Sesenta segundos después

El «clic» sobre el gatillo llegó a sus oídos cuando aún estaba en el suelo, con el impacto sordo de su espalda contra el asfalto, y la sangre escapaba de su pecho. El percutor giró sobre su eje y golpeó la aguja, que a su vez chocó contra la bala, cuyo sonido de explosión llegó al mismo tiempo que el que realizó el arma para activar la pólvora.

sesenta segundos después

Esta explotó dentro de la cámara y envió la bala hacia delante, recorriendo la cámara que le dejaría las estrías necesarias para que un forense hubiese podido reconocer el origen del disparo. Pero ya no había policía forense, ni de cualquier otro tipo. La caída de la red eléctrica hacía ocho meses se había encargado de eso con soltura.

Las primeras semanas fueron tolerables. Después de aquello, tras unas pocas horas, todo el planeta se convulsionó y empezó el caos que desató a los ciudadanos contra sus vecinos. Hacía ocho meses había en todo momento empaquetada el 20% de la comida que se necesitaría durante el año, y se iba reponiendo y fabricando según se iba consumiendo.

En menos de un mes tras el cese de la electricidad, ningún supermercado era capaz de abastecer a nadie, y las guerras empezaron. Primero en las escaleras de los vecinos, empapadas en sangre que más tarde se extendió a las calles y a las ciudades y pueblos. Hoy, ocho meses después de que todo se viniese abajo, el que Guardia Civil de un pueblo cercano había venido cargado de armas al que ahora ocupaba Miguel y su familia.

La bala tardó apenas medio segundo en recorrer la distancia pactada de antemano por aquellos dos hombres, rasgar la ropa, destrozar la piel, partir las costillas, perforar el corazón y salir del cuerpo en busca de la blanca pared que se encontraba detrás de él y que se coloreó roja tras el impacto.

Cayó de rodillas mientras la sangre comprendía que había un modo de salir del cuerpo y escapaba hacia la libertad de su muerte, empapando la camisa e intentando llegar al suelo. Él aún no comprendía lo que acababa de ocurrir cuando se tumbó en el suelo y percibió por primera vez los tres sonidos: la explosión en la pistola, la perforación de su cuerpo y la bala contra la pared.

Trató de respirar, pero la sangre había empezado a salir por su boca. Le era imposible levantarse o girar sobre sí mismo, y no comprendía por qué estaba ocurriendo aquello. Sesenta segundos antes, giraba la esquina y se encontraba el vehículo de la Guardia Civil que pensó abandonado. Miró a través de la ventana y observó el fusil del asiento delantero justo antes de que una voz le hiciera ponerse en guardia y agacharse tras el coche.

—¡Eh!—gritó—¡Apártate de ahí!

Miguel levantó las manos por encima del vehículo y guardó silencio. En el segundo que le había costado echarse al suelo había visto los chalecos de la Guardia Civil sobre dos personas. Se levantó poco a poco, observando a sus nuevos acompañantes. Vestían, tal y como le había parecido, el uniforme característico de un cuerpo que ya no organizaba nada en el mundo actual.

—Lo siento—dijo con voz entrecortada—. Pensé que estaba abandonado aquí, y he visto el arma.

—¿Quieres el arma?—preguntó uno de ellos mientras desenfundaba la suya, una pequeña pistola reglamentaria, negra.

—No, es que…

—Es que, ¿qué?—interrumpió el otro, con la mano en su cinturón—. Aléjate del coche. A la pared, vamos.

Miguel hizo lo que le decían, dio tres pasos hacia atrás y dos hacia la derecha cuando se notó a sí mismo de rodillas en el suelo. ¿Qué había pasado? Había oído un disparo. Apenas sí podía moverse. Se llevó las manos al pecho y observó la sangre que manaba de él mientras trataba de hablar. Oyó los pasos de uno de los guardias civiles, y luego su voz.

—Putos ladrones… Si llegamos unos segundos más tarde adiós al coche y…

Un grito y unos pasos hicieron guardar silencio al uniformado. Miguel notó el olor de las lágrimas de su mujer en el rostro y oyó cómo ella gritaba algo ininteligible sin comprender cómo había llegado ella allí.. Todo era demasiado confuso como para prestarle atención. Giró la cabeza hacia la derecha, en dirección a su propio vehículo, y vio a su pequeña a unos pasos de distancia.

—¿Has venido a jugar con papi?—sonrió desde el suelo mientras la sangre terminaba por rodearlo y se alejaba del mundo con la única imagen que había valido la pena en toda su vida.

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