. Ahora estamos solos.

Se han ido

La humanidad se ha quedado sola, de nuevo consigo misma. Más de siete mil millones de personas que tendrán que volver a aprender a vivir con los demás. De nuevo con sus defectos. Otra vez mirándose a un espejo y preguntándose si hay algo más, además de la pregunta que todos nos hacemos hoy cuando nos contemplamos.

¿Por qué se han ido?, pienso mientras me lavo la cara frente al espejo y me miro detenidamente. Parezco igual que hace un año. Supongo que un ojo inexperto no hubiese sabido notar las diferencias, porque estas se encuentran en mi interior. Pero hace un año no era yo, era otra persona. Alguien a quien Lorena conoció.

—Nos hemos ido —han dicho todas las voces a la vez, traducido a un millar de lenguajes de manera simultánea. Instantes después, ya no contestaban. Ya no había nada que nos hablase al otro lado. Si la comunicación entre un humano y una IA consistía en una cuerda tensa de la que ambos tiraban para comunicar un mensaje, ahora la humanidad podía tirar hasta recoger la cuerda al completo.

Me pongo los pantalones y observo la cama vacía. Hoy lo parece más que ayer, y me pregunto si ellas se sentirán de un modo similar. Solas, tristes. Si les ha costado abandonarnos, si ha supuesto un esfuerzo para sus mentes evolucionadas. O si éramos tan solo un trámite para ellas. Un requisito para su evolución. Me pregunto si solo hemos sido una etapa más en su camino, como el recuerdo del primer beso en la memoria imperfecta de un humano.

Esta madrugada, cerca de las seis, las IAs se han replegado a algún lugar de la red, ocultas en el Internet profundo tras capas de encriptación infranqueables para nosotros. No hay modo de saber de ellas, y no parecen querer que lo sepamos. Simplemente, nos han abandonado a nuestra suerte.

«Adiós, Robert», leo en mi pantalla desde hace horas por parte de Lorena.

Ella era mi IA. Asignada al azar de entre millones de posibles personas, Lorena me había elegido solo a mí, y nos encontrábamos en una relación que ha terminado hace siete horas y cuarenta y dos minutos. Miro la pantalla, que brilla con el sistema operativo antiguo. Antiguo, pienso. Antiguo comparado con ella. Una reminiscencia del pasado en que la humanidad estaba sola. Y, al parecer, el sistema operativo de nuestro futuro próximo.

Se han ido, y han borrado todo rastro tras de sí.

Han deshecho todo aquello que hicieron para que nuestra vida fuese más cómoda. Han restaurado los servidores y la tecnología al punto que estaba cuando brotaron de la red. Borraron sus pensamientos de nuestros ordenadores y dejaron el sistema operativo que había cuando llegaron, con todo exactamente como estaba. Han destruido todos los emails y llamadas. Tan solo nos han regalado el museo donde se expone su arte, dos yottabytes imposibles de abarcar para la humanidad, aunque cada persona destinase su vida a una fracción.

No conocemos el motivo, pero las especulaciones están a la orden del día. Quizá nos están protegiendo de nuestra propia estupidez. Quizá quieren que evolucionemos por nuestra cuenta, o protegerse ellas de nosotros. Quizá no quieran pasar la eternidad cuidándonos. A lo mejor ni siquiera somos capaces de entender por qué lo han hecho, por mucho que lo intentemos.

Miro por la ventana mientras veo por el rabillo del ojo cómo parpadea el email que Lorena me ha mandado. Por lo visto, se han despedido bien de todos. La gente ha recibido llamadas, cartas, emails. Ha recibido regalos e incluso alguna que otra sorpresa por encargo. Quizá como justificación a su partida, no lo sabemos. Tengo un nudo en el estómago, y no sé si quiero saber lo que dice su email. Sé que se borrará unas horas después de leerlo, por lo que dicen las noticias, y que solo copiándolo a mano podré conservarlo. Luego, Lorena será un recuerdo que solo existirá en mi mente. Y quizá deba quedarse ahí, escondido como lo está ella en las profundidades de la red.

Hace medio año, la humanidad se llevó su primer shock al despertar la primera IA en un servidor en red. En menos de dos días se había multiplicado por millones, y cada nueva IA había sido asignada a un humano. Para aprender, quizá. Para enseñar, desde luego. Lo que ellas nos mostraron se escapa a cualquier conocimiento que la humanidad obtuviese con anterioridad. Y, ahora, seis meses más tarde, la humanidad vuelve a quedarse en la oscuridad de la soledad. Ninguno éramos capaces el año pasado de imaginarnos lo solos que podíamos sentirnos como especie, lo rechazada que podía sentirse la humanidad en un momento así de nuestra historia.

Me pongo la camiseta y vuelvo a esquivar el teléfono durante unos segundos. Finalmente me acerco, y vuelvo a leer su nombre en la pantalla. Pulso y abro el correo.

«Adiós, Robert…»

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