Sed de muerte

¿Demasiada muerte?, piensa mientras trata de abrir los ojos ante las escenas de su cabeza. Los carros de madera vuelan en llamas por las cinco colinas donde la batalla tiene lugar mientras el sol despunta. Aquí y allá, restos de lo que fuesen humanos a principio del combate yacen desmembrados y fríos a la espera de que bajen los cuervos. Pero estos no lo harán hasta que el último combatiente haya dejado el barro helado donde se empuñan hachas y se lucha a muerte. Alguien blande una lanza, la proyecta hacia delante con todas sus fuerzas, y entra por el cráneo de Eneo, desparramando sus sesos sobre la hierva húmeda.

sed de muerte

—¿Papá?—Abre los ojos ante la voz de su hija, la pequeña. Tiene cinco años, y sonríe. También tiene unos enormes ojos marrones y una mirada curiosa con la que le analiza. Está llamando su atención, quizá para ir a cenar.

—Dime, cielo—contesta, tratando de eliminar las imágenes. Pero sobreimpreso a la visión de su hija, cientos de naves espaciales implotan como resultado del pulso ganimediano que recorre ahora el sistema de Júpiter. Cientos de miles de cuerpos estallan dentro de las naves por la falta de presión, y se ven catapultados al espacio por las explosiones descompresivas. El espacio que la Escapulana atraviesa como un ariete es ahora un campo tridimensional de cadáveres que no tendrán la oportunidad de pudrirse nunca y que surgen a chorros de las grietas en las naves. Los cuerpos chocan contra el blindaje exterior de la nave martillo, la cual no modifica en nada su vector de impacto. En su punto de vista, abajo, la brillante ciudad de Enkidu de despliega ante el acercamiento. Los instrumentos del puente de mando donde Eneo sirve fallan, la leve atmósfera entra en contacto con el morro de impacto de la Escapulana. Todo se vuelve negro.

—Dice mamá que tienes que ayudarme a poner la mesa, que yo no llego a los platos de la cocina—susurra la pequeña, trayéndole de vuelta a la habitación.

—Claro cielo—asegura mientras se levanta del sillón que ocupa para  dar dos pasos y echar un vistazo sobre la muralla. Hace demasiado calor para la capa, y las grebas le molestan. No deja de colocarse la cinta con la que el casco de bronce. Es de noche, pero el campo de batalla es un hervidero de hogueras sobre las que combates de aristeia se derrumban por el empuje de los ejércitos y las columnas de humo que levantan los impactos de las vejigas repletas de brea. Los aqueos hace tiempo que desarmaron las negras naves y las convirtieron en catapultas a ras de la ciudad. El ejército defensor protege la última línea de defensa antes de que las rocambolescas formas oscuras que antes surcasen el Egeo se acerquen lo suficiente como para lanzar una andanada mortal de fuego líquido. Un grito hace que Eneo mire en la dirección señalada, antes de que un odre del tamaño de un humano lo golpee en el acto antes de devastar un infierno sobre la muralla.

—Los de arriba—dice la pequeña mientras señala los platos hondos, que Helva guarda en el mueble de invitados. Eneo se pregunta si hoy vendrá alguien a cenar mientras le da tres platos a la pequeña y avanza de nuevo hacia el salón. Hacia los gritos, la sangre y la oscuridad de los escombros que llueven sobre su coraza blindada, y que el exotraje repele con pulsos que los convierten en el polvo que cubre a todo su equipo. La respiración de todos se escucha a través de los auriculares del casco, y esta solo se ve interrumpida por los ocasionales golpes de rocas pequeñas. Un segundo más tarde, parte del techo que tienen delante se hunde, y una unidad de asalto MEKKA muestra toda su artillería, empezando por el lanzamiento de barras tac en todas direcciones. Perforando las paredes, repeliendo la munición no explosiva que Eneo manda disparar, y embistiendo con sus dos toneladas de peso—. Papá, estos no. Los otros.

Eneo coge los tres platos que le da su hija, los cambia por los hondos y vuelve a mecerse en el suelo de la guerra que lleva cautivándole los últimos tres meses. Sobre su lóbulo izquierdo, el pulso intermitente que indica que el Nexo se encuentra en proyección parpadea en verde. Y él sigue saltando, combate tras combate, batalla tras batalla. Lejos de ese aburrido lugar en el que nunca pasa nada.

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