Si tienes miedo, ya estás perdida

Segunda parte de «Hacia el norte». Puede leerse por separado.

Ella deja pasar una pequeña horda de esos animales hacia el norte, por los túneles oscuros de la línea 10 del antiguo metro de Madrid, ahora una ciudad contaminada. Esas criaturas, a las que llaman sombras, parecen estar huyendo siempre de algo. Quizá del hambre. Luego, ella les sigue en dirección a su estación. Hacia su casa y su tío.

Si tienes miedo, ya estás perdida

§

Los ruidos se alejan, el olor a muerte desaparece poco a poco del túnel, pero deja impregnada su nariz. Su corazón vuelve a latir con normalidad. Deja pasar el tiempo. Una hora, dos. A la tercera, vuelve a encender la luz y se levanta. El túnel está calmado, y no hay ecos. Se pone en pie y avanza hacia donde esas bestias, las sombras, se han ido. Hacia el norte.

Es difícil andar por las vías y no tener demasiado miedo. No ver las formas oscuras reptar justo delante del arco de luz. No escuchar los sonidos que nada emite, porque solo están en tu cabeza, escapar de ella para completar el túnel de más negrura. Pero ella lleva toda una vida ahí abajo, y las vías son tan suyas como de las criaturas que ahora les cazan. ¡A ellos! ¡A los humanos!

A nosotros, o a lo que queda…, piensa. Aquí abajo, la exigua y menguante tecnología sirve de poco frente a una o dos manadas de aquellas cosas, sean lo que sean. Y de nada sirve tener la mejor de las luminarias o un anorak que te proteja del frío si treinta de ellos irrumpen en tu estación. Hacen falta armas, y espejos que lleven la luz hacia lo profundo del túnel. Fue por aquello que su tío fundó la herrería en lo profundo de la estación de Alonso Martínez con que ahora se defienden las estaciones del triángulo hacia Tribunal y Gran Vía. Que sepamos, la única herrería de la red de metro de la antigua ciudad, aunque quizá haya más de las que no tenemos noticias.

La forja está ahora abierta noche y día, y el sonido del batir de metal contra metal y de los fogones alimenta durante veinticuatro horas al día el espacio de las estaciones. Desde la mitad de los tres ramales que unen la nueva pequeña Madrid subterránea se escuchan los martillazos, y en ocasiones las voces.

Trescientas personas duermen tranquilas y arrulladas por los golpes de esta fuente de luz y calor que se alimenta de hongos y raíces secas. Nunca es demasiado tarde para forjar lanzas, alguna espada ligera o armaduras de cota. Cualquier ventaja será poca y, si durante los próximos meses sigue llegando más población de otras estaciones, se iniciará la expansión a la estación de Bilbao, Colón y Rubén Darío.

—Retrocederemos unos siglos, sí —había dicho su tío en referencia a la forja del metal—, pero este mismo retroceso de siglos nos garantizará los venideros. Curioso, ¿eh? Una adaptación hacia atrás. La gente seguirá existiendo, aunque sea solo en un par de túneles bajo una ciudad que ya no es nuestra. Aguantaremos, seguiremos expandiéndonos. Quizá consigamos colonizar todos los túneles que en su momento excavamos antes de que la contaminación exterior desaparezca, y luego es cuestión de siglos. Dos, máximo, para que un pequeño grupo de varios miles de personas vuelvan a poner el planeta en un serio riesgo de recursos. Las plantas ya se están encargando de la contaminación del aire. Sin nosotros, y en menos de tres décadas, han reducido sus niveles a casi nominales. La naturaleza es buena revertiendo aquello que le hacemos. Dependemos de las plantas, no lo olvides.

Le encantaba la voz de su tío en su cabeza. Siempre había consejo para ella en su voz, incluso cuando él no estaba con ella, y con palabras que quizá él nunca le había dicho. No importaba. Era capaz de imaginarse a su tío entonando la sabiduría que ella necesitaba para seguir. Se había convertido en el espíritu que le acompañaba por los túneles. El espíritu que acompañaba a todos.

—No digas bobadas, pequeña. No existen los espíritus —le hubiese dicho él con aquella extraña voz que hacía que las personas se calmasen y entrasen en razón, que hacía que dejasen de luchar entre ellas para ayudarse mutuamente—, tan solo es la oscuridad del túnel. Es importante que no imagines aquello que no estás viendo o, cuando se lo relates al resto, ellos lo tomarán por cierto. Es así como surgen las leyendas y las creencias. ¿Quieres ser útil a tu raza? Lleva un diario, anótalo todo. Experimenta, pero hazlo con cabeza y nunca basada en la imaginación. Toma nota de lo que oyes o ves, e ignora el resto.

Ella siguió caminando hacia el norte, siguiendo el rastro que dejaban las sombras, hasta llegar a Casa de Campo. Le encantaba esta vista desde la estación por el cielo exterior, y no el cielo de hormigón con el que había crecido. Aunque lo cierto es que aquellas nubes que siempre se sostenían sobre sus cabezas bien podían ser la cúpula de otro túnel más. Grises, inmóviles, siempre sobre ellos y sin vientos. Sin apenas luz. Simplemente, un túnel más. Más alto.

Lanza la mochila al andén y sube desde las vías. Busca su hueco favorito y se cambia con la ropa que le había dado su tío. Es naranja, o del color al que se ve relegado el naranja cuando pasa años en la oscuridad. Su tío decía que los colores ya no parecen los mismos ni a la luz blanca de los LED, que parecen apagados, como si les faltase un pedazo de sí mismos. Y lo decía con tanta pena que siempre había alguien alrededor del fuego que rompía a llorar cuando lo hacía.

Se alegró de no recordar los colores mientras se vestía y apagaba de nuevo la luz. El trayecto a la intemperie por las estaciones de Batán y Lago no requería de antorchas o linternas. Necesitaba, sobre todo, silencio y calma. Sale bajo la gris cúpula del cielo y avanza paso tras paso, escuchando su respiración en el traje, tratando de no llamar la atención.

A sus dos lados, un par de bosques oscuros permanecían con árboles retorcidos y doblados. Como si sufriesen por algo que los atenaza y hace que griten en silencio. Por lo visto, torcerse es el único modo que tiene un árbol para decir que está sufriendo. Y ella solo ha visto árboles sufriendo a la oscuridad del Sol o la Luna, o el astro que esté tras la capa de nubes. A raíz del sufrimiento, el bosque es bajo, de menos de dos metros de altura. Y se puede contemplar, a un lado, la ciudad y, al otro, más bosque hacia el infinito.

¿Cómo hemos podido llegar a esto?, se pregunta mientras observa las antiguas torres desde allí, y todos los edificios que las circundan. ¿Cómo hemos podido haber dominado el mundo y ahora vivir como lo hacen las ratas?

Sigue caminando, en parte absorta en sus propios pensamientos, por el lateral de las vías. Es más seguro por ahí que por lo alto de la colina de grava que las sostiene a partes sí a partes no. Ella vio una vez cómo un girón de nube negro lleno de lo que su tío dijo que una vez fueron pájaros pasar sobre un grupo de diez personas. Segundos más tarde, tan solo ropa y charcos de sangre llenaban el espacio que ellos habían ocupado. Camina junto al lugar donde ocurrió, limpio de sangre por nubes tóxicas, mientras piensa en la enorme palma de su tío sobre su, por aquél entonces, pequeña cara. Ella solo quería gritar y llorar, pero él la contuvo apretando el traje contra ella. Aquello les salvó la vida de los pájaros.

Treinta minutos de paseo más tarde, alcanza la estación parcialmente abierta de Príncipe Pío. La estación hacía años poseía una cristalera que abrazaba el edificio ahora de huesos rojizos y oxidados. Todo el vidrio se ha precipitado contra el suelo, y convertido en un manto de cristales que los viajeros han aprendido a evitar. Hacer ruido disminuye tus posibilidades de seguir con vida.

Un punto rojo baila sobre el suelo, a sus pies, y ella se detiene y levanta la mano siete veces antes de que el pequeño punto de luz del visor se apague.

Es el vigía de la estación, desde lo alto del puente ahora parcialmente derrumbado que unía la estación de Cercanías con la estación ahora muerta de Pirámides. Todo ese túnel está ahora sellado a espaldas del vigía salvo un túnel de servicio que lo lleva directo a un pequeño búnker donde sobrevivir en caso de ataque, y que a su vez lleva a la estación de Tribunal, desde donde se abre desde allí una compuerta.

El vigía está escondido bajo un manto negro que le protege de la radiación en el único punto en que se ve toda la estación. Un cartel pintado en el suelo deja claro:

TODO EL QUE PASE POR AQUÍ DEBE PRESENTARSE EN LA ENTRADA DERECHA DE LA LÍNEA 10 Y ABANDONAR SUS ARMAS A LOS GUARDIAS. TÚNEL IZQUIERDO SEPULTADO

Ella siguió caminando hacia el norte, en la dirección del túnel derecho, dejando atrás el espacio abierto a la atmósfera con el francotirador. Hasta la fogata de los segundos vigías, hacia la que se acercó despacio, con el traje protector aún puesto y con el machete en alto sujeto por la hoja.

—Es la sobrina de El Hierro —dice alguien, y los cinco vigías parecen relajarse un poco.

La mayoría de ellos eran reasignados de cuerpos de seguridad o policías, y parecían siempre con los nervios a flor de piel. Durante demasiados años los jefes de estación les habían usado en la descompuesta red de metro como meros peones contra otros peones. Ahora se encargaban en su mayoría a las entradas a la red de metro. A defender el perímetro cambiante de la red.

—¿Habéis visto una manada de sombras? Las vengo siguiendo desde Vilumbrales —dijo ella, casi sin reconocer su propia voz de lo poco que la escuchaba.

—¿Qué hacías tú tan al sur? Pensé que nadie se internaba en esa línea hacia las otras ciudades, solo los suicidas —preguntó el más joven de ellos sin responder a su pregunta, un muchacho de su misma edad con el que varias veces había coincidido y que parecía mostrar cierto interés en ella por las rotaciones que hacía dos veranos habían compartido.

—Mi tío me ha pedido que vaya a ver cómo están las cosas por el sur. Se defienden a duras penas, pero siguen resistiendo. Quizá incluso tengamos que organizar una migración a gran escala y traerlos aquí.—Uno de los adultos fue a decir algo, y ella levantó la mano con el traje anti radiación parcialmente quitado—. Me han mostrado el censo. Son quinientas personas, pero tienen más de veinte reses en buen estado, dos piaras en varias estaciones y muchísimas gallinas. Los alimentan con un excedente enorme de hongos. ¡Tienen casi tres túneles repletos! Seguramente dentro de poco dejaremos de comer solo hongos y ratas. Son buenas noticias, ¿no?

Termina de guardar el traje en la mochila cuando el escalofrío la recorre la espalda. Un temblor que no sabe de dónde viene hasta que el cadáver del vigía con mira telescópica cae a las vías, treinta metros por delante de ellos. A plena luz de las nubes de la estación de Príncipe Pío. Ella desenfunda el machete, se cuelga la mochila a la espalda, y los cinco vigías levantan sus armas mientras el sexto pulsa varias veces el S.O.S. en la línea de cobre que han conseguido restaurar como telégrafo. El túnel se llena de frío, y varios chillidos rasgan la noche.

Oh, no, piensa ella. Ellos no.

Las sombras, esos animales de los que han estado encontrándose los últimos años, también huyen de algo ahí fuera. Y ahora ese algo está en la estación. Varios chillidos responden al primero mientras el olor a orín de uno de los soldados invade el túnel. Cinco graznidos más. Luego veinte. Pronto, el túnel se llena de ese sonido que congela el ánimo, saturando la atmósfera de ruido.

El jefe del pelotón tiene su mano sobre la anilla que liberará las granadas, sepultando el túnel hacia el sur. Si rebasan su línea, o si los matan a todos, él tirará de la granada, y entonces la ciudad del norte estará a salvo. Al menos durante un tiempo.

Algo se interpone entre la luz exterior y el grupo. No, espera, no es algo. No se trata de un solo cuerpo. Varios centenares de criaturas corren por las vías, las paredes y el techo. Corren unas sobre otras, y la suma de sus sombras cubre el pálido reflejo del Sol o la Luna, o que se sea que ilumina con sombra gris la estación ante ojos para los que el más mínimo brillo consiste en un día claro.

Eso es lo que ella recuerda en último momento. Una llamarada de fuego como fuego debe haber dentro del Sol del que su tío le ha hablado. Una explosión, calor. Brazos levantándola y gritos. Luego, oscuridad más allá de los túneles cayendo sobre ella.

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