Soldado herido

El aire hirviendo le abrasaba los pulmones mientras hilos de sangre surgían de sus orejas sometidas a una presión palpitante durante el descenso. Podía notar cómo pequeñas partículas de fibrometal del exterior de la nave, ahora líquidas por la fricción atmosférica, taladraban sus piernas y entraban excavando con la fuerza del calor en sus músculos. El dolor le hizo perder el conocimiento mucho antes de tocar suelo.

soldado herido

—¿Cómo te encuentras hoy, Víctor?—la enfermera abrió las cortinas al tiempo que él protegía sus dañados ojos de la luz. Hacía meses que tenía esas jaquecas provocadas por una luz cuyo foco en la distancia era incapaz de ver.

Víctor no dijo nada. Se limitó a quedarse sentado y a cubrirse los ojos con las gafas de sol que reposaban sobre la mesilla. Sabía que la luz entraba oblicua por la ventana porque el marcador temporal de su muñeca emitía pulsos que le indicaban que eran pasadas las doce. Trató de apagar sus oídos antes de que la enfermera volviese a hablar, pero esta sujetó su brazo derecho –el único que le quedaba- y comenzó su martirizante discurso.

—¿Es eso lo que vas a hacer durante todo el día? ¿Vegetar, o vas a intentar levantarte y prepararte para la operación, aún sin aprobar?—Ella levantó el conjunto de hojas sin firma y las hizo vibrar en el aire para que sonasen.

Víctor volvió a guardar silencio. No le gustaba el sonido de su nueva voz. Según todos sus conocidos, la voz no había cambiado. El sintetizador de su cuello emitía los impulsos cerebrales como su fuesen palabras, pero no eran palabras. Era tan solo ruido, uno lo suficientemente parecido a una voz humana, pero sin llegar a ser plenamente él. Él había dejado de ser él, y cada vez se parecía más a una cosa.

—Debería haber muerto en el aire.—Fue lo único que dijo, girando la cabeza en dirección a la ventana. A través de sus maltrechos ojos apenas podía ver el contorno de la ventana a metro y medio de distancia. Levantó la mano y percibió el cambio de luminosidad en sus retinas.

—Deberías, así no me darías tanto trabajo—contestó Lamia mientras le descubría el hombro izquierdo—. ¡Muy bien! Sana a la perfección. Pronto podrán insertarte el brazo.

—Sana por los pequeños robots que me han metido dentro. Pronto seré uno de ellos, ¿sabe?

Varias pisadas interrumpieron la conversación. Víctor podía sentir cómo el suelo vibraba bajo el paso de su amigo. Oyó la puerta cerrarse y percibió cómo Lamia daba un par de palmadas al pecho de Otto mientras salía del cuarto.

—De modo que Víctor Rosal está enfadado porque no quiere ser un ciborg—rio—. ¿Cómo vas, amigo?

Otto arrastró una silla por el suelo y se sentó con cuidado de que el peso de que su cuerpo no la convirtiese en un conjunto de astillas. No sería la primera vez que ocurría con tanto metal dentro.

—Ya sabes lo que pienso. No sería vivir—resonó su voz desde el vocalizador.

—Y, sin embargo, estás aquí, quejándote como cualquier otro humano. Al parecer, eso no cambia cuando te llevan por primera vez al taller.—Otto vivía en una enorme broma. Incluso en la instrucción, le era imposible borrar su absurda sonrisa, motivo de largos y duras estancias en el calabozo.

—Al menos me queda el cerebro.

—Y con eso es suficiente. Mírame a mí…—Otto hizo una pausa y levantó su organometálico brazo izquierdo para colocarlo delante de la cara de su convaleciente amigo—. ¿Ves? Funciona igual que el anterior. Y, además, es más resistente. El único problema son las mangas de las camisas, las rompo todas.

Ambos rieron. Quizá fuese el único que le comprendía porque Otto ya había pasado por aquello unos meses antes que él, mientras Víctor se recuperaba de las heridas. El cuerpo de Otto había sufrido mucho más en aquél descenso, pero entró antes en el programa de reparación de soldados. Las piernas habían sido arrancadas en segundos, y el brazo derecho prácticamente se había derretido contra la atmósfera. Sin embargo, Víctor había pasado por casi veinte operaciones con la esperanza de salvar lo poco que quedaba de sus piernas, ahora apenas reconocibles como tales, y el brazo izquierdo.

«Somos casi simétricos» solía bromear mientras lo demostraba tumbándose sobre él y obligando a las enfermeras a atender el código azul que surgía de aquél comportamiento infantil. Luego, Otto solo tenía que abrir la ventana y lanzarse al vacío para acabar rompiendo la acera de nuevo, y huir corriendo y riéndose, solo para volver a hacerlo de nuevo en menos de una semana.

—Tú al menos conservas la cara—Víctor se llevó las manos a su cara reconstruida con piel sintética. No iba a ser lo mismo, en especial tras la inserción de los ojos biomecánicos que parecían vacíos de vida.

—Es cierto, yo aún me veo en la tortura de verte.—Se levantó y se acercó a la mesilla—. Oye, aún no has firmado la operación de reconstrucción de un brazo.

Víctor no contestó. No quería contestar a eso. No quería un nuevo brazo que funcionase con una batería, quería volver en el tiempo y no apuntarse a aquella locura de guerra sin sentido que le había dejado como soldado en una cama de hospital.

—Tranquilo—Otto le colocó el brazo sobre su hombro, riendo—. Que ya lo arreglo yo.

Otto firmó el documento en las siete páginas haciéndose pasar por su amigo, y salió de la habitación gritando en busca de Lamia. No iba a dejarlo morir en una cama. Como todos, Víctor tendría que evolucionar.

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