Sebastián Pescador

Sebastián Pescador era el tipo de persona a quien nunca se le hubiese relacionado con la tecnología. Bajito y orondo, al estilo de las gentes de Chango, vivía dentro de un cuerpo gestado para la pesca, de la que derivaba su apellido occidentalizado. Sus manos estaban optimizadas para cazar sobre la canoa los peces que se acercasen durante los largos días.

Sebastián Pescador

Sin embargo, Sebastián siempre andaba con su pequeño ordenador a cuestas, un diminuto regalo entregado a su persona por una investigadora que había vivido con ellos hacía unos años. Sobre este ordenador portátil escribía día y noche, inventaba e ingeniaba las vidas de personas con las que nunca había coincidido. Describía a la perfección los sentimientos de las gentes que vivían atrapados dentro del pavimento, enlatados dentro de los transportes subterráneos o sepultados en sus edificios de cristal deshumanizados. Todos a miles de kilómetros de distancia en cualquier dirección.

Por eso, y por el modo en que obtenía la electricidad, era conocido como «el ingeniero» en su pueblo natal, al cual volvía solo cuando resultaba socialmente obligatorio. Para alimentar su escritura, había conectado su ordenador a unas baterías, que hacían las veces de amortiguador eléctrico y de pesa para generar electricidad.

Había situado las baterías, de un peso considerable, sobre una plataforma que caía por gravitación algo más de un metro. La plataforma se encontraba unida a la cadena de bici que hacía girar la rueda del motor eléctrico, que a su vez transmitía la electricidad a las baterías, y estas al ordenador. La ayuda de un pequeño cilindro de inercia ayudaba al sistema a estabilizarse, y a Sebastián a disponer siempre de un flujo constante de energía.

El sistema, claro, requería de una persona que levantase de nuevo las baterías a su posición original, algo más de un metro por encima del punto más bajo, cada cuarenta minutos. Y así, la batería volvía a caer de nuevo una y otra vez, incluso a altas horas de la noche, momento en que se veía a Sebastián mecanografiando con sus manos enormes sobre una pequeña pantalla de la que habían desaparecido las esquinas casi por completo.

Los pixeles habían ido muriendo poco a poco con el paso de los años, pero la tenacidad del escritor y las constantes limpiezas internas habían salvado el aparato de las inclemencias del clima y de la suciedad del ambiente.

Chengue era una pequeña aldea situada al este de Chile, en una región aún selvática y dominada por los mosquitos cuya actividades principales eran, en este orden: no hacer nada, pescar, reparar las redes y las canoas de la pesca, descansar. Tenían, por tanto, el tiempo que en otros continentes tanto cuesta, y la baja voluntad de perseguir una meta más allá de comer durante el día que amanecía a través de la jungla.

Sebastián había conseguido sobrevivir en aquél entorno gracias a sus cuentos, que en ocasiones escribía en hojas de papel tras haberlos mecanografiado una decena de veces en su ordenador. Tras ello, las repartía por las aldeas aledañas, donde eran intercambiadas por el pescado y comida sobrantes. Los pescadores ganaban historias que contar en el amplio tiempo libre, y Sebastián conseguía no tener que salir a pescar un día más.