Solo existes tú

Le miente al oído, muy bajito, que solo existe ella para él. Solo existes tú, susurra mientras se coloca la braga en el cuello y coge los guantes sobre la mesita de noche. Helena sonríe y cierra los ojos, tranquila en su cama. Ella asiente, y eso le libera del pesado día de hoy.

Un día más, piensa Héctor en silencio al verla reposando en la cama. Luego, sale a la calle en dirección del piso de su novia.

solo existes tu relato

Camina hacia el norte, aún a pesar de que tendrá que rodear todo el edificio para andar en la dirección correcta. Pero no quiere que Helena le observe por la ventana. Si le ve caminar en una dirección distinta a la de su casa en común, entonces no habría quien la aguantase al día siguiente. Se podría histérica. Últimamente se ha vuelto demasiado celosa.

Y con razón, reflexiona mientras gira la última esquina y camina recto. Recto, recto, recto. Quince minutos de marcha rápida para llegar a tiempo a la cena. Hacía dos meses que había tenido un ligero golpe con la bicicleta y aún no se atrevía a coger la nueva. El artilugio estaba en casa de su novia, todavía con aquellas absurdas borlas que ella le había puesto para regalársela. Se descubrió a sí mismo pensando en Carmen.

En cómo le había cautivado desde el primer instante en que habían coincidido. En la magia furtiva que une a las personas hechas la una a la otra, y que lo merecen. Pero el recuerdo de Helena vuelve a cruzar su mente, y Héctor palidece sin darse cuenta, enseñando al resto de transeúntes un rostro blanquecino.

Helena le traería problemas. A día de hoy, ya se los estaba dando. Con sus absurdos ataques de celo egoísta, con esas teorías de conspiración que magnificaba en su mente. Y Héctor le estaba dando con su relación con Carmen toda la leña que el fuego de su celo requería para arder. Y este ardía día y noche con el único objetivo de arruinar la vida de Héctor.

—Estás atrapado, chaval—le había dicho Gabi, su mejor amigo, unas semanas antes—. Te voy a decir la verdad, aunque no te guste. La vida trata sobre tomar decisiones, y eso significa que estás jodido. Vas a tener que elegir entre Helena y Carmen. Y si eliges a Carmen, Helena se pondrá furiosa y no te perdonará. Vivirá el resto de su vida odiándote y a base de drogas duras. Y si eliges a Helena, sabes que a la larga te quedarás solo.

Héctor no puede dejar de lado las palabras de su amigo. Rebotan en su mente aunque los auriculares estén a máximo volumen. La idea llevaba incordiándole desde que se había instalado en su mente.

Puto Gabi, piensa en el mismo instante en que le exculpa. No, Gabi no tiene la culpa. Si él no me lo hubiese dicho, habría acabado por sacarlo yo… Sigue paseando, dándose cuenta en que no podría llevar esta doble vida. Que pronto acabará. Que, en algún momento, tendría algún desliz que le haría perder a las dos. Héctor, eres idiota. Decídete de una puta vez.

Dos manzanas antes de llegar a casa de su novia, saca las llaves del bolsillo y las mantiene en la mano. Las llaves de la casa de Carmen. Si Helena las viese, se enojaría. No dejaría de hacer preguntas. ¿De dónde son esas llaves? ¿A quién vas a ver cuando te vas? Por eso estaban atadas con una goma y escondidas dentro del bolsillo interno de la chaqueta. A Helena le gustaba husmear en sus cosas.

Héctor suelta las llaves, haciéndolas tintinear en sus manos. Se había ganado aquellas llaves gracias a cinco años de sinceridad y apoyo absoluto hacia Carmen. Y era posible que las perdiese por culpa de Helena. Suspira, y abre la puerta del portal. Sube hasta el cuarto chorriento, como acostumbra, y abre con delicadeza la puerta.

Carmen está de espaldas, en la cocina. Ya había dispuesto todo para la cena, y tan solo faltaba Héctor. Este cierra la puerta esperando que contuviese los demonios que lo atosigaban fuera. Pero uno se cuela hasta los labios de Carmen, quien no se gira para preguntarle la cuestión que termina de hundirle:

—¿Cómo está ella?—pregunta su novia con su calculada voz de solista, golpeando a Héctor en lo más profundo que tiene: su amor infinito por ambas. Ella continúa hurgando—: ¿Héctor? Te he preguntado, ¿cómo está tu pequeña?

Un dolor opresivo pone de rodillas a Héctor. Débil, mareado, echa a llorar en el suelo hasta que su novia se acerca a él y, arrodillada, le abraza. Luego, termina de romperse del todo. Todo su cuerpo gigante echo un ovillo que ella apenas es capaz de rodear con sus brazos.

—No te preocupes, cariño. No te preocupes, ¿vale? Se va a solucionar—miente ella—. Se va a solucionar, tu hermana probará otro tratamiento, y saldrá de allí. Y estará mejor. Ya lo verás. Ya verás como se pone mejor.

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