Seguro de muerte

Habían pasado casi doce horas, y Jean ya podía sentir cómo el aire de la habitación se hacía más y más débil. Cada vez que el pecho realizaba una inspiración era más complicado seguir llenando los pulmones. La concentración disminuía al mismo ritmo. Miró el reloj de la pared y se alegró de que solo hubiesen pasado diez minutos desde que lo observase por última vez. Al menos, el tiempo aún permanecía en su sitio.

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Se encontraba sentada en el sillón, ahora cubierto de polvo, sobre el que tantas veces había hecho el amor con su pareja. Desde luego, no parecía el mismo sillón en absoluto. Tras el desplome del edificio, toda la sala había cambiado. Y, sin embargo, había permanecido prácticamente igual. Tan solo una capa de polvo fino cubriéndolo todo le devolvía cada pocos segundos a la emergencia del mundo real.

«Sabes que debes quedarte quieta, ¿verdad?» Wallace le habló a través del Nexo. Ella lo miró. Lo veía en el suelo, sentado. Para él, no era difícil respirar, incluso en varias ocasiones se había levantado y paseaba por la pequeña sala «Tienes que quedarte quieta, lo más calmada posible sin perder el conocimiento, hasta que te rescaten.»

Jean había perdido la esperanza de un rescate de madrugada. Dudaba que hubiese alguien ahí arriba moviendo cascotes o abriendo un túnel. No se oía nada, ni una sola máquina trabajando, ni los gritos de los zapadores. El silencio reinaba sobre la sala, y el desánimo calaba los huesos ya fríos por la bajada de la temperatura. Hacía horas que el pequeño calefactor había dejado de funcionar tras estar conectado toda la noche. Por suerte, aún disponía de luz dentro del cuarto y era capaz de ver a su hermano.

Se imaginó al resto de su equipo distribuido por el edificio, cada uno dentro de su propio cuarto-universo, esperando a ser rescatados.

«Bueno, en realidad no tenemos constancia del resto. Jean, tenemos que suponer que las otras personas del edificio pueden haber…»

—Cállate. No quiero oírlo—contestó débil desde el sillón. No quería pensar en ello. Raúl, Pam y Díaz le daban igual, pero no él. Él no. Él todavía seguía vivo. Tenía que seguir vivo, porque si no…

Una lágrima se le escapó de nuevo por la carne abrasada de tanto llorar. Wallace se levantó, se puso de pie a su lado y la observó como lo hacen los hermanos. Apoyó la mano sobre el sillón y se arrodilló.

«Oye, pequeña. Eh, eh. Deja de llorar. Recuerda, hermanita, tienes que aguantar solo un poco más. Seguro que alguien llegará en cualquier momento»

Ella asintió. Wallace era ahora su único contacto con la humanidad. Tras desplomarse el edificio había quedado incomunicada de todos a los que quería. Pero no quería aguantar, quería llorar, hacerse un ovillo y dejar que Wallace la abrazase igual que cuando eran pequeños y él la protegía del frío y de los monstruos en la noche.

Observó el cuarto y pudo ver los monstruos despiadados que trataban de sacarle a la fuerza del universo. El aire se hacía más y más fino, y el calor huía con rapidez de la sala, sin importar el número de capas que llevase encima. Además, sus tripas no cesaban en rugidos de demanda. Estaba rodeada de monstruos, y tan solo se disponía a esperar a que uno de ellos decidiese eliminarle, saltando a su cuello con la siguiente respiración.

Estaba a punto de perder la consciencia de nuevo cuando oyó algo. Wallace se levantó de un salto y comenzó a caminar rápido por la habitación, buscando el punto desde el cuál venía el sonido.

—Wallace—Jean lo observaba desde el sillón—. ¿Quieres dejar de hacer el idiota? Ya voy yo.

Él sonrió. Era cierto que de nada servía que él fuese el que buscase la fuente del sonido habida cuenta de que sus oídos no captaban ni un solo ruido. Eran los de Jean los que funcionaban. Ésta se levantó, aún arropada en la manta vieja llena de polvo, y paseó hasta el extremo de la sala.

«Ya sabes que solo intento ayudar, hermanita» La voz de Wallace le llegaba a través de su implante Nexo sobre la ceja izquierda.

—Ya, pero eres idiota—dijo, sonriendo, al oír de nuevo el sonido. Era una pala. Alguien estaba excavando cerca—. Wallace, ¿qué hago?

«¿Qué te parece gritar como una auténtica loca, ahora mismo?» Él sonrió. Su hermana siempre había sido del tipo de personas que pide opinión externa a alguien. A quien sea. Incluso a él.

Hacía horas que ella había establecido comunicación por primera vez con Wallace. Llevaban años sin hablarse, pero ella necesitaba su consejo y él estaba allí para ella. Ella requería, como cuando eran niños, sus instrucciones para hacerlo lo mejor posible. Sobrevivir lo mejor posible a cualquier peligro que pudiese surgir. A recibir los golpes del cinturón destinados para ella.

Llevaba veinte minutos gritando cuando percibió por primera vez que se estaba quedando afónica. Le abrasaban los pulmones y la cabeza comenzaba a martillearle. El aire faltaba, y ella lo estaba gastando cada vez de un modo más apremiante. Retrocedió y se desplomó sobre el sillón, perdiendo el conocimiento.

La pequeña descarga eléctrica del Nexo hizo que se sobresaltase.

«Lo siento, he vuelto a ser yo» Vio a Wallace de pie junto a ella «he vuelto a monitorizar tus constantes vitales y tenemos un problema. Jean, los ruidos pararon hace casi una hora, y no se ha vuelto a oír nada»

Ella sonrió.

—¿Has pirateado mi cerebro? Qué capullo—Trató de levantarse, pero los músculos estaban cargados, doloridos sin su dosis de oxígeno.

«Tienes que considerar el volcado, cariño. Es la segunda vez que entras en hipoxia leve. Puede que la próxima sea incapaz de despertarte.»

Jean miró a los ojos de Wallace, delante de los suyos. Mostraban la preocupación de un hermano mayor. Él siempre la había protegido, incluso aun a pesar de sí misma. Incluso cuando ella había hecho lo imposible por sacarlo de su vida.

«Pero soy una persona muy resiliente, ¿verdad?» Sus ojos mostraban aquellas arrugas que en su adolescencia habían hecho caer a todas las amigas de Jean a manos de su hermano, dos años más joven que todas ellas.

—Cállate, idiota. Ya ni siquiera eres una persona, ¿recuerdas?

«Algo me suena» dijo mientras seguía sonriendo estúpidamente «Venga, tienes que hacerlo ahora. De otro modo te perderás. Así, al menos, podrán volcarte. Ya sabes que yo estoy muy cómodo. Bueno…» hizo una pausa «…al menos cuando estoy conectado a la red»

Se puso de pie y fingió caer al suelo, poniéndose de rodillas. Wallace era un teatrero, y quería demostrar sus artes una vez más antes de que su pequeña hermana muriese su primera muerte. Fingió golpear el espacio vacío delante de él, un cristal invisible, y amortiguó el sonido de su voz como si estuviese encerrado en una caja.

«Me muero por dentro en este espacio vacío, en esta realidad de cristal, en esta estúpida simulación dentro de tu aburrida cabeza. Jean, ¡sácame de aquí!» Luego la miró, sonrió, y buscó la aprobación de su hermanita «¿Qué tal? ¿Me he sobrepasado?»

—Has estado fantástico, como siempre, pequeño imbécil—Hizo una pausa, se puso seria y trató de enderezarse sobre el sillón. Sentía cómo las fuerzas la abandonaban segundo a segundo, y el dolorido cuerpo no dejaba de enviarle señales de agotamiento y asfixia—. Está bien, ganas tú, vamos allá.

El holograma de Wallace se levantó de un respingo, dio una palmada y situó su cara sobre la de Jean.

«Vale, ¡déjame entrar, te sacaré yo!»

Ella cerró los ojos y abrió su consciencia a la de su hermano, copiado en el Nexo sobre su ceja izquierda. Transmitió su consciencia al entorno de simulación que ocupaba él en el dispositivo Segundos después, el holograma de Wallace se apagó al mismo tiempo que ella moría su primera muerte. La muerte humana.

Al menos, ahora estarían juntos de verdad, y ella podría abrazarle en cuanto alguien encontrase su cuerpo y los volcasen a la red. Para algo tenía que servir el seguro de muerte.

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